Un kerigma para hoy, 3 de 3

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                               TRIDUO EUCARISTICO (1)


Queridos Hermanos:

Allí donde la Liturgia o las costumbres del lugar lo aconsejan, la Iglesia celebra días de predicación, a veces en número de tres, aveces en número de nueve, y por eso existen los Triduos y las Novenas.

Podemos pensar que un Triduo es como un retiro espiritual. Aunque no estemos hospedados en una misma casa, ni permanezcamos todo el tiempo en una misma actitud, sí que estamos unidos en un solo corazón y buscamos una misma luz y un mismo Señor.

En buena hora, pues, iniciamos este Triduo al Santísimo Sacramento, porque queremos que nuestro entendimiento reciba un poco más de luz sobre qué es lo que sucede en la Eucaristía y quién es el que está expuesto cuando se expone el Santísimo.

Queremos también recibir amor para nuestra voluntad, porque con el frío del mundo, a pesar de que sea verano, con la frialdad con que tantos tratan las cosas de Dios, también nosotros corremos el riesgo de dejar caer eso que en otro tiempo era nuestro fervor.

Y la vida cristiana, como nos lo ha explicado muy bien el texto de hoy, tiene su centro y tiene su cumbre fundamentalmente en el amor.

Así que hacemos el Triduo para buscar un poco de luz para nuestro entendimiento, y un poco de fuego para nuestra voluntad.

Pero algunos Padres de la Iglesia, y entre ellos San Agustín, y Doctores de la Iglesia, y entre ellos Santa Catalina de Siena, hablan de otra potencia del alma, además del entendimiento y de la voluntad, se refieren a la memoria.

Y qué bueno que en una celebración como esta que estamos empezando, nuestra memoria aprenda a atesorar el recuerdo de las obras de Dios. Porque en la medida en que esos recuerdos se afianzan en nosotros, pierden proporcionalmente poder, las mentiras o los engaños del demonio, del mundo o de la carne.

En esto sucede lo mismo que en el matrimonio y la familia: cuanto más feliz se siente un hombre con su casa, con su esposa, con sus hijos, menos inclinado estará a dejarse llevar por cualquier tentación que aparezca.

El mismo gozo que atesora en su corazón, ese algo maravilloso que le permite recordar la sonrisa de sus niños, el cariño y la cercanía de su mujer, hacen que este hombre esté mucho más atado a su hogar, y por consiguiente, menos tentado de cometer una tontería.

Así que para eso hacemos el Triduo; luz para el entendimiento, fuego para la voluntad y tesoros para nuestra memoria.

¿Qué vamos a tratar el día de hoy? Hoy vamos a hablar de la Eucaristía como acción y como presencia. Acción quiere decir aquello que sucede en la celebración del Santo Sacrificio; presencia, queremos referirnos a aquello que sucede cuando se expone el Santísimo Sacramento.

Estaremos todos de acuerdo en que la Eucaristía es en primer lugar acción, es decir, es un evento, un suceso, es algo que acontece. La Eucaristía es Dios aconteciendo entre nosotros. El primer verbo que el Apóstol San Juan aplica a Cristo es: “La Palabra se hizo carne” Juan 1,14”, y ese “hacerse” es una acción. Y luego viene un segundo verbo: “Acampó entre nosotros” Juan 1,14, también denota una acción. Dios que irrumpe en nuestra historia y que viene a quedarse con nosotros.

El actuar de Cristo, las acciones de Cristo son las que en primer lugar tocan nuestra vida, se ve muy bie en los Evangelios. El actuar de Cristo es su predicación incesante, su oración perseverante; el actuar de Cristo es la multitud de sus milagros, es el poder de sus exorcismos; el actuar de Cristo es el que le permite a Él mismo decir: “Si no me creéis a mí, creed a lo que yo hago, creed a las obras” Juan 10,38.

Tan cierto estaba el Señor de que sus acciones, sus obras eran reveladoras de la presencia divina, que dejó caer esa frase en alguna disputa con las autoridades judías. “si no me creéis a mí, creed a lo que yo hago” Juan 10,38.

Las accioes de Cristo son tan maravillosas, sus palabras son tan elocuentes, que por eso la gente, en más de una ocasión, quiso aclamarlo como Rey; pero hay una acción, una entre todas, que es la más importante, una que merece atención privilegiada y esa es la que Cristo llamó “su hora”.

Esa acción será la acción definitiva, se encuentra en el capítulo doce de San Juan, donde dice Cristo: “Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera” Juan 12,31.

Es decir que los milagros de Cristo fueron muchos, y los exorcismos fueron muchos, pero hay uno que es el exorcismo por excelencia, el que derrota a Satanás y lo expulsa de la historia humana, y ese exorcismo, ese gran exorcismo es el que sucede en la Cruz.

Milagros de Cristo hay muchísimos; se cuentan por decenas o por centenares ciegos curados, mudos que hablan, paralíticos que se levantan; pero hay uno que es el milagro por excelencia, el desconcertante milagro de un Dios que nos ha amado hasta el extremo y que, como si fuera un criminal, entrega su sangre por amor a nosotros, como eso no hay nada que se pueda comparar.

La acción central de Cristo, su acción fundamental es nuestra Redención; es ahí, es en su muerte bendita, es en la entrega de su vida, donde nosotros verdaderamente conocemos a Jesús.

Pues bien, fue voluntad de Cristo que esa acción redentora permaneciera entre nosotros, mira lo que estoy diciendo, porque Jesús ordenó a sus Apóstoles: “Haced, -fíjate que es una acción-, haced esto, haced esto en conmemoración mía” Lucas 22,19.

Y ese “hacer” es lo que sucede en la Eucaristía, y por eso hemos sido enseñados, correctamente, que la Eucaristía no es simplemente memoria, sino que la Eucaristía es el mismo sacrificio de Cristo, la misma Redención de Cristo presente entre nosotros, en este caso, sobre este altar, esa es la Eucaristía.

La Eucaristía es Dios actuando, Dios realizando la acción salvífica por excelencia, aquella que revela el misterio del Señor, aquella que revela la verdad del ser humano, aquella que nos deja entrever el misterio mismo de Dios, esa es la Eucaristía.

Entonces, cada vez que celebramos la Eucaristía, no estamos repitiendo un sacrificio, ni representando un sacrificio, ni recordando un sacrificio, ¿qué es lo que hacemos al venir a la Eucaristía? Lo que hacemos es unirnos al único y verdadero sacrificio de Jesús en el Calvario.

Por eso nos han explicado, y nos han explicado muy bien, sólo hay una Eucaristía y sólo hay un Sacerdote; la única Eucaristía es Cristo que entrega su vida para salvación del mundo, el único Sacerdote es Cristo, la única Hostia bendita es Cristo, Él es el único Altar.

Y todo lo que nosotros hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía, es unirnos a ese momento que trasciende el tiempo y el espacio, unirnos a esa única acción, acción perfectísima que ya no tien que repetirse.

Sobre esta materia nos habla con muchísima elocuencia la Carta a los Hebreos, donde dice que “Cristo entró una vez y para siempre en el santuario” Hebreos 9,12.

Al hacer la comparación con los sacrificios de la Antigua Alianza, la Carta a los Hebreos nos explica cómo es perfecto el sacrificio de Cristo, y cómo Cristo, al entregarse de esa manera por amor a nosotros, ha realizado de una vez y para siempre la Alianza que ya no pude romperse.

La Eucaristía es la misma acción del Calvario, la misma acción del Viernes Santo, la misma acción del Cenáculo, a la cual nosotros nos conectamos en distintos lugares, ciertamente, en distintos siglos, con distintas lenguas, pero nos unimos a una misma acción.

Antes de decir algo sobre la presencia de Cristo fuera del sacrificio eucarístico, digamos algo muy importante sobre cómo ha querido la Iglesia que se realice esa acción eucarística.

Seguramente lo aprendimos ya en la catequesis, pero conviene recordarlo. Hay dos mesas, la mesa de la Palabra y la mesa propiamente eucarística. Y la primera, la mesa de la Palabra, nos dispone para reconocer quién es el que se da en la mesa eucarística.

De modo que, aunque la Eucaristía es una sola acción, y es un solo sacrificio, y siempre nos conecta, siempre nos une al mismo acto de amor y salvación que nos ha dado Papá Dios en el sacrificio de su propio Hijo, a pesar de esa unidad, tiene esos dos momentos.

Y los dos son importantes, y el lenguaje que utilizamos para uno tenemos que utilizar para el otro, quiero decir, para comulgar de mejor manera, alrecibir la forma consagrada, al recibir esa bendita presencia, el Pan del Cielo, primero hay que comulgar con la Palabra.

La comunión con la Palabra prepara la comunión con el sacramento. La unión que nosotros tenemos con esa Palabra, al dejarla resonar en todo nuestros ser, prepara la acción multiforme y maravillosa del sacramento que llena todo lo que nostros somos, y que quiere visitar todo nuestro ser, todos nuestros negocios, todos nuetros afectos, toda nuestra vida.

Entonces fíjate, las dos mesas, mesa de la Palabra, mesa de la Eucaristía o mesa del sacramento. ¿Qué tiene que aprender la mesa eucarística de la mesa de la Palabra? ¿Y qué tiene que aprender la de la Palabra de la eucarística? Pues vamos averlo así muy condensado.

La mesa de la Palabra tiene que recibir de la mesa eucarística, que yo voy a comulgar, por eso mi atención en el momento de la Palabra tiene que ser total.

San Agustín decía: “Así como tú no tolerarías que una partícula del Pan eucarístico cayera al suelo y fuera despreciada o pisoteada, no ermitas que un solo versículo caiga de tus oídos sin la atención debida”, ¿ves? La mesa de la Palabra se enriquece de la mesa eucarística.

Porque cuando yo le aplico a la mesa de la Palabra el lenguaje de comulgar, me doy cuenta cómo tengo que estar presente, con todos mis sentidos y todo mi corazón, en la predicación y en la proclamación de la Escritura.

Bueno, ¿y qué puede aprender la mesa eucarística de la mesa de la Palabra? Pues la mesa de la Palabra llega a todo mi ser. Por eso fíjate que cuando uno asiste a la Misa, muchas veces en la predicación se habla de la responsabilidad social, se habla de los deberes de los padre, se habla del noviazgo, se habla de la ciencia, del ateísmo, de las misiones.

La mesa de la Palabra toca toda nuestra vida, y un buen predicador debe tratar de llegar a aquello en donde es más necesario que Dios visite los corazones. Pues si la mesa de la Palabra quiere llegar a toda nuestra vida, lo mismo vale para la Eucaristía.

Al comulgar, tengo que pedirle a Jesús que visite toda mi vida, porque la misma boca que comulga, es la misma boca que luego va a hablar con un amigo o con una amiga en la calle; el mismo cuerpo que recibe la Eucaristía, es el mismo cuerpo que, convertido en templo del Espíritu Santo y sagrario del Verbo encarnado, tien que conservar su pureza.

Si yo tomo en serio que Cristo quiere visitar con su Eucaristía todo lo que yo soy, entonces fíjate las consecuencias que se siguen: una joven que comulga santamente, no se deja tratar de cualquier manera, como si fuera un puro objeto de placer, ni por su novio ni por nadie.

Una señora que comulga santamente, sabe que lleva el sabor de Cristo en esa boca y que no puede hablar de cualquier manera; un científico que comulga santamente, sabe que Cristo está bendiciendo sus pensamientos y sabe que su ciencia tiene que proclamara la gloria de Dios, y así sucesivamente.o ¡Qué hermoso ver la unidad entre la mesa eucarística y le mesa de la palabra y ver cómo se enriquecen mutuamente!

Bueno, eso es lo que hoy podemos compartir sobre la Eucaristía como acción. Resumamos. Primer punto: Cristo hizo muchas acciones, pero la acción fundamental es la acción redentora en el Calvario, en obediencia de amor al Padre.

Segundo: Cada Santa Misa no es ni representación, ni puro recuerdo, ni puro símbolo de lo que pasó. Cada Eucaristía es conexión, es unión con el único sacrificio.

Y tercer punto: las dos mesas, y recordar cómo cada una enriquece a la otra.

Bueno, ¿y qué sucede después? Ha terminado la celebración, cada uno se va para su casa, ¿qué sucede después? Ahí es donde entra la teología de la presencia real, que es la que ha dado origen a tantas cosas bellas y santas en la Iglesia.

Vamos a recordar en dónde empezó esta teología tan hermosa. Hay que recordar que al principio, al puro, puro principio, cuando los cristianos celebraban la Eucaristía, consumían todo el Pan, no quedaba reserva; de hecho, eso de que haya reserva eucarística y de que quede reserva en el sagrario, es relativamente reciente.

Por ejemplo, en la época de nuestro Padre Santo Domingo, -estamos hablando del siglo XIII-, en esa época no había costumbre de reserva eucarística, no había costumbre, tampoco había costumbre de celebrar la Misa todos los días.

Un siglo después, en el siglo XIV, época de nuestra bien querida Catalina de Siena, ella encontraba difícil cumplir su deseo de cristiana de comulgar todos los días. ¡Qué ironía, hoy, en cambio, tenemos esa oportunidad y a veces la desaprovechamos! No había esa costumbre.

¿De dónde vino esa hermosísima teología de la presencia real fuera del sacrificio eucarístico? Vino de dos cosas, y ambas son muy bellas. Primera: de la necesidad de llevar la Eucaristía a los enfermos y a los mártires.

Cuando los primeros cristianos, -estamos hablando de las grandes persecuciones, tiempo de Diocleciano, de Domiciano y de todos aquellos emperadores-, cuando los cristianos iban a un destino seguro y horrendo, por ejemplo, a ser entregados a las fieras, ellos ciertamente necesitaban una fortaleza más allá de lo que dan las energías y los pensamientos humanos.

Entonces algunos de ellos, o llevaban consigo, o lograban que les llevaran después, el Pan Eucarístico. Y muchos de ellos, inmediatamente antes de salir a esa muerte espantosa, lo último que hacían era abrir con amor ese paño en el que llevaban el Pan Vivo, y antes de convertirse ellos mismos en hostias vivas y santas, comulgaban ese Pan.

Por supuesto que quienes les llevaban ese Pan consagrado allá a la cárcel, donde no podían celebrar Misa, quienes les llevaban ese Pan consagrado, tenían conciencia de una cosa: que no les estaban llevando cualquier pan, entonces había conciencia de que ese Pan, aunque hubiera terminado la celebración en el altar, ese Pan seguía siendo Pan del Cielo, seguía siendo Cristo Vivo.

En la experiencia de aquellos mártires, que esperaban el primer zarpazo y el horrible quebrarse de sus propios huesos, pero lo esperaban impávidos, llenos de una fortaleza absolutamente sobrenatural, confirmaba a todos: “No se puede sufrir así si no se tiene a Dios adentro.

De modo que la experiencia de aquellos mártires vino a convertirse en experiencia que confirmaba la verdad de la presencia eucarística.

Segundo: los enfermos. Era conocido, en determinada comunidad, que había un hombre o una mujer enamorado de su fe, constante como ninguno en la celebración del sacramento; pero resulta que ese pobre está muy enfermo, está paralítico, es que no hay manera de moverlo de su casa.

Llega el día del Señor, llega el domingo, se celebra la Eucaristía, ¿qué se hace entonces? “Bueno, pues no queremos que se quede si ese Pan, y entonces vamos a llevare ese Pan, pero por supuesto ese Pan se le llevaba después de que ya había terminado el sacrificio.

Pero el Pan que se le llevaba, aunque ya hubiera terminado la Misa, era Pan que todos reconocían como verdadero Pan del Cielo, como verdadero Cristo, capaz de fortalecerlos en sus penalidades y capaz de darle un sentido a esos sufrimienntos.

Y por eso se recuerda, entre otros, a este adolescente, San Tarcisio, que encontró precisamente la muerte mientras llevaba el sacramento eucarístico para los enfermos y para los mártires.

De esa manera, la praxis, la práctica de la Iglesia vino a encaminarse en el reconocimiento de la verdadera presencia del Señor, aunque haya terminado el sacrificio eucarístico.

No se hacía de manera ordinaria, ya lo expliqué, pero ya había esa conciencia. Depués, cuando ya las costumbres cambiaron y cuando ya se pudieron organizar las cosas de otro modo, ntonces viene el uso del sagrario y viene la adoración eucarística, que vino a ser impulsada grandemente por la fiesta del Corpus Chriti, si vamos a ser fieles a la historia.

Como seguramente recordamos, es una fiesta que viene del siglo XIII, en la cual tuvo que ver mucho nuestro hermano Tomás de Aquino.

Bueno, pero dije que eran dos cosas, una era llevar la Eucaristía a los enfermos y mártires; y la otra es, yo no sé si más hermosa incluso. Vamos a suponer esto. Resulta que las comunidades cristianas iban floreciendo muy poco a poco en distintos rincones del mundo antiguo.

Vamos a ubicarnos en el primer milenio. Las condiciones de transporte no son tan fáciles. Y resulta que una comunidad, en un determinado sitio, vamos a suponer en Éfeso, conoce que hay otra comunidad, por ejemplo, en Cicilia, que se dice que es comunidad cristiana.

Lo primero que ellos hacían para saber si esos otros eran cristianos, pues era saber si profesaban la misma fe, por eso pronto se desarrolló la costumbre de los llamados símbolos, y de ahí viene “el símbolo de la fe”, el Credo: “Si tú dices lo mismo que yo digo, pues parece que creemos lo mismo”.

Pero además de eso, ellos estudiaban en segundo lugar de dónde viene esa comunidad. Por ejemplo, “Éfeso, ¿de dónde vienes tú?” “-Nosotros venimos del Apóstol San Juan y aquí está nuestra sucesión: después de Juan vino Policarpo, después de Policarpo vino no sé quién”, y ahí iban poniendo ellos la lista de los que habían sido obispos en esa ciudad.

“-Muy bien, ¿y ustedes de dónde vienen?” “-Nosotros venimos de tales y tales”, segunda prueba. Pero cuando ya las dos comunidades estaban convencidas de que “vosotros sois tan cristianos como nosotros”, ¿sabes lo que hacían? ¡Enviaban la Eucaristía!

Tú has visto que cuando celebramos la Misa hay un momento en el que se parte la forma consagrada, ya consagrada, y se echa una partícula en el cáliz, bueno.

En la antigüedad, esa costumbre se reservaba para esta ocasión que estoy contando, es decir, la partícula que se echaba en el cáliz de esta Iglesia de Éfeso, no era la partícula de la Misa de ellos, sino la que había traído un cristiano desde por allá de Cicilia, di tú.

“Entonces el cristiano de Cicilia trajo esa Eucaristía, trajo ese Pan, y como una señal de que somos de los mismos , yo voy a comulgar la Eucaristía que tú has traído, y en retorno te envío lo más precioso que yo tengo: lleva tú la reserva eucarística nuestra para que allá hagan otro tanto”.

De ahí viene esa hermosa costumbre de echar esa partícula, es una manera de decir: “Somos de los mismos”. Por supuesto, es mucho más elocuente cuando se hace, como en aquella época, con distintas comunidades.

Por decir algo, si lo fuéramos a hacer aquí entre parroquias o entre capillas: “Bueno, que han traido la Eucaristía, qué sé yo, de Guadalupe, la han traído aquí”, y traemos esa partícula y la echamos en el cáliz.

Es la manera más elocuente, más litúrgica y más hermosa de decir: “Somos de los mismos”. Yo como el Pan eucarístico que se consume en tu celebración, tú comes el que se consume en mi celebración.

Bueno, a través de estas dos prácticas que he mencionado: el llevar la Eucaristía a enfermos y mártires, y el llevar la Eucaristía a distintas comunidades cristianas comulgando unos de otros, esa doble práctica llevó a la Iglesia a afirmar, con absoluta claridad y nadie puede tener duda, la verdadera presencia de Jesús, la santidad inconmensurable, la pureza indescriptible, la verdad incontestable de Cristo en la Eucaristía.

Y esto tiene que llenarnos de fervor, hermanos, y esto tiene que llernos de gozo, porque no nos están esperando los leones del Coliseo romano, pero les puedo asegurar que saliendo de esa puerta, otros leones nos esperan.

Serán de otra clase, será el amigo que se burla de tu fe, será la amiga que no cree ya en la fe que tuvo cuando niña, será el que hace mofa, o será el que critica, o será el que echa un chiste de mal gusto sobre los curas o sobre la Iglesia, esos te están esperando.

Entonces, nosotros, lo mismo que estos antiguos, al salir del templo tenemos que llevar con valor a Cristo, y tenemos que saber que nos estamos enfrentando a los mismos enemigos que Él pudo tener en su tiempo.

Él mismo lo advirtió en el capítulo diciséis de San Juan: “Sabed que si el mundo os odia, a mí me ha odiado primero”.

Qué hermoso recordar: la Eucaristía, acción bendita de salvación en el altar, presencia bendita de santidad cuando, como hasta hace un mometo, está expuesto el Santísimo y recibimos su bendición, su acción permanente en nosotros.

Sigamos, hermanos, esta celebración, sigamos en alabanza, en gratitud y sigamos con una convicción profunda: qué grande es nuestro Dios.

Yo quiero que ustedes y este servidor podamos sentir no solamente gratitud ante Dios por nuestra santísima fe católica, sino también, en el buen sentido y que nadie me entienda mal, misericordia y compasión por los que no saben lo que sucede en la Eucaristía.

No nos vamos a sentir superiores de nadie, ¿pero cómo no sentir dolor, si la gente le da la espalda a este amor tan grande? ¿Cómo no sentir dolor, si se alejan y no parecen extrañar a este Cristo que en cambio sí los extraña a ellos?

Así que este Triduo va a renovar nuestro amor, este Triduo va a renovar nuestro fervor y vamos a ser no solamente testigos sino misioneros de la Eucaristía.

Amén.