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Fecha: 20110207

Título:

Original en audio:7 min. 41 seg.


Medialink 318

(Para el siete de febrero)


Vamos a mencionar tres puntos: la familia de Jesús, el honrar padre y madre y el aprender a ser hermanos.

Mateo empieza su evangelio con la familia de Jesús, o mejor, con lo que podríamos llamar el "árbol genealógico de Jesús". En ese árbol Mateo no esconde sino que muestra una cantidad de frutas podridas, de ramas dañadas; heridas y pecados no faltan. Por recordar sólo algunos, tenemos el incesto que comete Judá con Tamar, tenemos a la prostituta Rajab, tenemos a la extranjera Moab, -estaba prohibido casarse con extranjeras-, tenemos el crimen de David con la mujer de Urías, el hitita. Esta es la familia de Jesús.

De generación en generación hay problemas y pecados que se repiten, y por eso hay gente que hoy habla de "cadenas intergeneracionales", incluso parece que hay una base genética para esto. Familias con propensión al alcohol, o propensión a la depresión, o con tendencia al suicidio. Es una cosa compleja, es un tema denso en el que no podemos entrar ahora.

Lo que sí es cierto es que cada uno de nosotros también tiene su propio árbol, tiene su propia secuencia. Cuando hablamos de orar por los padres y madres difuntos, inmediatamente uno piensa en el propio papá y en la propia mamá; pero pensemos que detrás de ellos hay generaciones y generaciones y que, por consiguiente, de algún modo lo que hizo Jesús con su familia también le corresponde a cada uno de nosotros, seguidores de Cristo, con nuestra propia familia.

Es decir, sólo hay un Redentor, que es jesucristo; pero de algún modo, tu familia ha de encontrar en ti lo que podríamos llamar su redención, su fruto más precioso.

Esta idea le gustaba muchísimo a San Jerónimo, que predicaba con muchísimo ardor el celibato, la virginidad consagrada, hasta el punto de que algunos de sus adversarios le decían: " Si todo el mundo se entrara a los monasterios y se consagrar de manera virginal, se acabaría la especie humana". Y San jerónimo respondía: "No se acabaría la especie humana: llegaría a su plenitud y sería el retorno de Cristo".

Es decir que nosotros que hemos recibido el llamado y el don a la virginidad por el Reino de los Cielos, somos invitados a convertirnos de alguna manera en el fruto de toda esa cadena de personas que está detrás de nosotros; y la idea es que nosotros, con la santidad de vida, con una existencia grata al Señor, de ese modo, como Cristo, tomemos esa herencia y también sanemos ese árbol.

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