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Mis queridos hermanos: estamos terminando el año litúrgico, y por eso, las lecturas, especialmente del Evangelio, nos invitan a recordar ese dato fundamental de nuestra fe: el retorno de Cristo; un retorno a la vez anhelado e imprevisto. Viene Jesús, lo sabemos, viene Jesús, lo esperamos y sin embargo su venida es y será siempre una sorpresa; es un acontecimiento que desaborda de tal manera la mente humana que no hay imaginación posible; y por eso Jesús es y será siempre una sorpresa.
Cristo nuestro salvador describe, con las imágenes que hemos escuchado en el Evangelio, esa sorpresa, esa llegada imprevista, imprevista no porque no la sepamos, sino porque está más allá de lo que nosotros podemos prever. De esa prisa, Jesucristo saca una conclusión: el que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.
Hace unos poquitos días el mundo entero se conmovió con una noticia: en la ciudad de Poia en Italia, al sudeste, un edificio de cinco pisos se desplomó sobre sí mismo. Más de setenta personas que estaban dormidas de pronto quedaron atrapadas; muchas de ellas murieron de modo instantáneo. Vienen las investigaciones de por qué ha sucedió esto. Hay dos teorías: parece que hay problema con una corriente de agua que fue minando los cimientos. Uno siente un escalofrío de pensar cuántas reuniones de familia, cuántas lecturas, estudios, conversaciones, la vida, lo que tiene la vida, todo sucedía en ese edificio. ¿Quién iba a saber que esa noche se durmió plácidamente, quién iba a saber que era el último sueño.
Ese acontecimiento nos impacta, pero hay un dato que yo no sabía y que encontré en las noticias hace poco: un hombre, por lo visto de sueño muy liviano, sintió una especie de rugido. Parece que la estructura antes de fallar empezó a producir una especie de traqueteo, empezó a producir un breve rugido. Quienes conocen de arquitectura y de ingeniería saben que después que un piso caiga sobre otro, eso es como un dominó, eso no lo parea nadie.
Pero antes de que eso suceda, este hombre, aunque era de noche, sintió ese rugido y entonces despertó a toda prisa a la mujer y a los hijos. Lo entrevistaban en los medios de comunicación, tal vez algunos de ustedes lo vieron. Despertó a la mujer y los hijos, y llevado por un presentimiento espantoso, otro diría ridículo, les dijo: nos vamos, nos salimos ya de aquí, ya, ya…
Salieron… minutos después se estaba desplomando ese edificio con el resultado fatal que todos conocemos. Ese hombre que sale a toda prisa, en la noche, casi con la ropa de cama, del edificio que estaba a punto de caerse, ese hombre que tuvo ese presentimiento, le hubiera servido a Jesucristo para el Evangelio de hoy. Sobre todo por un detalle: cuando ese hombre empezó a sentir algo extraño. Yo creo que los presentimiento son hay que canonizarlos, pero tampoco hay que despreciarlos; Dios a veces habla a través de presentimientos y de intuiciones. Cuando este hombre empezó a sentir eso, ¿qué sacó de su casa? Nada; cumplió el Evangelio de hoy a la letra.
Decía Jesucristo: el que esté en la azotea que ni baje por las cosas. Decía Jesucristo: el que pretenda guardar la vida la perderá, y el que la pierda la recobrará. Imaginémonos una persona que se pone a hacer maletas en ese momento; imaginémonos que la esposa de este hombre le hubiera dicho: no, no, no, espérate, en primer lugar recuerda que tú no te tomaste la pastilla que es la que te mantiene estabilizado; acuérdate que eres un poco chifloreto y que ya has tenido varias veces esos pálpitos, y por consiguiente, espérate y empacamos; espérate y empacamos es que se quedan ahí, es que se quedan ahí.
No es el momento de empacar