O071003a
Fecha: 20120220
Título:
Original en audio: 4 min. 46 seg.
El capítulo noveno del evangelio según San Marcos nos cuenta un milagro que es también un exorcismo.
A ver si nos entendemos. Cuando hablamos de milagro, nos estamos refiriendo a la obra de Dios que, cambiando, suspendiendo, trascendiendo las leyes de la naturaleza, da respuesta a una necesidad, a una urgencia, a un dolor de su criatura humana. Así por ejemplo, cuando Cristo toca al leproso y lo sana, hablamos de un milagro.
Hay algunos que quieren disminuir la importancia de los milagros o incluso negarlos, siempre les respondo: "Si entras por ese camino muy pronto tendrás que negar también que Cristo es Hijo de Dios, que Cristo es Dios, que Cristo resucitó, en fin, tendrás que negar todo lo que no quepa en tu cabeza racionalista". Así que los milagros tiene que ver con esa clase de victoria que atiende a la necesidad humana.
Ahora hablemos de los exorcismos. Utilizamos esta palabra para referirnos al acto por el cual Dios detiene y expulsa el dominio del demonio sobre una persona humana. Ese dominio existe ya en el pecado, es decir, el pecado es someterse de alguna manera al dominio de las tinieblas; pero no nos referimos a esa clase de influencia del demonio sobre nosotros.
Hay ciertos casos, no son numerosos pero existen, en que el espíritu de tinieblas puede de algún modo y por permiso de Dios, amarrar tanto la voluntad de una persona, que tiene poder sobre aspectos de su vida o sobre el mundo que le rodea, y es entonces cuando es necesario el exorcismo. Es el caso de aquellas personas que de repente tienen una fuerza completamente descomunal y son capaces de hablar de cosas que nunca hubieran podido conocer o se expresan en idiomas que jamás han aprendido.
Esto que acabo de decir son algunas de las señales que utiliza la Iglesia para referirse a los verdaderos casos de exorcismo. No necesariamente cuando una persona está obsesionada con el tema del demonio, quiere decir que esté poseída por el demonio; pero si se dan en cambio estas otras señales como esa fuerza descomunal, como ese conocimiento de lo que no podría conocer la persona, o el uso de lenguas que jamás ha aprendido, a veces lenguas muy lejanas culturalmente de la persona posesa, entonces es posible que haya que hablar de un verdadero exorcismo.
Y las dos cosas se dan en el pasaje de hoy. Porque este niño claramente tiene una enfermedad que muy probablemente corresponde a lo que nosotros llamamos epilepsia, pero si observas la manera como Cristo establece el diálogo con el papá del niño, en esa especie de diagnóstico Cristo se da cuenta que no se trata de cualquier caso de epilepsia: se trata del deseo de destruir al niño; además, apenas acercan al niño a Jesús, se dispara este fenómeno