Co33001a
Fecha: 19951118
Título: La realidad que nos presenta el evangelio
Original en audio: 13 min. 56 seg.
Queridos Amigos:
Las palabras que hemos escuchado son duras, son vigorosas y son claras. Aquí aparece de cuerpo entero la entereza de Jesucristo y su absoluta lucidez cuando está a las puertas de su propia muerte, y cuando tiene que hablar del final de todas las cosas.
Jesús, Jesucristo, es uno de esos pocos hombres en la historia, quizá el único, que no han dado paso atrás ante la muerte, ni antes dicho una sóla de sus palabras. Jesús va camino de la Cruz, y va camino de la gloria con los ojos abiertos, y quiere que también nosotros, sus discípulos, estemos atentos, y no nos hagamos ilusiones.
El que quiera ser cristiano, que medite no sólo los textos amables y dulces; que piense también en estas palabras fuertes, casi cortantes. El que quiera ser cristiano, no se quede solamente con el Jesús amable, sonriente, que abraza, que bendice a los niños, que sana a los enfermos; que no se le olvide este otro Jesús, que nos ha hablado con tanta fuerza y con tanta claridad en esta noche.
Los judíos tenían el centro de sus orgullos en el Templo, y por ese templo habían trabajado, no sólo con sus manos, sino incluso hasta con el derramamiento de su sangre. Ponderan ellos la belleza de aquello que es su orgullo, el Templo, y Jesús les dice: "Llegará el día en que todo eso que véis será destruido. No quedará piedra sobre piedra" ( véase San Lucas 21,6 ).
Esas palabras se cumplieron literalmente, cuando hacia el año setenta el Imperio Romano intervino con violencia en el Reino de Judea, y efectivamente arrasó el Santuario, y dispersó, y persiguió a los judíos; tiempos de calamidad, en los cuales se cumplieron las palabras que Jesús había dicho aquí.
De manera que Jesús estaba hablando al mismo tiempo en tres planos. Sus palabras son como una sinfonía que tiene tres niveles, tres líneas melódicas. Y para comprenderlas bien, hay que saber que existen esos tres planos.
Jesús está aludiendo al final de Jerusalén, está refiriéndose a la catástrofe nacional que va a significar la invasión y la destrucción de Jerusalén. Ese es un plano.
Pero está refiriéndose también a su propia calamidad, a la catástrofe que se le viene a Él encima, porque todos estos discursos de Jesús del final de los evangelios, tienen esa característica de testamento, de despedida, de última recomendación.
Se refiere además al final de todas las cosas, a esa calamidad o catástrofe que será el desenlace de la historia. Porque así como Jesús tuvo que pasar por la Cruz, y Jerusalén tuvo que pasar por la destrucción, el mundo, mis queridos hermanos, tiene que pasar por una cruz y por una destrucción.
Porque el Evangelio de Dios no pega en esta tierra, porque la Palabra de Dios no tiene raíz, no alcanza a coger raíz en las estructuras de pecado de este mundo. Y el mundo soporta el evangelio, pero no lo acepta.
Y si miramos nuestra Colombia, si miramos a Bogotá, si miramos la realidad del mundo, ¿qué tendremos que decir, sino que este es un mundo que no acepta esa Palabra de Dios? Y se predica la Palabra, y no se recibe; y a quienes predican esa Palabra, le sucede lo que ya Jesús ha dicho en el evangelio: "No son escuchados, y son perseguidos" ( véase San Lucas 21, 12 ).
Si la Iglesia, por ejemplo, defiende la unidad de la familia, se ataca entonces a la Iglesia. Y en esto hay cadenas de complicidad muy serias. Yo quiero citar un ejemplo.
Se ha vuelto temita de las publicaciones de periódicos y de novelas, hablar de la Iglesia. Como ya estamos hastiados de violencia, y como ya estamos hastiados de sexo, vamos con la religión. Y se considera de buen gusto, y se considera chic, destapar ollas podridas de la Iglesia, y presentar, por ejemplo, historias reales o ficticias de los pecados de un sacerdote, o de un obispo, o de no sé quién. Se ha vuelto el tema eso.
Alguno de ustedes podría decirme: "¡Padre! Pero es que eso es una realidad, porque yo conocí a un sacerdote que..." ¡Sí! Uno, y dos, y tres, o cinco, o veinte. ¿Y los demás?
Vamos a suponer que entre ustedes hay gente nacida en el departamento de Boyacá. ¿Qué pasaría si la televisión, cada vez que presentara a un boyacense diciendo que es boyacense, fuera para denigrar de él? Y yo he conocido boyacenses ladrones, y yo he conocido boyacenses estafadores, y violadores, y secuestradores. ¿Eso me autoriza para presentar así a los boyacenses en la televisión? ¿Cierto que me estoy metiendo en un terreno que incomoda, porque seguramente algunos de ustedes tienen vínculos con esa tierra?