I186001a
Fecha: 19990807
Título: ¿Cabe el disgusto en Jesucristo?
Original en audio: 16 min. 34 seg.
Amados Hermanos:
Acabamos de escuchar un evangelio precioso de una curación difícil, una curación que le quedó grande a los discípulos: tuvieron que llevar hasta Jesús el caso. Pero finalmente se logró la curación, pues a Cristo no le quedó grande.
Primera enseñanza del día de hoy: A Cristo no le quedan grandes los casos. Tal vez le pueden quedar grandes a algunos discípulos de Cristo. Hay veces que nos decepcionan los discípulos de Cristo, y toca apelar, toca elevar súplicas a una instancia superior. A Cristo ningún caso le queda difícil.
Jesús contestó: "Generación perversa e infiel" ( véase San Mateo 17,17 ); estas palabras no eran muy amables. "¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros?" ( véase San Mateo 17,17 ); estas palabras casi son agresivas. "¿Hasta cuándo os tendré que soportar?" ( véase San Mateo 17,17 ); esas palabras son agresivas, son palabras duras, que nos muestran a un Jesús impaciente.
Como predicador del Evangelio, tengo el deber de fijarme en esas palabras. Porque cada vez que en la Palabra de Dios aparece algo que es inusitado, tenemos dos opciones: Hacer de cuenta que eso no se leyó, y volver a las enseñanzas y los tópicos de siempre, o tratar de escrutar, con la ayuda del Espíritu Santo, y siguiendo el ejemplo de la Santa Virgen María que meditaba todo en su Corazón, qué es lo que nos está diciendo la Palabra de Dios.
Aquí nos aparece un Cristo fuerte, vigoroso, casi diríamos disgustado e impaciente: "¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros?" ( véase San Mateo 17,17 ). Yo me imagino la actitud de los discípulos ante este regaño, porque esto en español se llama regaño, vaciada.
Ante este regaño o vaciada, ¿qué dirían los discípulos? Acaban de rogar por el niño enfermo. Era un niño que tenía epilepsia, pero era una epilepsia complicada, con factores no médicos. Por ejemplo, daba la casualidad que cuando el niño caía, tendía a buscar su autodestrucción.
Y los discípulos acaban de orar por el niño. Los discípulos ya se habían acostumbrado a que las oraciones eran eficaces. Les traían casos arduos: "En el Nombre de Jesús, ¡sal espíritu maligno!"; se iba el espíritu maligno, y el discípulo sentía: "¿Se da cuenta? Es que..., ¡discípulo de Jesús!" "En el Nombre del Señor, ¡levántate!"; se levantaba: "¿Se dan cuenta? ¡Discípulo de Jesús!"
Pero en este caso: "En el Nombre del Señor, ¡sánate!", y seguía el problema; "¡véte!", y no se iba; "¡cúrate!",y no se curaba. Ya estaban estos discípulos muy confundidos y nerviosos, pensando qué estaría pasando, y llega Jesús con semejante regaño: "¿Hasta cuándo tengo que soportar esta generación perversa e infiel?" ( véase San Mateo 17,17 ).
En esos momentos los discípulos decían para sus adentros: "Trágame tierra, trágame". Querían desaparecerse del mapa. Pero cuando ellos se iban a escabullir, les dice Cristo: "Traédmelo" ( véase San Mateo 17,17 ).
Es que Cristo es a veces tremendo. "Traédmelo" ( véase San Mateo 17,17 ); "traédme vuestro fracaso". ¿Si se dan cuenta? "Traédmelo" ( véase San Mateo 17,17 ); eso es un imperativo en plural, y ¿a quién dice esto? Pues lo dice precisamente a esos discípulos que no han podido resolver el problema.
Hay que aclarar algo sobre esta enfermedad. Algunos sacerdotes niegan la existencia del demonio. Están equivocados. El demonio existe como ser personal; es una potencia oscura, maléfica, personal. Es un ángel caído, existe.
El demonio no es un nombre para el mal del mundo, el demonio no es un nombre para el egoísmo humano, el demonio no es un nombre para el rencor o para la envidia. El demonio, como ser, existe. Esto lo han declarado abiertamente los Papas.
Pero muchos teólogos, de los que no creen en el demonio, porque hay otros teólogos que sí creemos que existe el demonio, se apoyan en este pasaje para decir: "¿Si ve cómo las posesiones eran en realidad enfermedades neurológicas o mentales?" Están equivocados.
Una enfermedad neurológica tiene sus propias manifestaciones, que no llevan a la persona a la autodestrucción como sucede aquí, y que además, no dependen de la presencia de Jesús; mientras que los ataques del demonio a este muchacho, como sabemos por los textos paralelos en los otros evangelios, sucedían especialmente en algunas circunstancias; digamos, ante la presencia de Jesús le daba ataque.
Esto trae para nosotros una enseñanza: Hay que curar las enfermedades, pero también hay que expulsar los demonios. Son dos cosas distintas, y las dos hay que hacerlas. Algunas veces, esto es lo nuevo que nos trae el evangelio de hoy en este sentido, los dos problemas están combinados.
En ciertas ocasiones, junto a la enfermedad física o mental, hay un problema de interferencia maléfica. Por eso nosotros creemos, que con prudencia, sin fanatismo, tenemos que saber que en muchos casos se necesita un auxilio verdaderamente espiritual para erradicar los males en su origen.