N31d007a
Fecha: 20091231
Título: La Theotokos
Original en audio: 31 min. 45 seg.
En la fiesta de la navidad que se prolonga durante toda esta octava, es decir estos ocho días desde el 25 de diciembre hasta el primero de enero, lo que estamos celebrando es la presencia de Dios en nuestra carne, en nuestra historia en medio de nosotros.
El gran lema, el título maravilloso que tienen estos días, es exactamente lo que hemos oído en el Evangelio de hoy: “la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”.
Versículos atrás el mismo evangelista Juan había dicho: “en el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios”, así que lo que estamos celebrando es, Dios se hizo hombre, sin dejar de ser Dios y sin ser menos humano que nosotros.
Esta es la maravillosa fe que tenemos en el misterio de la Encarnación, uno de los principios, uno de los pilares fundamentales de nuestra fe. En Jesucristo reconocemos una sola persona pero reconocemos también dos naturalezas.
¿Qué quiere decir este lenguaje que utilizan los teólogos? ¿Qué queremos decir con aquello de una persona y dos naturalezas? Queremos decir que Cristo es realmente uno, es un solo sujeto, todas sus obras son únicas, lo cual significa que no es Dios obrando por un lado y el hombre obrando por otro lado, sino que cada acción de Cristo es al mismo tiempo una acción plenamente divina y una acción plenamente humana.
Esto quiere decir, que por ejemplo, al padecer en la cruz, su padecimiento fue tan real como el dolor que cualquiera de nosotros puede tener, pero a la vez ese dolor tenía un mérito infinito, ese dolor tenía un valor incalculable.
Podemos decir, Dios mismo estaba dando un valor infinito a ese dolor y por eso el dolor de Cristo es principio de redención para nosotros. Porque hay muchos hombres y mujeres de Dios, que, según cuenta la escritura, sufrieron y sufrieron mucho.
Pero nosotros no somos salvos por el dolor que padeció Jeremías, no somos salvos por las contradicciones que sufrió Isaías, no somos salvos por la compasión que experimentó Ezequiel.
En cambio sí somos salvos por la compasión que experimentó Jesucristo, por el dolor que vivió Jesucristo y por el padecimiento que el aceptó con obediencia de amor al designio del Padre.
Este es, mis queridos amigos, el significado básico de aquello de que Cristo es una sola persona, en Él todo es al mismo tiempo revelación de Dios y revelación del hombre. En Cristo encontramos el rostro verdaderamente humano de nuestra raza.
Cristo es el que nos cuenta qué significa verdaderamente ser humano, ser hombre. Él nos lo cuenta, pero al mismo tiempo Él es el revelador del Padre. Él es el que nos cuenta quién es Dios.
En Jesucristo, nosotros los cristianos, tenemos la clave de lectura de todo cuanto existe. En Jesucristo tenemos la comprensión de lo que significa la humanidad, nuestro destino eterno, la gravedad del pecado y las posibilidades de salvación que tenemos.
A la vez, en Cristo está la revelación de Dios Padre, en Él está el verdadero rostro de Dios con toda su cercanía, con todo su poder, con toda su sabiduría, con toda su misericordia.
Dios, el verdadero rostro de Dios, se llama Jesucristo. Hay que contemplar a Jesucristo, no en un solo instante de su vida sino, en el caminar, en el trasegar de su vida, en el crecer, en el sufrir, en el hablar. En el padecer, en el orar, en la potencia de sus milagros y en su indefensión cuando fue torturado y murió por nosotros.
En todo ese recorrido, ¡es el recorrido que nos cuenta quién es Dios! Es el recorrido el que nos habla del amor divino. Es el recorrido de Cristo, -es toda la secuencia de Cristo-, la que nos hace comprender quién es Dios para nosotros, de tal modo que cualquier otra idea que tuviéramos de Dios tiene que ser desechada, o por lo menos tiene que pasar a segundo plano.
El verdadero rostro de Dios se llama Jesucristo. Lo que conocemos de Dios está en Jesucristo, el modo de actuar de Dios aparece en Jesucristo. Sin Jesucristo no conoceríamos a Dios, por eso, el mismo Cristo le dijo al apóstol Felipe, “el que me ha visto a mi ha visto a mi Padre”.
Ese es Jesús, una sola persona en dos naturalezas: plenamente humano, plenamente divino. Es un misterio que desborda nuestra inteligencia pero que fue posible por el poder de Dios. No todos, lamentablemente, aceptan esta maravillosa revelación. No todos aceptan el dogma de la encarnación.
La primera lectura nos recuerda, con una sombra de tristeza, que hay personas que niegan la encarnación y a esas personas la primera carta de Juan las llama: anticristos. ¡Qué palabra tan terrible!, ¡anticristos!
Según la primera carta de Juan no hay solamente un anticristo, sino que hay muchos anticristos. Nos dice así: “muchos anticristos han aparecido por lo cual nos damos cuenta que este es el momento final”.
¿Y cuáles son esos anticristos? Dice así: “habrían permanecido con nosotros pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros” Estos anticristos son personas que han tenido algún conocimiento de la fe cristiana pero se han confundido, se han equivocado y se han aferrado a sus errores y en esa pertinacia, en esa obstinación, se configura un pecado muy grave que se llama herejía.
Se han vuelto herejes, la palabra hereje indica aquél que se ha separado, aquél que se ha apartado de la verdadera fe. Es muy importante, mis hermanos, que nos demos cuenta que el centro de nuestra fe pasa por el misterio de la encarnación. Ellos niegan la encarnación.
¿Qué es negar la encarnación? Vamos a recordar cuatro maneras de negar la encarnación, porque cuando uno dice anticristos y cuando uno dice: gente que niega la encarnación, pues entonces queda un poquito como confuso eso, y uno dice: ¿pero, quiénes serán esas personas?
Pues vamos a darles nombre, mira, por ejemplo existe una herejía que se llama el arrianismo. Ese nombre proviene de un sacerdote que vivió en la antigua ciudad de Alejandría en Egipto hacia el siglo III.
Ese sacerdote, fíjate: sa-cer-do-te, ¡resultó hereje el hombre! Se llamaba Arrio. Arrio negaba la encarnación de Cristo, como la negaba, el no admitía que Cristo fuera verdaderamente Dios. El admitía que Cristo era una criatura, él decía que Cristo era una criatura maravillosa. Es decir que era un ser creado, que había sido creado por Dios.
Para Arrio, el hijo de Dios no es eterno como Dios. Para Arrio, Cristo no es eterno como el Padre. Para Arrio Cristo empezó a existir en el tiempo. Una frase muy conocida que tenía Arrio era: “hubo una época en que estaba solo Dios, nadie más con él, y después Dios creó el universo y entre las creaturas, entre lo que fue creado por Dios, creó a Cristo. Entonces Cristo sería creación de Dios.
Por supuesto nosotros que repetimos el Credo en la santa misa, ya nos damos cuenta que este lenguaje de Arrio es un lenguaje raro. No solo es raro, mis hermanos, está equivocado. Nosotros en el credo decimos que creemos en Jesucristo, hijo único de Dios y decimos, engendrado, -no creado- de la misma naturaleza del Padre. Engendrado, no creado.
Para Arrio, Cristo había sido creado, es decir, Cristo no era Dios sino que Dios a un cierto punto, había querido crear el universo y entre todo lo que creó lo más alto y sublime: Cristo.
Pues, por más que Arrio diga que Cristo era sublime, al negarle la divinidad a Cristo, niega también la encarnación de Cristo. Porque por supuesto, el dogma de la encarnación dice que Dios, uno que es Dios, verdaderamente se ha hecho uno de nosotros. Si yo niego que Cristo es Dios, niego la encarnación. Entonces, de acuerdo con Arrio no hay encarnación. De acuerdo con Arrio se niega el misterio de la encarnación. Este hombre tuvo algunos seguidores, luego parece que quería convertirse a la iglesia católica, -él se arrepintió hacia el final de su vida-, quería volver a la iglesia católica y tenía ya previsto un día para regresar a la iglesia, oficialmente y públicamente.
Pero las cosas se complicaron demasiado, la religión se revolvió con la política. Había conflictos de poder y parece que algunos de los mismos seguidores de Arrio ya no querían que él volviera a la iglesia católica.
La historia es triste, Arrio fue asesinado, según cuenta la historia, el día anterior en que iba a volver a la iglesia católica. Dios en su misericordia lo habrá recibido a él porque de todas maneras, tenía esa intención de volver a la iglesia. Este es un caso de una persona que negó la encarnación.
Todos aquellos que niegan que Cristo es verdaderamente Dios están negando la encarnación porque la encarnación es uno que es Dios, se ha hecho uno como nosotros. Si yo niego que Cristo es Dios verdaderamente, niego que Dios se ha hecho hombre verdaderamente. Ese es un ejemplo de lo que significa negar la encarnación.
Hoy hay muchos seguidores de Arrio. Hoy hay muchas personas que niegan la divinidad de Jesucristo, para desastre de sus almas, por supuesto. Niegan la divinidad de Jesucristo los que miran en Cristo solamente un personaje interesante. Un buen pensador, un filósofo, un líder político, un líder social, un reformador moral, un poeta que tenía un lenguaje maravilloso.
Quienes afirman estas cosas de Cristo, pero niegan que Él sea verdaderamente Dios están cometiendo el mismo error de Arrio. Si yo digo que Cristo es un hombre maravilloso, un gran filósofo, un gran pensador comparable a Mahoma, Buda, Confucio, no se cuántos más, ahí, si yo niego que Cristo es Dios estoy cometiendo el mismo error que cometió Arrio.
Y hay muchas personas hoy que niegan la divinidad de Cristo, lamentablemente. Muchas de las personas que son entrevistadas, estoy hablando de políticos y estoy hablando de profesores. ¡Eminentes profesores!, de derecho, de filosofía, de no se qué, toda esta gente que tienen cargos muy altos, muchos de ellos miran a Jesucristo solamente como un gran hombre.
¡Y por supuesto que Cristo es un gran hombre!, pero es más que eso, siendo verdadero hombre es también verdadero Dios. Quiere decir que todas esas personas que solo admiten la humanidad de Cristo pero no admiten la divinidad de Cristo, están repitiendo el error de Arrio. Son arrianos. ¡Vaya usted a verlo!
Hay otro que también negó la encarnación. Un personaje fue Arrio, ahora les voy a hablar de otro personaje, este se llamaba Nestorio, Nestorio. Resulta que Nestorio no fue solamente sacerdote, fue obispo, ¡obispo!, en la importante y muy noble ciudad de Constantinopla, así llamada en recuerdo y en honor del Emperador Constantino.
Pues resulta que Nestorio fue obispo en la ciudad de Constantinopla y resulta que en alguna ocasión, estando Nestorio en la catedral, -la hermosísima catedral en Constantinopla-, allá en su iglesia, estaba predicando un sacerdote.
El obispo estaba en la iglesia, seguramente participaba de la misma celebración pero no predicó el obispo, sino que predicó el sacerdote. Y el sacerdote dijo lo siguiente a la gente que estaba reunida: “hermanos, no digáis que María es la madre de Dios, decid mejor que María es la madre de Cristo. María no es madre de Dios sino que es madre de Cristo”.
Así habló el sacerdote. Y el sacerdote siguió diciendo cosas, como por ejemplo, las mismas que dicen algunos protestantes por ahí, hoy: María no es madre de Dios porque Dios no tiene madre. Y no sé que más cosas, ahí siguió hablando el padre.
La gente que asistió a esa predicación, que no se si fue en misa, la gente que asistió a la iglesia, gente como ustedes, oyó ese sermón del padre, donde él decía que no había que llamar a Cristo, no había que llamar a la Virgen, Madre de Dios, sino únicamente madre de Cristo. Literalmente, en griego, eso se dice: no la llamen Theotokos, sino Cristotokos. Theotokos quiere decir la que ha dado a luz a Dios, la que ha parido a Dios.
Entonces este sacerdote lo que decía era: ustedes no vengan aquí con que María es Theotokos, María solamente Cristotokos, la que dio a luz a Cristo. La gente que estaba en la iglesia quedó descontenta, la gente dijo: esa no es la manera de hablar de la virgen, la gente sintió hay algo raro en el sermón de ese cura. Ese padre está diciendo algo raro.
Fíjese usted que el Espíritu Santo obra en ustedes, hermanos. El Espíritu Santo obra o debe obrar –si le damos permiso-debe obrar en el sacerdote que predica y en el obispo que predica.
Pero el Espíritu Santo no lo tiene solamente el sacerdote y el obispo. El pueblo sencillo tiene también esa acción del Espíritu y fue el pueblo el que dijo, pues ¡hay que hablar con el obispo!, porque este sacerdote ha dicho una cosa muy rara.
¿Cómo así que no se puede decir que María es Madre de Dios? No, eso está muy raro, ¡vamos a hablar con el obispo! Para sorpresa de ellos, fueron a hablar con el obispo, el cual se llamaba Nestorio. El nombre del sacerdote que dijo esa predicación, no lo sé, pero el que era obispo, que estaba ahí en la iglesia ese día, se llamaba Nestorio.
Entonces la gente fue a hablar con Nestorio, le dijeron, pues como llamaran al obispo en ese momento: su Excelencia, su santidad, lo que le dijeran. Vamos a suponer con el lenguaje de hoy, Monseñor, que es como se le dice casi siempre a los obispos.
Monseñor, figúrese con lo que salió ese padrecito, que no le podemos llamar a María, Madre de Dios, sino solamente Madre de Cristo. Él dice que no podemos utilizar la expresión Theotokos, es decir, Madre de Dios, o la que ha dado a luz a Dios.
Y el obispo, en vez de darle la razón a la gente y corregir al sacerdote que había predicado así, el obispo más bien se puso del lado del sermón que había dado el sacerdote y el obispo se endureció en esa enseñanza.
Nestorio no solamente aprobó ese sermón, sino que él mismo empezó a predicar lo mismo. Quizás ya él era el que había instruido a este sacerdote para que hablara así. Y Nestorio siendo obispo de Constantinopla, entonces le decía y le decía a la gente que nada que Madre de Dios, sino que solamente Madre de Cristo.
Pero la gente estaba resistente. La gente no estaba de acuerdo con eso. Ve, fue la gente, la que movida por el Espíritu Santo, tuvo como el sentido de la fe. Sentían que esa predicación no era y el descontento se volvió muy grande porque la gente decía: así no se habla de la Virgen, María es Madre de Dios.
Entonces Nestorio empezó a hacer sus explicaciones. He aquí lo que decía Nestorio: “Uno es el Hijo de Dios que es eterno como el Padre y otro es el Hijo de María, el que nació de las entrañas de María”
Entonces para Nestorio resulta que había dos Cristos. ¿Qué tal ese revuelto? Para Nestorio había: el Hijo de Dios y el Hijo de María. Pero resulta que el Hijo de Dios es un ser completamente espiritual, decía Nestorio, mientras que el hijo de María sí es uno como nosotros, carne, huesos, cansancio, sangre, sudor.
Y Nestorio decía que era como si estos dos fueran juntos, como quien dice: esa especie de espíritu que sería el Hijo de Dios acompañaba al Hijo de María y entonces Nestorio decía que en la Cruz, el que había padecido en la Cruz, era el Hijo de María, pero que el Hijo de Dios no podía padecer porque Dios no puede padecer.
¡Y se armó un revuelto terrible, una discusión terrible! Nestorio negaba la encarnación, porque fíjate que Nestorio nos habla de dos Cristos, mientras que el misterio de la Encarnación es que hay un Cristo, una sola persona, una Persona Divina, Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre. Esa es la única persona de Jesucristo.
Nestorio negaba la Encarnación. Nestorio decía: no, lo que sucede es que son dos diferentes. ¿Qué se hace cuando un obispo se pone así de terco? –es complicado-
Se convocó un Concilio, -Concilio es una reunión de muchos obispos del mundo- En ese concilio, en el año 430, en la Ciudad de Éfeso, se definió bajo el liderazgo de un santo muy grande, llamado Cirilo de Alejandría-, se definió:
¡El Hijo de María es Dios como el Padre y por eso María puede ser llamada la Madre de Dios! Y apenas se declaró eso, en la primera noche en que se reunió el Concilio de Éfeso, la gente movida por un amor sublime, en un arrebato de gozo, salieron con antorchas caminando por las calles y cantándole a María, la Theotokos, la Madre de Dios, que es lo mismo que nosotros decimos en el santo rosario. Fíjate que en el santo rosario nosotros decimos: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.
Ahí, cada vez que rezamos el Ave María estamos recordando el Concilio de Éfeso, que se celebró en el año 430. Pocos años después, llegó a la sede de Pedro, es decir, fue nombrado Obispo de Roma y por consiguiente Papa, un gran hombre, San León Magno.
San León Magno participó por medio de un escrito en un Concilio llamado el Concilio de Calcedonia en el año 451. El Concilio de Calcedonia recibió el escrito del Papa León Magno, ese escrito, algunos dicen: es, después de la Biblia, el escrito más importante que tenemos en el mundo entero.
Ese escrito se llama la Carta a Flabiano. Flabiano era el que estaba de Obispo en ese momento en Constantinopla. El Papa, el Obispo de Roma le escribió al Obispo de Constantinopla ese Libro que ustedes lo pueden leer. Si ustedes tienen acceso a internet, -que yo creo que muchos tienen-, en internet se encuentra ese documento.
¿Cómo se llama ese documento? Ese documento se llama la Carta a Flabiano y en esa carta o Tomus, Tomus a Flabiano, -se dice en latín-, en esa carta está resumida nuestra fe católica como la profesó el Concilio de Calcedonia. Como la proclamó el sucesor de Pedro, que en ese momento era San León Magno. Estamos hablando del siglo V, hace 15 siglos, van a cumplirse casi 16.
¡Qué tiempos aquellos! Tiempos en que la fe se vio atacada por herejías muy grandes, especialmente en el siglo IV por Arrio que negaba la divinidad de Cristo y en el siglo V, por Nestorio, que negaba que el Hijo de María fuera verdaderamente Dios.
Pero de esos ataques de la fe nos salvó la fuerza del Espíritu Santo, el coraje de los obispos fieles al testimonio de los apóstoles y la voz del sucesor de Pedro, especialmente a través de San León Magno.
Magno quiere decir “el grande”, San León, el Grande. Ese es el obispo que de una manera más clara, de una forma tan precisa, declaró la misma fe que tú y yo tenemos. La fe que renovamos cada vez que celebramos la Eucaristía.
Con estas explicaciones, hermanos, nos damos cuenta de dos cosas: Primera, que el misterio fundamental que sirve en cierto modo de pilar a todo lo que digamos de Cristo, es la Encarnación.
Una sola persona hay en Cristo, esa persona, la segunda persona de la Santísima Trinidad es Eterno como el Padre, engendrado del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Así lo dijo el Concilio I de Constantinopla y así lo repetimos nosotros.
Ahí está el hermosísimo dogma de la Encarnación que es una gran noticia. Que es una bellísima noticia para todos aquellos que tenemos fe en Jesús, porque admitir la Encarnación es admitir que Dios nos amó sobre toda medida. Es admitir que hemos sido infinitamente importantes para Él como decimos en la semana santa, cuando se canta el Pregón Pascual. Ahí les decimos con lágrimas de gratitud a Dios nuestro Padre: para rescatar al esclavo entregaste al Hijo.
El esclavo es el ser humano: tú y yo. Para rescatarnos a nosotros, Dios Padre entregó a su propio Hijo y aquí viene la frase de San Pablo: “Aquél que nos dio a su propio Hijo, ¿cómo no nos va a dar con Él todas las cosas?
Tengamos esa fe grande por el misterio de la Navidad, por la hermosura de la Encarnación, por la grandeza del amor divino, -mis hermanos-, tengamos esa fe grande.
Todo lo puedo esperar del Dios que me ha amado sin medida, hasta entregarse a sí mismo para que yo fuera salvo. Esa es la primera enseñanza.
Y la segunda es: ¡cuidado!, ¡cuidado con perder la fe!, ¡cuidado con dejarse llevar por el arrianismo o el nestorianismo, de antes o de ahora, porque esas herejías, aunque son antiguas, renacen una y otra vez y hay que tener cuidado con perderlas. Hay que tener mucho cuidado con perderse uno –quiero decir-, cayendo en ellas. Hay que tener cuidado porque esas herejías, como la mala hierba, renacen todos los años. Pregúntele a un campesino como cuida la sementera. Todos los años tiene que sacar la mala hierba y ahí vuelve y sale. Así lo mismo las herejías, los que niegan la divinidad de Cristo, los que niegan que Cristo sea verdaderamente uno. Esos renacen una y otra vez y nosotros mismos podemos estar tentados de confundirnos o incluso de decir lo que no es correcto.
¿Qué remedio hay para conservarse en la fe? Formarse en la fe. ¿Cómo se forma uno en la fe? Leyendo, amando y meditando la Sagrada Escritura como la entiende la iglesia católica.
Leyendo, amando y estudiando el catecismo de la Iglesia Católica, la mejor biblioteca teológica que usted puede tener en su casa en este momento se llama Catecismo de la Iglesia Católica.
Cuando tenga una duda sobre la fe, vaya al catecismo de la iglesia católica, el que promulgó el Papa Juan Pablo II. Lo encuentra en todas las librerías católicas. Consulte ahí, estudie ahí, conozca su fe, defiéndala, no la venda por un plato de lentejas.
Y en tercer lugar, para conservar nuestra fe, necesitamos la oración. Y la oración que nos ayuda a conservar mejor la fe es el Credo. Acostumbrémonos a decir el Credo, acostumbrémonos a orar unos por otros diciendo el Credo.
La mayor parte de las personas que rezan el rosario siempre añaden el Credo, al principio o al final. El Credo te mantiene en la verdad. El credo te mantiene en la columna firme de la fe. El Credo no te deja perder. El Credo, hay que decirlo, sea en la versión corta o en la versión larga, hay que decir el Credo y pedirle a Dios que nos guarde en la santa fe católica hasta el último día de nuestra vida.
Que esa fe maravillosa, la fe de la encarnación y la fe en la salvación que nos ha venido por Cristo, permanezca siempre en nuestros corazones. Que ese sea el recuerdo perdurable de esta hermosa navidad. Amén.