I296002a

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Fecha: 19991025

Título: “Senor, haz que yo pueda dar fruto, que no se pierda lo que tu haces por mi”

Original en audio: [17 min. 16 seg.]


Mis Amados Hermanos:

En el evangelio de hoy se entrecruzan lo terrible de la justicia y lo tierno de la misericordia. Qué cosa drástica ver cómo algunas vidas humanas acaban de golpe, acaban de un tajo por obra de la violencia de la naturaleza, por obra de la violencia de los hombres.

La violencia de la naturaleza o de las circunstancias está representada por ese accidente de esos pobres dieciocho que murieron; se les cayó encima una torre y murieron, como aquél pobre hombre, como pasó en nuestra ciudad, que iba por la autopista y se le cae un puente peatonal encima, le pasó a él, me puede pasar a mi, le puede pasar a cualquiera.

La violencia de los accidentes, la violencia de la naturaleza o la violencia de los hombres. Los Judíos eran muy respetuosos de la vida humana, todavía más respetuosos de la sangre humana, y todavía más respetuosos de los sacrificios a Dios; tanto, una persona si apelaba al altar de Dios, y se aferraba al altar de Dios, tenía que dársele misericordia porque no se podía maltratar a nadie en el templo.

Pilato, en cambio, es un hombre impío, un hombre cruel, un hombre práctico que resuelve los problemas: “Estos están ofreciendo sus sacrificios, pero hay que acabar con ellos, pues sangre de cabros, sangre de corderos, sangre humana, todo es los mismo; mátenlos”

La violencia insensible de Pilato, que ya ahí estaba mostrando qué tipo de persona era y cuáles eran sus métodos; la violencia de los hombres o la violencia de las circunstancias.

Y cuando los discípulos espantados sienten que esa es como un castigo, porque esos eran unos grandes pecadores, ya oímos lo que dijo Cristo “No, esos no eran los más grandes pecadores” San Lucas 13,3; los más grandes pecadores siguen sueltos y a esos no se les han caído torres encima todavía, ni esos los han matado, todavía esos están ahí, están todavía ahí.

Este modo de hablar de Cristo causa un espanto todavía mayor, porque dice el Señor Jesús, como acabamos de escuchar: “¿Pensáis que eran más culpables? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera” San Lucas 13,4-5.

Qué manera tan drástica de describir el destino que se va labrando la humanidad cuando le da la espalda a Dios por el pecado, ¿qué destino le puede aguardar al hombre repleto de crueldad, al hombre insensible, al hombre que pasa su existencia entre vicios y pecados?

¿Qué le puede aguardar a ese hombre? Esa es la pregunta de Nuestro Señor Jesucristo, y esa pregunta nos remite a lo que sería justo para la humanidad. ¿Qué final le espera en justicia a esas personas?

¿Que sería lo justo que les sucediera? Es que hace mucho rato que en estos conflictos, por ejemplo, que vive nuestra patria; hace mucho rato que no se mata a las víctimas; eso ya pasó hace mucho tiempo; ahora no se mata a las víctimas, ahora se las tortura hasta matarlas.

Bueno, ¿qué puede esperar una persona que tiene ese oficio, por darle algún nombre, una persona que vive de eso, de torturar a sus semejantes, de despedazarlos, de afianzarse en el poder a base de cráneos y sangre?

¿Qué tendría que pasarle a esa persona? Ese es el clamor que se siente en un país como el nuestro; esa es la indignación que a duras penas logra ser canalizada a través de marchas y manifestaciones, para decir: “¡No más de eso!”

Con ese grito de "¡no más!", ¿qué se está diciendo? Que tenemos la conciencia de que por ese camino no se puede llegar a ninguna parte, y que lo justo sería que a esas personas algo les pudiera pasar.

Hace unos días, contaban las noticias, cómo se subieron tres personas a un bus Esto sucedió en ciudad de Méjico; atracaron a todos los pasajeros, desvalijaron a todo el mundo, se burlaron de todos; el chofer intentó con una maniobra de timón que pudieran intervenir los pasajeros para que no se consumara ese robo absurdo.

Pues, como el chofer frenó muy duro, precisamente para tratar de derribar a éstos que estaban de pie, entonces le metieron una cuchillada al chofer; pero no lo suficiente, pues necesitaba que siguiera conduciendo, obviamente, si el carro se detiene, pues llega alguien.

Cuando ya terminaron de atracar a todos, de robar a todos, y de despojar a todos, entonces, "ahora sí, pare el carro, y nos vamos"; y nos vamos fue que intentaron meterse a un potrero; uno de ellos se enredó en un alambre de púas.

Pues los pasajeros agarraron al que se había enredado en el alambre de púas, lo metieron al bus y lo mataron a patadas; es decir, lo lincharon. Un episodio de salvajismo terrible acaba de suceder terminando, muriendo el siglo XX.

Acaba de suceder ese salvajismo del cual, obviamente, no voy a dar ningún detalle, no viene al caso; ese salvajismo, o las marchas éstas que están describiendo que hay algo en el corazón humano que se revela, y que dice: “Tiene que haber justicia en alguna parte, tiene que haber justicia para la gente que hace eso.”

Ese es el clamor que sale por los labios de Jesucristo, que dice: “Pues todo el mundo va a morir así, si no se convierten” San Lucas 13,5; pero hay una diferencia, el pasaje que nos ha ofrecido la Iglesia no termina ahí.

Sigue, y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada que no daba fruto, y entonces el dueño de la viña le dice al viñador: “Mira, llevo tres años tratando de sacar algo de esto, y no se saca nada” y el viñador le dice: “Pues, déjala” San Lucas 13,7-8.

“Ese déjala” es la paciencia misericordiosa de Dios; “déjala, todavía otro año” San Lucas 13,8. A mí cómo me impresiona ese texto: “Déjala, todavía otro año” San Lucas 13,8.

¿Por qu, Dios no acaba con la gente que tortura niños? ¿Por qué Dios no manda un rayo que queme a las personas que despedazan a sus semejantes? ¿Por qué Dios no hace eso? Uno no sabe qué pensar.

A veces uno quisiera que Dios fuera demasiado drástico; otras veces, cuando uno piensa en uno mismo, y sobre todo en el pasado de uno, uno dice: “¡Qué bueno que Dios me tuvo un poquito de paciencia!” “¡Que bueno que me esperó!” “¡Que bueno que hubo alguien en los cielos que dijo: "Déjalo, déjálo.”

Yo me pongo a pensar, por ejemplo, en mi vida, ¿cuántas veces yo he traicionado al Señor? ¿Cuántas veces? Algunas menos graves, otras muy graves; sobre todo, estoy pensando en que yo le iba dar la espalda a mi vocación completamente.

Dios me llamó cuando yo tenía quince años de edad, y yo le iba a dar la espalda a mi vocación, seducido por las cosas de esta tierra, y por los oropeles de este mundo.

Y yo le iba a dar la espalda a mi vocación, se la iba a dar; y tuvo que valerse Dios de una Viñadora, “la Virgen María”, para empezar a entrárseme en el alma y suscitar no sé qué tipo de pensamientos, y no sé qué tipo de experiencias.

Hasta que un día yo descubrí, que verdad, yo iba para otro lado; pero, mientras tanto, hubo alguien que dijo por mí: “No lo cortes”; yo me pongo a pensar: Oiga, si yo me hubiera muerto ahí, ¿qué? Moría con muerte de traidor, con muerte de cobarde. No es que sea gran cosa mi vida, ni mucho menos, pero me da un dolor pensar que yo iba a morir con muerte de cobarde.

Les cuento esta historia: después de que yo le di la espalda a mi vocación, yo atropellé un carro, no fue un carro el que me atropelló a mí, yo atropellé un carro; yo iba atravesando la autopista con 129, la paralela a la autopista, en un día de lluvia.

Y descuidado, englobado como iba, iba corriendo; un Renault 6, color beige, o una cosa parecida, como el color de esta alfombra, más o menos; yo iba pasando, pero no fue el carro el que me atropelló a mí, sino que pasó la trompa del carro, y yo le dí, yo golpee la puerta del carro en movimiento.

Es decir, que si el carro viene a un kilómetro por hora más despacio, entonces yo alcanzo avanzar un metro más, y el carro me coge de frente, y hubiera muerto, con muerte de traidor.

Pero hubo alguien que en ese momento aceleró el carro, o frenó mi paso; hubo alguien que dijo: “Déjalo, déjalo, vamos a echarle un poco de abono” San Lucas 13,8, un abono descrito gráficamente en el evangelio; vamos a echarle un poco de abono, y me echaron abono, ¡gracias a Dios!

"Espera, vamos a echarle un poco de abono, quizá dé algún fruto" San Lucas 13,8, y en ese año en el que se salvó mi vida alcancé a conocer un grupo de oración, que fue el comienzo para resucitar la vocación religiosa.

Y por eso, estoy aquí; hubo alguien que apresuró, ese carro que frenó mi paso, yo golpee y sumí la puerta de atrás del carro; como el carro iba a velocidad hizo un efecto de trompo conmigo, di una vuelta sobre mí mismo, y caí en la mitad de la paralela a tiempo para ver un willis verde.

Esos dos carros nunca se me van a olvidar a mí en la vida, que venía exactamente de frente; yo estaba tirado ahí en la mitad de la paralela con 129, yo paso por ahí y digo: “¡Gracias, Señor!”

Yo estaba ahí tendido; nunca me he visto, yo tan inerme, tan desvalido en el suelo, y un carro que venía, un willis verde; pues, el señor del willis verde no tengo ni idea ¿cómo alcanzó a meter su timonazo. Pasó a medio metro de donde yo estaba, y no me aplastó; hubo alguien que en ese momento dijo: “Déjalo; déjalo, no lo cortes”, y yo creo que hay alguien que sigue diciendo eso hasta por los criminales más terribles: “Déjalo”.

Es la expresión precisa de lo que dijo el Señor por el profeta Ezequiel “Es que yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta, y viva” Ezequiel 18,23; yo no quiero eso.

Y Dios le manda a uno Ángeles, y le manda predicadores, y le manda textos bíblicos, y le despierta la conciencia, y hace todas esas coincidencias, que uno llama coincidencias, pero sabemos que son Diocidencias.

Eso que usted encendió la emisora, y estaban dando el mensaje para usted; eso que usted prendió el televisor, y era para usted; eso que usted abrió la Biblia, y estaba el pasaje que usted necesitaba; ahí hay alguien que está diciendo: “Déjalo, no lo cortes”; ¡qué impresión eso! “Déjalo, no lo cortes".

"Todavía, esperemos un año más, esperemos; lo que él merecería es que se le cayera una torre encima; lo que merecería es que su sangre se mezclara son sangre de ovejas; eso es lo que él merecería, pero no le hagas eso. Lo que él tiene merecido es eso, pero no se lo hagas, espérate, esperemos un año".

"Tal vez este sea el año del fruto, pero no ha dado fruto"; esa medida de tres años es impresionante ahí; porque sabemos, que según la tradición, el ministerio de Cristo duró tres años.

Tres años sin un fruto, tres años sin que la viña de Israel diera fruto; tres años sin que esa higuera, que era el pueblo de Israel, diera fruto, y la gana de Cristo era: “Acabemos, entonces con esto”.

Pero había algo dentro de Él, esa compasión infinita que decía: “No, vamos a darle abono, y fuerza; vamos a darle tiempo, paciencia y cariño, y de pronto dé fruto” Y con esa paciencia nacieron los apóstoles, y de esa paciencia nació la Iglesia, y de esa paciencia de Dios estamos nosotros aquí.

Algunos de ustedes ya se van aproximando como a los tres años de estar oyendo predicaciones y estar asistiendo a cursos; es un tiempo bueno para preguntarse: "Bueno, y en tres años ¿qué? ¿Y entonces yo qué estoy haciendo?

Pero, sobre todo un tiempo para decirle uno: “Señor, gracias porque me has tenido y me tienes paciencia; haz que tus esfuerzos no se pierdan conmigo”; es una de las oraciones más humildes y bellas.

Lo que hiciste que no sea en vano; si, a otros les ha aprovechado, Jesús ¿Por qué no me va a servir a mí? ¿Por qué, yo tengo que seguir revolviéndome en mi esterilidad, que, no sale nada de mí? ¿Por qué? ¿Por qué?

La oración humilde, eso se llama la oración de la higuera, la oración humilde es esa: “Señor, haz que yo pueda dar fruto, que no se pierda lo que tu haces por mí, yo ahora entiendo que me has tenido paciencia, que te has esforzado; haz, Señor, que eso dé fruto; haz que eso no se pierda; haz que verdaderamente tú te puedas alegrar.

Cuando llega el dueño de la higuera y revisa esa mata, y no encuentra nada; hace un gesto de desaprobación y de tristeza, ¿por qué Dios tiene que hacerme esa cara? ¿Por qué Dios tiene que sentirse triste conmigo? ¿Por qué no le puedo dar yo una alegría a Dios?

¿Por qué? ¿Por qué tengo que perseverar en mi terquedad y en mi esterilidad? ¿Por qué? ¿Por qué? Yo por eso les pido, en el nombre de Jesucristo, les pido que el año que empieza, que este año que viene sea el año del fruto.

Ya no más años estériles, necesitamos el año del fruto, que aparezca el fruto, que se vea la vida nueva, ¿por qué tiene Dios siempre que hacer mala cara cuando mira tu vida? ¿Por qué no le regalas a Dios la alegría de que pueda sonreír, viendo por fin el fruto por el que ha trabajado? ¿Por qué?

Que este año sea el año del fruto; que esta vez Dios gane, y que al revisar su higuera, que somos nosotros, que al revisarnos pueda decir: “Ya veo que tienes los cogollitos, ya veo que tienes las florecitas, ya no eres solo hojas, ya veo que tienes flores, ya veo que hay unos frutos pequeños, ya veo que tienes higos maduros, qué bueno que esperé por ti, qué bueno que me des esta alegría.”

Ese es el lenguaje que Dios quiere tener contigo ¿Por qué, se lo retrasas? ¿Qué es esa demora? ¿Qué es esa terquedad nuestra?

Señor, que no se pierda lo que haces por mí, que tu esfuerzo, tu cariño, tu amor y tu paciencia den fruto en mi vida.

Amén.