Cinco charlas de Mariologia (3 de 5)
Sin cometer injusticia con otros ponentes y otros trabajos que recibimos en el Congreso de Teología, yo creo que uno de los más novedosos por su enfoque, por su metodología fue el de nuestro hermano dominico Boguslaw Kochaniewics. Este hombre es de la provincia de Polonia, y él tiene sus estudios en Teología Fundamental, en Teología Moral. Ha sido profesor en el Angelicum, en Roma, y también ahora es profesor en su propia provincia de origen. En Polonia, en Cracovia, los polacos tienen su estudio de Teología.
Bueno, el Padre Kochaniewics, relativamente joven, y su trabajó versó sobre el mismo versículo que tomamos varios otros, es decir, el versículo fundamental, tal vez, de la anunciación, aquello que dice el Evangelista Lucas cuando saluda a la Virgen el Arcángel San Gabriel, entonces tenemos la expresión: "Jáire, Kejaritoméne, jo Kýrius meta sú" Lucas 1,28.
Y esa expresión crucialmente está en griego. Digo que este asunto es crucial, porque vamos a encontrar una gran diferencia entre lo que nos dan los Padres de la Iglesia Griegos y lo que nos dan los Padres de la Iglesia Latina.
Para no perdernos, porque esto tiene muchos detalles, la idea fundamental es esta: el texto de Lucas está en griego, para los autores griegos el saludo "jáire" hay que tomarlo como significativo, no es un simple saludo, sino que ya en esa palabra hay un mensaje. Incluso algunos ven, desde el comienzo, desde que el Ángel entra en la presencia de María, el comienzo mismo de la Encarnación, ya Dios está obrando ahí.
Mientras que los latinos se encuentran con una traducción, obviamente, y para ellos "jáire" se traduce en "Ave", por eso el saludo: "Ave María, gratia plena, Dominus tecum". Entonces "jáire" se vuelve "Ave", ese "Ave", es un saludo bastante formal, un poco arcaico, en latín, y es solo eso, un saludo. Y por consiguiente, mucho del contenido que potencialmente estaba en el evangelio de Lucas, lo apreciaron los autores griegos, pero lo perdieron de vista los latinos. Esta es la idea central de la ponencia.
Que por simple vecindad de lengua, los Padres Griegos podían percibir resonancias en el texto de San Lucas, resonancias que se les escaparon a los Latinos. Los Latinos vieron en "Ave" casi solamente algo como ese neutro "Hola" que tenemos ahora en español. Si esta traducción la hubiera hecho algún español del siglo XXI, entonces hubiera dicho: "Hola, llena de gracia". Pero uno ve que ese "Hola" no dice nada, porque ese "Hola" solamente es como una manera de recibir la atención de la persona.
Ahí está la diferencia principal entre los Padres Griegos y los Padres Latinos.
Como los Latinos miraron el "ave" solamente como un saludo, entonces para ellos el momento decisivo se encuentra en la respuesta de María. Mientras que para los Griegos, como el anuncio ya empieza desde el saludo, ya el saludo es una efusión de gracia, ya el saludo es una efusión de amor, y por consiguiente es un principio de salvación.
Nos decía el Padre Bogouslaw que para los Latinos, y esto significa prácticamente para todo Occidente, al Encarnación solo sucede después del sí de María, y ese sí es el que viene a resultar determinante. No se niega el papel de la Virgen entre los autores griegos, pero para los griegos el sí de María en cierto sentido está precedido por una gracia, hay una gracia que precede a ese sí.
Esto tiene, a su vez, una importancia muy grande, y es que las virtudes de María y el papel de Ella, su individualidad, su personalidad, han sido mucho más destacados en Occidente. Recordemos solo dos textos muy famosos, uno, cuando San Bernardo describe el momento de la Encarnación con una poesía bellísima, con un lirismo sublime. Y en la descripción de Bernardo es como que toda la intención y toda la atención queda pendiente de los labios de María: "¿Qué va a decir? ¿Qué va a decir? El universo entero espera a ver qué vas a decir; si tú dices que sí, todos nos salvamos; si tú dices que no, seguimos en tinieblas". Así lo expresa San Bernardo, claro, con una profundidad, con una hermosura muy grande.
Pero esto, si se exagera, si se sigue por esta misma línea, tiene consecuencias, porque entonces como que la gracia deja de ser gracia. Es decir, si la salvación depende tanto del ser humano, si depende tan completamente de la respuesta humana, casi da la impresión de que esa salvación no es un regalo, sino que hasta cierto pinto es la conquista del ser humano, en esta caso la conquista de la mujer. Y así lo presenta realmente San Bernardo.
Otra autora, Doctora de la Iglesia, es nuestra querida Catalina de Siena, la cual en su oración de la Anunciación sigue el estilo de Bernardo, -no sé si ella lo conocía o no-, pero sigue bastante el estilo de Bernardo, y se ve que ese era el tono y el tipo de las predicaciones, y hace esta reflexión: cómo Dios, -también ella se vuelve poetisa en ese momento-, cómo Dios toca a la puerta de la voluntad de María, y es la voluntad de María la que tiene que abrir la puerta. Solo cuando Ella ha abierto la puerta, Dios realiza el milagro.
Fíjate cómo hay una secuencia en esto. En la presentación que hacen los Padres de la Iglesia Latinos, empezando por San Agustín que es, por supuesto, el más sobresaliente de la antigüedad, aunque igual podríamos contra a Ambrosio y a otros, pero siguiendo a San Agustín, la mayor parte de los autores latinos nos van a presentar un papel supremamente preponderante, sobresaliente de María, casi hasta el extremo de presentar la salvación como un trabajo divino-humano.
Mientras que para los autores griegos, la abundancia de alegría, de salvación, de amor, de gracia que está en el saludo y que es, por supuesto, anterior a la respuesta de María, viene a ser como una especie de diluvio, algo así como una riada, algo así como una avalancha, y dentro de esa avalancha de amor, María se ve envuelta, y su sí viene a ser como una consecuencia apenas natural de saberse, de sentirse tan amada. María resulta mucho menos protagonista en la perspectiva griega.
A su vez, esta diferencia, -fíjate que estos son como caminos divergentes, ¿no? Al principio, no parece que haya mucho, pero a medida que van pasando los siglos, uno se va dando cuenta que cada estilo se va consolidando a su propia forma. A su vez, en Occidente esto trae otra consecuencia, y es la exaltación de las virtudes de María, es decir, "si quiero que venga Dios tengo que ser como María".
Y fíjate que aquí hay un problema. Tomemos esa frase: "Si quiero que venga Dios tengo que ser como María", eso nuevamente, por lo menos interpretado, muy, muy a la letra, lo que significa es que la gracia no es tan gracia, si es que tengo que ser como María para ver si viene Dios, entonces la venida de Dios no es un puro regalo, sino que hasta cierto punto es la contrapartida a la que Dios se vería obligado si el hombre hace su parte.
Hay toda una espiritualidad mariana, o digamos, que toma el nombre o el manto de María, y que va por esa línea: "Tengo que ser como María para que venga Dios". Todavía en esa misma línea, si seguimos por los occidentales, viene otra consecuencia más en un lema que se ha utilizado mucho para la difusión del Santo Rosario y que proviene, si la historia no me engaña, proviene de Luis María Grignion de Montfort, en latín se dice: "Ad Jesum per Mariam". Este lema está indicando que lo que está más cerca a nosotros es María y, a través de María, llegamos a Jesús.
A través de le intercesión de María llegamos a Jesús, a través del rosario llegamos al Evangelio, a través de la imitación de las virtudes de María llegamos a ser merecedores de la gracia. Pero tomemos esa expresión nuevamente: "merecedores de la gracia". Cuando uno vuelve para atrás las páginas de la historia, y mira los grandes episodios de la gracia, ve que la gracia no es la respuesta a un mérito, sino es un principio para merecer. De hecho, a sí lo presenta Santo Tomás de Aquino, teólogo fino si los hay, ¿no?
Santo Tomás no dice que la gracia es el premio a lo que se ha merecido, sino que la gracia es el principio que permite merecer. Sí que nos dice que hay un premio, pero ese premio no es la gracia, la gracia no es el premio, sino que la gracia es o que capacita para recibir el premio.
Entonces este lema, con el debido respeto y amor a Luis María Grignion de Montfort, recibió bastante palo en las reflexiones de este Congreso, tanto desde el punto de vista doctrinal, como desde el punto de vista pastoral, como desde el punto de vista bíblico, es decir, por todas partes.
Porque resulta que cuando decimos: "Ad Jesum per Mariam", da la impresión de que Jesús está allá lejos y solo hay uno que está aquí más cerquita, que es la Virgen, entonces yo me acerco a la Virgen para llegar a Jesús. Incluso alguno de los ponentes, o un par de ellos, recordaban que esto pastoralmente se utilizaba en catequesis elementales al pueblo, haciendo comparaciones con la vida doméstica: "Cuando tú tienes que pedir algo a tu papá, entonces tú vas primero donde tu mamá".
Pero el efecto de esa comparación es bastante complejo, o creo que inesperado para sus proponentes, porque resulta que primero queda María y luego queda Jesús, y detrás de Jesús queda el Padre, y esto está tan metido en la cultura de mucha gente, que entonces queda esta secuencia: "si este soy yo, se supone que lo que tengo cerca es María que me lleva a Jesús, que me lleva al Padre".
Pero esto está tan metido que entonces cuando se habla de cómo está la situación del mundo, lo que se plantea es que el Padre Dios, y esto lo dicen algunos que aseguran haber tenido visiones y todas estas revelaciones y cosas sobre naturales, que Dios Padre está iracundo con el mundo por la cantidad de pecado que hay, que Jesús le ha detenido esa ira, ese enfado al Padre, pero que ya el mismo Jesús está demasiado enfadado, entonces María es el último bastión, ya se imagina uno, mas o menos, una escena de familia, ¿no? Esta es María tratando de tranquilizar a Jesús, y Jesús tratando de tranquilizar al Padre.
Y fíjate que la espiritualidad que se constituye aquí no tiene casi parecido alguno con el Nuevo Testamento, porque lo que quiere Jesús es que este "yo", aunque sea chiquitico, pueda decir: "Padre Nuestro".
No es que esté errado ese lema, pero hay que tener mucho cuidado porque no dice toda la verdad, y es muy fácilmente interpretado al revés.
Hay una catequesis del Papa Juan Pablo II donde él dice: "Ad Jesum per Mariam, de acuerdo, pero también: "Ad Mariam per Jesum", eso, claro, no suena a nada, es decir, no suena en la religiosidad o en la devoción popular. ¿Qué quiere decir Juan Pablo II, mariano por excelencia, por supuesto, qué quiere decir con la expresión "Ad Mariam pero Jesum"? Quiere decir dos cosas: que yo tengo a Jesús infinitamente cerca, el Redentor que está infinitamente cerca de mí, el Salvador, el que se ha pronunciado a mi favor, es Jesucristo, es Ese el que está infinitamente cerca. El Dios con nosotros es Jesús, el Dios con nosotros no es María.
Jesús es el que está cerca, y en la verdad de Jesús, yo puedo situar la verdad de María, la verdad de los Ángeles, la verdad de los santos, la verdad del cosmos, la verdad del hombre.
Me parece oportunísima esa catequesis, que espero que aparezca aquí entre los apuntes del Padre Kochaniewics. ¡Qué importante esa catequesis! ¿Se le puede conservara algún sentido a la expresión "ad Jesum per Mariam"? Pues sí, sí que lo tiene, porque efectivamente, en la medida en que vemos en María la realización del Evangelio, la contemplación de su hermosura, la contemplación de su santidad, la contemplación de sus virtudes, ciertamente nos dispone para ser de Jesús.
Es decir, sí hay un modo correcto de interpretar esto, pero por un modo correcto que haya hay unos cuatro o cinco que son incorrectos, y uno de ellos es esta lejanía del Padre, el Padre Celestial queda por allá remosto, queda lejano, en contra, repito, de todo lo que nos dice el Nuevo Testamento. Según el Nuevo Testamento, el Padre se ha vuelto cercano a nosotros, hasta el punto que podemos invocarle tiernamente como nuestro Papá, nuestro Abbá. ¿Por dónde va la intervención del Padre Kochaniewics? En mostrar la diferencia entre Oriente y Occidente, y todo empieza con una palabra.
Una monja de clausura, Santa Teresa del Niño Jesús, decía, -y creo que algún intento hizo-, decía que anhelaba fervientemente estudiar griego y estudiar hebreo. Ella, siendo persona joven, persona devota, persona profundamente espiritual, no tenía la cabecita cerrada; muy al contrario, se daba cuenta de este tipo de cosas, ¿en dónde lo aprendió ella? Pues yo no la conozco lo suficiente como para saber en dónde se dio cuenta de que pasaban estas cosas. Por una palabra, ya ves cómo con el curso de los siglos, de los siglos, nos vamos yendo a distintas interpretaciones, hasta llegar a pensar eso.
Yo me acuerdo que la primera vez que yo le oí a alguien una frase como esa de que: "Tengo que parecerme a María para que Dios se digne visitarme", esa frase se la oí por primera vez a una religiosa, una religiosa de esta Comunidad fundada en Francia, las Hermanas Dominicas de la Presentación, después he aprendido que hay Dominicas de la Presentación de varios sitios, en Irlanda también han fundado otras dominicas de la Presentación, y no me extrañaría que en España hubiera también alguna fundación específica.
Pues estas son las francesas que fueron fundadas a fines del siglo XVIII y que llegaron a fines del XIX o a principios del veinte a Colombia, con un gran éxito, hasta el punto de que algo así como el noventa por ciento de las Hermanas que tiene la Congregación están todas en Colombia, una de esas centenares de hermanas es una tía mía, a la cual, entre otras cosas, yo le debo el amor a la comunidad, y el hecho de que cuando llegó mi propio llamado vocacional como que no hubo posiblilidad de que yo pensara en algo diferente si no era vida religiosa, vida de comunidad.
Pero ese es un paréntesis autobiográfico que no viene al caso, el punto es que una de las hermanas de esta Comunidad de la Presentación, yo me acuerdo haberle oído eso, sin duda ella lo había escuchado en alguno de los retiros espirituales: "Tienes que parecerte a María para que venga a ti Jesús".
Y es verdad que si la respuesta la la gracia es una respuesta más generosa también la misma gracia crece, según aquella ley de la que nos habla Jesucristo: "Al que tiene se le dará más; y al que no tiene, se le quitará lo que tiene" Marcos 4,25. Es decir, es verdad que una repuesta más generosa a la gracia, atrae todavía más gracias, pero tomada en su sentido primero esa frase es terriblemente equívoca, porque es, ni más ni menos, que negar la gracia misma y presentar las cosas como que Dios me está pagando lo bien que yo me he portado.
Y este lenguaje, si ustedes son observadoras, está en una cantidad de detalles y de conversaciones, piadosas y menos piadosas, que tenemos los religiosos y, sobre todo, que tienen ustedes las religiosas. Una cantidad de expresiones, ahora no viene a mi mente ninguna, pero sí que son bastantes en las que dejamos ver que, por decirlo de alguna manera, dios queda obligado a tratarnos mejor.
O, por ejemplo, que los dones de la vida mística, "no soy digan de recibir esos dones", como indicando que si uno se portara, real, realmente bien, si uno hiciera muy, muy bien sus deberes, llegaría el momento en el que, como por una penosa escalera, finalmente se llegara el día en que: "Bueno, ya ahora sí te mereces un poco de don de lenguas. Vamos a que lo recibas porque ya hiciste tus deberes, ya hiciste tu tarea; con otro poco de esfuerzo, con que te venzas otro poco más, entonces ya se te puede dar alguna visión; y si sigues así, pues, tranquila, que vendrá el éxtasis", y así sucesivamente.
Y todo se presenta como una escalera que más parece las delicias de Pelagio, que el mensaje del Nuevo Testamento. Curiosamente, los grandes testigos de la vida mística no han hecho sino subrayar y subrayar y subrayar su propia indigencia, su propia indignidad. Pero entonces esta indigencia y esta indignidad han sido leídas como: "Mirad cómo es de virtuoso, que habiendo subido tanto, tanto, tanto en la escalera, sin embargo niega lo que tiene para parecer humilde".
Hemos convertido la vida espiritual en una especie de rompecabezas que no tiene ni pies ni forma. Porque, por un lado, hemos subvertido el orden entre la gracia y el mérito, y por otro lado, pues hemos presentado a los grandes testigos de la gracia como unos mentirosos.
Yo, siendo joven novicio, me acuerdo haber escuchado cosas como esa, que Santo Domingo no necesitaba confesarse, no tenía ninguna necesidad de confesarse, es decir, se confesaba, digamos un poco, por dar ejemplo, por mantener el ritmo, por no perder, algo así como el atleta que no puede perder el entrenamiento. Yo creo que no, yo creo que sí se confesaba con una conciencia clara de pecado. Que el pecado de él, objetivamente considerado, es infinitamente más leve que el mío, no tengo duda, pero que se confiesa de pecado, de pecado se confiesa. Y Catalina también, y Luis Bertrán también, y todos los demás se confiesan porque se saben pecadores. Y cuando ellos dicen: "Soy indigno", están diciendo: "Soy indigno".
Y yo creo que ellos saben más si son o no son dignos, que los biógrafos súper piadosos que entonces, para fervorizar a la novicia, entonces le dicen: "Mira, realmente nadie necesitaba confesarse, tú, sí". Pero de ellos, nadie, sino que ellos hacían eso un poco por dar ejemplo, ellos no lo necesitaban. Y entonces, habiendo ascendido en la larga, larga escalera de las virtudes, pues era apenas natural que Dios los coronara.
Incluso en la iconografía hay tantas imágenes que presentan, -pero no destruyan, por favor, ninguna-, hay tantas imágenes que presentan a la virgen en la ctitud que tendría, por ejemplo, una muchacha el día de su gradiación, es decir: "Me he portado bien, me he portado bien, me he portado bien, me porté bien, ahora, mi corona, por favor". Y entonces aparece Ella como recibiendo sencillamente un pago: "el pago de lo bien que te has portado".
Bueno, hay algo de cierto en que hay un pago, hay una retribución, porque hay un mérito, pero acuérdate la aclaración vital que nos da Santo Tomás de Aquino: una cosa es el premio y otra cosa es la gracia; el premio se llama la gloria, la gracia y la gloria, no confundir. Resulta que lo que era propio de la gloria se le aplicó a la gracia. Lo que es propio de la gloria es que la gloria va precedida, de modo ordinario, por el mérito, eso es lo normal, la gloria va precedida por el mérito. Pero el principio para obtener el mérito no es otro mérito, sino que es una gracia.
El orden correcto es: gracia, mérito, Gloria, este es el orden de la teología sana; la gracia no es merecida, pero la gracia se convierte en principio de mérito, de manera que en este mérito hay también una forma de gracia, que la podemos llamar "g prima", y esta "g" prima" va con este mérito y conduce finalmente hacia la gloria, este es el orden de Santo Tomás, este es el orden de la teología sana.
Pero resulta que este orden se subvertió y entonces se convirtió en esto: en que yo tengo que merecer para que me llegue una gracia, esa gracia me va a permitir un mérito más grande, el cual me llevará a una Gloria.