Fundamentación Teológica de la Misión, 2 de 5

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar


Basándonos en el sentido original de la palabra "misionero", que significa "el enviado", hemos formulado tres preguntas que están pendientes: quién es el que envía, quién es el enviado y cuál es la vía.

Hemos observado también, en nuestra sesión anterior, que esa dinámica expansiva, proselitista, no es necesariamente universal; de hecho, pues encontramos en el mismo Judaísmo que no hay un interés en convertir gente al Judaísmo. El judío convencido de su fe está más interesado en guardar la pureza de lo que se le ha encomendado y en resguardarse del resto del mundo, que en convertir al mundo.

O sea que hay una conexión entre la palabra misión y la palabra conversión; esas dos palabras están tan unidas que lo que le suceda a la una le sucede a la otra. En los tiempos en que la Iglesia ha tenido un mayor vigor misionero, pues también ha predicado con mayor fervor la necesidad de la conversión. Pero por supuesto esta es una palabra que que es muy discutida hoy, desde muchos ángulos. Por ejemplo, qué derecho tiene uno de cambiar el mundo de otra persona.

Ese tipo de dificultades o ese tipo de objeciones las vamos a ver en nuestra siguiente charla, por ahora nos centraremos únicamente en el aspecto misionero, sólo que es importante que no olvidemos que misión y conversión están relacionadas.

Cuando hablamos de envío, inmediatamente la memoria se despierta con una cantidad de textos del Antiguo Testamento. Recordamos, por ejemplo, el capítulo primero de Jeremías, y recordamos cómo Dios le dice a este joven Jeremías, le dice que Jeremías irá de su parte, irá de parte de Dios".

Recordamos también a Isaías, en el capítulo sexto, donde Dios se pregunta: "¿A quién enviaré?" Isaías 6,8, y entonces Isaías responde: "Aquí estoy, envíame a mí" Isaías 6,8.

Recordamos también Éxodo, capítulo tercero, donde encontramos a Dios enviando a Moisés; y recordamos, en general, a una cantidad de profetas que reciben este mandato del Señor: "Ve y diles de mi parte...." Puede decirse que la expresión más repetida en los profetas, es la expresión: "Oráculo del Señor", es decir: "Esto no lo digo yo, esto viene de la palabra, "esto viene de la os, oris", que es el nombre en latín para decir boca.

Oráculo viene de "os, oris", entonces "oráculo del Señor" es "de la boca misma de Dios", y esa es la expresión de los profetas; los profetas reciben ese encargo de parte de Dios: "Ve y diles de mi parte", incluso, al profeta Ezequiel se le advierte: "Ya les puedes decir este discurso que no te van a oír".

De toda estos ejemplo, y muchos más que ustedes y yo conocemos, sacamos una conclusión: es evidente que el que envía es Dios, es parte es clara; es evidente que el enviado es un profeta, y es evidente que la vía que tiene que recorrer es el pueblo elegido, es decir, es en medio del pueblo a donde tiene que realizar su misión.

Por lo menos en el Antiguo Testamento lo que encontramos es ese conjunto: el que envía es Dios, el enviado es un profeta y la vía que tiene que recorrer, o mejor, a quién se le envía sería más propio, es el pueblo. Esto es lo que encontramos en el Antiguo Testamento.

¿Qué cambia de esto en el Nuevo Testamento? No hay un cambio radical, pero es interesante ver que sí se da una transformación. Podemos decir en el Nuevo Testamento, nuevamente el que envía es Dios, pero ese envío de dios hay que cualificarlo. Porque resulta que ciertamente el origen de la misión está en Dios, pero ciertamente esa voz de Dios resuena en la palabra del Cristo y particularmente del Cristo resucitado.

"Ve y dile a mis hermanos" Juan 20,17, es la expresión que recibe María Magdalena, y también Jesús dice a sus discípulos: "Seréis mis testigos, seréis testigos de mí" Hechos de los Apóstoles 1,8. Es evidente que Cristo está tomando el lugar de Dios en ese envío misionero, lo cual es interesante no sólo desde el punto de vista de la teología de la misión, sino interesante desde el punto de vista de la Cristología.

Lo mismo en este pasaje, como en otros de los Evangelios, vemos a Jesús situado exactamente en el lugar en el que habría que esperar que apareciera Dios y únicamente Dios. Entonces aquí podemos decir es Dios, podemos decir es Jesucristo, pero todavía hay otra cualificación muy interesante en el Nuevo Testamento.

Cuando están orando en la ciudad de Antioquía, esa es Antioquía de Siria, donde por primera vez llamaron cristianos a los cristianos, "el Espíritu Santo dijo: Separadme a Bernabé y a Pablo para la misión a la que los he enviado" Hechos de los Apóstoles 13,2. Entonces aparece también el Espíritu Santo, es el que toma las riendas de la misión. Y este protagonismo del Espíritu Santo es algo que Pablo no va a dejar en el vacío, ni va a dejar que pierda importancia. Para él es evidente que el que dirige la misión es el Espíritu Santo.

Recuerden también, mis hermanos, que en el libro de los Hechos de los Apóstoles se cuenta cómo es el Espíritu el que los va guiando. Un ejemplo muy interesante es en las secciones que en el libro de lo Hechos de los Apóstoles se llaman las secciones "nosotros", es decir, las secciones en las que el Evangelista o el autor, Lucas, es parte de la acción.

Sabemos que en los Hechos de los Apóstoles hay una parte notable, una proporción notable que está escrita en tercera persona: "Pedro hizo esto", Pablo hizo esto", "sucedió esto". Pero luego hay una parte generosa, sobre todo en la segunda mitad del libro, hay una parte generosa en la cual Lucas utiliza el lenguaje: "Salimos de tal parte", "llegamos a tal parte", "hicimos", etcétera.

En esas secciones de "nosotros", del libro de los Hechos de los Apóstoles, en más de una ocasión Lucas destaca el papel del Espíritu Santo: Queríamos entrar en tal parte, pero el Espíritu no nos lo permitió". Uno realmente no puede menos de maravillarse de esa conciencia tan viva que ellos tienen de quién es el que dirige la misión; ellos no se sienten dueños de la misión, ellos no consideran que la misión es la tarea de ellos, o es el invento de ellos, o es el proyecto de ellos; se sienten servidores del Espíritu, ellos sienten que el Espíritu es el que va no sólo empujando sino el que va guiando.

Entonces Dios envía, Cristo envía, el Espíritu Santo envía, y aquí hay otra sorpresa: cuando regresan de la misión, Pablo y Bernabé, pues encontramos que se dice que la Iglesia es la que les ha encomendado esa misión, la Iglesia los había enviado con la gracia de Dios, los había encomendado al poder de Dios. Entonces también encontramos que la Iglesia envía, también encontramos que hay otros pasajes en los cuales se dice que: "Enviamos a tal o a cual persona".

Esto está indicando que, por supuesto, el origen de la misión está siempre en Dios, pero el hecho de la encarnación, la realidad y la verdad de la encarnación, tiene una repercusión que se expresa en esta secuencia: está Dios, está Cristo, está el Espíritu Santo y está también la Iglesia, la Iglesia misma es también quien envía.

En la Carta a los Hebreos se hace una aclaración interesante, con la cual terminamos esta primera secuencia, y esa aclaración es: "Nadie se envía a sí mismo, nadie se arroga este privilegio, es decir, la misión no es un hecho espontáneo, la misión no es un hecho de iniciativa simplemente privada, sería atentar contra el señorío de Dios.

Claro que la Carta a los Hebreos dice esto refiriéndose propiamente al sacerdocio, eso tiene que estar claro; pero también está claro en esta carta cómo todo aquello que sucede en la Iglesia, sucede según un designio previo, sucede según un camino que Dios recorre con su pueblo.

Aquí encontramos que el en el Antiguo Testamento el enviado es fundamentalmente el profeta. ¿Qué podemos decir en el Nuevo testamento? Pues encontramos que hay profetas también; pero los primeros enviado en el Nuevo Testamento no son los profetas, los primero enviados son los Apóstoles. Y de hecho, la palabra apóstol, apostello, en griego, pues significa "el que está puesto en el camino", "el que ha sido enviado.

Entonces en el Antiguo Testamento tenemos que decir "profeta", y en el Nuevo testamento tenemos que decir "apóstol". Los primeros enviados son los apóstoles, lo cual tiene una enorme importancia porque luego vamos a preguntarnos: ¿Con qué se envía a este del Antiguo Testamento? Básicamente. pues es con un oráculo del Señor; ¿y con qué se envía al apóstol? básicamente, es con el Evangelio. O sea que también ahí hay algo interesante, que ya lo vamos a ver.

Pero además del apóstol, aquí se menciona a una serie de personajes, por ejemplo, en el capítulo segundo de la Carta a los Efesios, cuando Pablo describe como esa secuencia, ese fundamento en el que se apoya el pueblo de Dios, entonces nos habla de apóstoles, nos habla de profetas, hay un profetismo en el Nuevo Testamento, y nos habla también de los pastores y doctores.

Esa secuencia es interesante porque nuevamente en la Carta a los Hebreos nos encontramos la necesidad de que estos pastores y doctores, que son los que la Carta a los Hebreos llama "superiores vuestros", estos tienen un encargo de parte de Dios, son enviados de parte de Dios. O sea que se da como una extensión, ¿no? En el Antiguo Testamento se da una misión más bien solitaria, en el Nuevo testamento se da toda una estructura que finalmente se convierte en la vida misma y la posibilidad de crecimiento de la Iglesia.

Si el profeta es enviado fundamentalmente a su pueblo, tal vez la única excepción notable sería el caso de Jonás, que es enviado a un pueblo extranjero, según ese relato; pero sabemos que el libro de Jonás fue fundamentalmente un relato edificante, es más una narración que contiene una enseñanza; podríamos decir que el libro de Jonás es una especie de parábola extensa. Pero en términos de la realidad del pueblo, en el Antiguo Testamento el profeta siempre es enviado a ese pueblo y ese es su camino, su camino es en medio del pueblo.

En cambio, en el Nuevo Testamento, se da un doble envío, o se da una doble circunstancia, que no la debemos olvidar: Por una parte, sí es el pueblo de Dios; es decir, por una parte, sí es Israel; pero por otra parte, encontramos la expresión "todas las naciones". Es decir, ahora el envío, el lugar del mensaje es incluso el universo mismo. En el capítulo dieciséis del evangelio según San Marcos se nos habla de cómo de lo que e trata es de llegar a toda la creación.

En resumen: ¿Cuál es la transición que se da entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento? La transición está marcada por tres hechos: por el hecho de la Encarnación. La verdad de la Encarnación entre otras cosas nos está contando la verdad del señorío de Jesucristo y la verdad del ser de Cristo, una verdad que como luego lo enunciaría de modo sistemático la Iglesia se resume en aquella fórmula de Calcedonia: "Verdadero Dios y verdadero Hombre" En segundo lugar, el hecho de la Resurrección; y en tercer lugar el envío del Espíritu.

Estos tres elementos, estos tres factores, Encarnación, Resurrección y Efusión del Espíritu, son los que marcan la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lo que viene a suceder es que la misión se amplía, la misión se profundiza y, sobre todo, la misión se convierte en inseparable del ser del pueblo de Dios. Los tres hechos que marcan la diferencia son: Encarnación, Resurrección y Efusión.

Bueno, este es el momento para recordarnos cuál es el mensaje aquí en el Antiguo Testamento y cuál es el mensaje en el Nuevo Testamento, porque ahí viene una nueva diferencia. Yo creo que el texto del profeta Joel, en el capítulo tercero, nos puede servir de orientación. En general, la voz de los profetas es una mirada al pasado; en general, la voz de los apóstoles es una mirada al futuro.

Miremos por qué. Porque la voz del profeta es un recordatorio de la Alianza, la voz del profeta es un recuerdo de una Ley, es mantener viva una Ley, y esa Ley o esos términos de la Alianza son los que determinan el tenor del mensaje profético. Básicamente lo que van a decir los profetas es: "Te estás apartando de la Alianza, te estás apartando de lo que hemos pactado con Dios". De hecho, nosotros hemos dicho aquí que el destinatario es el pueblo, pero si lo miramos bien, en buena parte el destinatario es el rey.

De lo que se tata,- se ve clarísimo con Natán y con tantos otros-, de lo que se trata es de recordarle al rey: "Tienes que ser fiel a la Alianza". Entonces la voz del profeta se convierte, por lo menos en buena parte del Antiguo Testamento, se convierte en una mirada hacia el pasado: De qué nos estamos apartando, de qué nos hemos alejado.

Recordemos esa palabra de Isaías, donde dice: "Recordad la piedra de donde fuisteis cortados: de Abraham, vuestro Padre" Isaías 51,2-2. Es decir, la estructura del mensaje es la estructura de una reminiscencia, es la estructura de un recuerdo, es un llamado a recordar, eso es esencialmente lo que sucede en el mensaje aquí.

Pero a medida que el pueblo se obstina en su dureza y en su pecado, a medida que el pueblo recae una y otra vez en la infidelidad, el mensaje profético empieza a convertirse en una condena del presente, pero también en un anuncio de un futuro distinto.

La primera función del profeta era recordar la alianza; pero a medida que la condición del pueblo se vuelve más endurecida, se vuelve más obstinada, entonces el profeta o los profetas empiezan a hacer esta operación: una condenación del presente, un desechar el presente, y un empezar a anunciar el futuro. Ahí es lo que sucede lo que encontramos en Jeremías, cuando habla de una nueva Alianza; o lo que encontramos en Ezequiel, cuando habla de un nuevo espíritu y de un nuevo corazón.

"Os daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo" Ezequiel 36,26, ya el lenguaje mira hacia el futuro. Mientras que los profetas, en su primera misión, estaban mirando sobre todo al pasado, a medida que avanza el tiempo de la monarquía, y a medida que se consolida esa obstinación del pueblo, los profetas terminan diciendo: "Mirad, con esto no hay nada que hacer, pero Dios lo va a renovar todo".

En el caso de Joel, capítulo tercero, hay una expresión muy interesante. Recuerdo todavía el texto griego: "Kai éstai", "y sucederá", "en tais escatais emerais, legei ó Theós", "dice Dios: Sucederá en los últimos días", "derramaré de mi Espíritu sobre toda carne" Joel 3,1. Esta es la profecía que encontramos en el capítulo tercero de Joel.

Entonces hay una expresión, la expresión no es solamente un futuro, un futuro como una especie de reparación del presente, sino un futuro definitivo. Tengamos en cuenta que la palabra "último", cuando se habla de "es , lo último, no significa simplemente lo que va dentro de una secuencia, sino lo último es lo definitivo, y cuando se habla de "esjatón", "lo último", no significa simplemente lo que va dentro de una secuencia, sino lo último es "lo definitivo", lo último es "lo que ya no admite más cambio".

Cuando se habla de esjatología, cuando se habla de lo último o cuando por ahí se menciona "lo último", lo que está diciendo es: la constitución definitiva de la Alianza entre Dios y los hombres.

¿Cuál es la transición que se da ya dentro del Antiguo Testamento? Repasemos: primero, el profeta tiene una función que es recordar los términos de la Alianza. Pero el pueblo no responde a esa exhortación. Entonces viene una segunda fase: el profeta condena el presente. Este es jeremías, por ejemplo, cuando dice: "Este templo va a ser arrasado, Nabucodonosor va a tomarse esto, lo que nosotros podemos hacer es aceptar este momento como penitencia y purificación". Es un desechar el presente. Y viene un anuncio del futuro.

Y luego viene una tercera fase que es la que encontramos ya en Joel, que es la mención de los últimos tiempos, lo último. De ahí la importancia del texto que encontramos al comienzo de la Carta a los Hebreos: "De muchas maneras y en muchas ocasiones habló Dios por medio de los profetas; es estos tiempos, que son los últimos..." Hebreos 1,1.

Claro, alguien podría decir, y así lo traducen algunas Biblias, "recientemente"..., parece un irrespeto esa traducción. Como decimos en español: "Bueno, últimamente se ha visto..." La expresión "últimamente" o "recientemente" no indica nada definitivo, simplemente está indicando que dentro de la línea temporal, hace poco en comparación con el tiempo del que habla.

Recientemente, se ha presentado una serie de revueltas en los países árabes, ¿significa que ya quedó marcado para siempre, para toda la eternidad el destino de esos países? No. Simplemente quiere decir que ahora último, -así también decimos, ¿no?-, ahora último, últimamente, hace poco...."

La palabra "esjatón" en el lenguaje de los profetas es muy vigoroso, porque cuando se habla de "lo último" es el estado final de algo, a donde llega un proceso, donde ya no hay nada más, Es el mismo tono, aunque no exactamente la misma palabra, que utiliza Jesús en la institución de la Eucaristía: Tomad y bebed todos de él, este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna" Mateo 26,27-28 . Es como si dijera Jesús: "Esta es la sangre de la última alianza, esta es la sangre de la alianza que ya no tiene más cambios". "Nuevo y eterno" tiene, evidentemente, el mismo sentido que estamos exponiendo sobre último.

Ya en el Antiguo Testamento se asoma esa realidad de lo último. Y lo último tiene importancia porque no es un elemento más, no es un punto más dentro de una secuencia, lo último es lo definitivo, el estado final de algo, el resultado y balance de un proceso, la palabra que quedó establecida, el parecer y la presencia del vencedor, eso es lo último. Lo último es lo que ha llegado a su final, lo que ha llegado a su término.

¿Por qué destaco este tema de "lo último"? Porque esa expresión es decisiva para comprender en qué cosiste la misión dentro del Nuevo Testamento. Obsérvese esto: Cuando la misión, en el Antiguo Testamento, es recordatorio de una alianza que ha quedado en el pasado, ¿cuántas veces se puede recordar eso? Muchas, eso no tiene número. En cambio, cuando se trata de la última alianza, y cuando se trata del último llamado, pues, entendemos, por el mudo de los aeropuertos, lo que eso significa. Cuando dicen en le aeropuerto: "Último llamado", lo que están diciendo es: "O lo aceptas, o lo perdiste".

Ese carácter de "lo último" es lo que impregna la misión aquí. Es decir, el misionero del Nuevo Testamento sabe que está trayendo en sus manos, en su corazón y en su voz el último llamado. Me da la impresión de que nosotros, especialmente en el pueblo católico, no solemos tomar mucha conciencia de esto; es decir, creo que seguimos manejando el tema de la misión y el tema de la evangelización como si fuera una oferta entre muchas, y una oferta que además puede repetirse de muchas maneras al estilo de los llamados de los profetas en el antiguo Testamento.

Pero si recordamos algunos pasajes del Evangelio, encontramos que Jesús enfatiza este aspecto: se trata de una oferta última. Se nota, por ejemplo, cuando dice Cristo: "El que crea, y se bautice, se salvará, el que no crea se condenará" Marcos 16,16. ¿Esas palabras qué son? ¿Son palabras de un loco o de un intransigente? No. Son las palabras de la última oferta.

Recordemos otro pasaje, la parábola de los viñadores. En esa parábola de esos viñadores deshonestos y asesinos, hay una diferencia muy neta, ¿entre qué? Entre los mensajeros que van en distintos momentos a recoger lo que deben dar los arrendatarios, los mensajeros son muchos, y los mensajeros llegan en distintos momentos, pero el hijo, el hijo es único. Es decir, el envío del hijo es el envío definitivo.

Dios tiene muchos mensajeros, pero Hijo, uno, es el Unigénito. Entonces el envío del Hijo, el envío del Unigénito, es lo que le da el carácter único a la misión del Nuevo Testamento. Dios no tiene una fábrica de hijos para decir: "Ahora les mando a este, después les mando a este otro". En un lenguaje místico muy bello lo dice San Juan de la Cruz, ustedes recuerdan ese texto que se lee en Navidad: "Dios se ha quedado mudo, porque dándonos su Palabra, nos ha dicho todo lo que nos podía decir". Es decir, no hay más mensaje, no hay más que decir, Dios no puede ofrecer más.

Este carácter de una oferta inmensa, infinita, irrevocable y absolutamente única, este carácter debe impregnar la misión de la Iglesia. Traducido al lenguaje de la teología dogmática, eso es lo que encontramos en ese documento que sentó tan mal, lamentablemente, en una gran parte del pueblo católico, me estoy refiriendo a "Dominus Iesus", publicado allá como en el año dos mil uno.

"Dominus Iesus" es un documento de la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe que habla de la unicidad de Jesucristo. Es decir que ser misionero de Cristo es ser misionero de ese Dios único que ha hecho la oferta última, y que dándonos a su Hijo no podía darnos más. Es decir, el Dios que se ha entregado sin reservas, de un modo total y definitivo en la persona de Cristo y singularmente en su sacrificio en la Cruz.

Entonces el misionero, este misionero del Nuevo testamento, debe tener viva conciencia de que el mensaje que lleva es el mensaje de esa unicidad. Esa unicidad, sin embargo, ha dado lugar a dificultades, sobre todo dificultades de orden cultural. En la medida en que los misioneros toman la unicidad de Cristo como un aval para imponer su estilo de cultura en otros, pues se han producido los abusos que hemos visto por parte de protestantes, por parte de católicos en muchos lugares del mundo.

Cuando el misionero, además de ofrecer pretende imponer, ha desfigurado la misión. Entonces hay un delicado equilibrio entre lo que es ofrecer y lo que es imponer. Al respecto les recomiendo la carta "Redemptoris Missio" del PapaJuan Pablo II.

33:00.......