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El apóstol Pablo en este capítulo 12 de su Carta a los Romanos hace como una especie de Constitución Fundamental de la Vida Cristiana y su palabra se vuelve especialmente elocuente si la leemos con distintos lentes o con distintas gafas o desde distintos puntos de vista. Por ejemplo, me ponía yo a pensar, qué sentiría un psicólogo oyendo estos consejos del apóstol. Las palabras que voy a compartir con ustedes, parte, tienen su origen en esta suposición: porque efectivamente hemos leído los versículos del 5 al 16 de este capítulo 12 de la Carta a los Romanos, y en ellos aparecen tres elementos fundamentales en la valoración de uno mismo, el amor que uno debe tenerse a sí mismo, ese amor que la psicología llama autoestima.
A mí me parece que este capítulo 12 a los Romanos, es como una especie de termostato de la autoestima, y lo mismo que hace un termostato, regulando el menor o mayor calor, regulando la temperatura de manera que ni se suba mucho ni se baje mucho, eso hace este capítulo 12; sirve como de termostato para que a uno no se le suban demasiado los humos, pero tampoco se le baje demasiado el ánimo. Este es el capítulo “termostato” de la Carta a los Romanos, el capítulo 12. Y si uno lo lee desde esta perspectiva, encuentra enseñanzas saludables, saludables. Miremos si no. En primer lugar son extraños esos consejos que da al principio del texto que hemos leído hoy. Dice: “los dones que poseemos son diferentes según la Gracia que se nos ha dado, y se han de ejercer así”.
Uno espera que va a dar una especie como de integración de los distintos dones, o cómo unos dones sirven para una cosa y otros para otra, y hasta dónde yo puedo, si soy el que predica, cómo puedo integrarme con el que se dedica a la misericordia. Pero resulta que lo que Pablo aconseja hasta podría decepcionarlo a uno, lo digo con todo respeto. Mira el tipo de consejos: si es la predicación teniendo en cuenta a los creyentes. Bueno, ése se entiende. Si es el servicio, dedicándose a servir; ¡qué tal ese consejo! El que enseña, que se aplique a enseñar; el que exhorta, a exhortar. Hay algunos como el de la predicación, y el de la distribución o administración que dicen un poco más: el que predica, que tenga en cuenta a los creyentes; y el que se encarga de la distribución, que lo haga con sencillez. Dice esta traducción. Pero los otros consejos lo que están diciendo es más o menos: “y el zapatero a sus zapatos”. Pues eso es lo que está diciendo Pablo aquí; y eso tiene que ver con la autoestima.
¿Usted se imagina, por ejemplo, un zapatero dirigiendo la construcción de un edificio? ¿Se imagina cuánto sufriría ese hombre sabiendo que las cuentas le están saliendo mal, que se está desperdiciando el material, que eso se va a caer, que le van a cobrar esa plata, que no le van a pagar, que sus hijos quedarán en la calle? ¿Usted se imagina ese hombre sudando petróleo viendo cómo ese edificio queda torcido, se va a caer, se está perdiendo la plata, todo el mundo lo regaña?
La autoestima, entonces, se pierde en buena parte, porque uno se dedica para lo que no sirve. En cambio aquí dice: “el que exhorta, el que sirve para exhortar, exhorte; el que sirve para predicar, predique”; y así sucesivamente. Lo diríamos de una manera más sintética y más hermosa, quizá, con estas palabras: “cultiva el don que hay en ti, aprecia y cultiva el don que hay en ti”.
¿Ustedes se imaginan los complejos, los terribles complejos que tendría un zapatero al ver que se le cae el tercer edificio? Llevo tres edificios en ruinas, soy un desastre. Tiene que sentirse un desastre un zapatero metido a arquitecto. Pero si nosotros conseguimos a un arquitecto y lo llevamos a que cambie unas tapas, seguramente le quedan chonetas, le quedan mal, se siente humillado, siente que no está haciendo nada en la vida, siente: “todo lo que yo estudié para venir aquí a diseñar unos zapatos será”. Entonces, fíjate que aquí hay una enseñanza; ahí hay una enseñanza. En el fondo lo que está diciendo aquí el apóstol es: “no mires los platos ajenos”. Porque usted sabe que todo niño, cuando se pone a mirar los platos ajenos; yo también fui niño y también había platos ajenos; los niños cuando se ponen a mirar los platos ajenos siempre cree que le pusieron un poquito más al otro, o le dieron lo más sabroso al otro. Y así le pasa a uno. Entonces, uno como inmaduro se pone a mirar los platos ajenos y no cultiva el don que le han dado a uno.
De ahí que se destruya la paz, se venga la envidia y que la persona no tenga, entonces, claridad, caridad en amarse a sí mismo. Pero algo parecido sucede cuando uno no contento con mirar al plato ajeno mete la cuchara en ese otro plato y es cuando uno contradice el salmo; el salmo dice: “habita tu tierra y practica la lealtad, habita tu tierra y practica la lealtad”. Yo me atrevo a sugerir que esa lealtad es la lealtad con tu propia tierra. Sé fiel a tu tierrita, sé fiel a tus dones, cultiva esos dones tuyos, sé leal contigo, si no eres fiel contigo no vas a ser fiel con nada ni con nadie.
La primera fidelidad es la fidelidad a la obra que está sucediendo en ti. Así predicaba, por ejemplo, san Bernardo de Claraval, cuando exhortan a la vida espiritual de sus monjes les decía: “hay que beber del propio pozo”. Entonces, ahí hay una enseñanza: cultiva tus dones. Si nosotros devolvemos, al arquitecto a sus edificios, y al zapatero, a sus zapatos, tendremos a un arquitecto sonriente y a un zapatero feliz. Arreglado el problema, parece una cosa de niños.
En mi época había un programa de niños que se llamaba Plaza Sésamo, lo pasaban por la televisión. Entonces aquí el apóstol Pablo está dando una solución tipo Plaza Sésamo. A las personas se les está diciendo: “mira, si tú cultivas lo tuyo, si tú das gracias por lo tuyo y lo cultivas y lo sabes ofrece a los demás; si cada uno hace eso, las cosas se armonizan solas. Pero en realidad ese no es un enunciado correcto. Las cosas las armonizará Aquel que dio los dones a cada uno. Porque cuando uno se mete en el problema de armonizar, a ver, ¿cómo se armonizará mi don tan particular, tan brillante, esos dones que Dios me ha dado, con los dones pálidos, miserables, y jipatos de esos otros hermanos míos, cómo se podrá armonizar toda esa belleza de mi vida que es tan especial con esas vidas mediocres que me rodean?
Y desde luego, eso no va a tener solución y así nunca se conseguirá la paz. Como quien dice, Pablo está diciendo aquí: “los dones se armonizan por Aquel que los dio”. El que sabe armonizar los dones es el que supo dar los dones. A usted no le toca el problema, ese no es problema suyo, de ver cómo su don de sabiduría o su don de virginidad, o su don de martirio, van a integrarse con los demás. Hay una cabecita un tricito más sagaz que la suya, que sabe cómo armonizar esas cosas. A usted le corresponde vivir su vida, viva su vida; aquí dice: “el que enseña, aplicándose a enseñar”. De manera que esto es lo más parecido a “no sea sapo”. Usted no tiene ninguna necesidad de andar hurgando otras vidas y viendo a ver quién es el que hace y quién no. Usted viva lo suyo, vívalo en profundidad, vívalo con gratitud y sepa que hay una mente superior a la suya que sabrá darle su lugar y su belleza a lo que usted es.
Bueno, pero esta es sólo la primera parte.