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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20091223

Título: Desde el principio hasta el final, la vida de Jesucristo estuvo marcada por las consecuencias de nuestros egoísmos y pecados.

Original en audio: 19 min. 09 seg.


Amados hermanos, en la primera lectura de hoy se menciona un término que resuena varias veces en el Antiguo Testamento, siempre con un acento solemne, grave, casi diríamos asustador, se trata del Día del Señor.

El profeta Malaquías habla del día del Señor y tantos otros profetas mencionan ese día del Señor. Creo, que para comprender el lugar de Juan Bautista y la misión misma de Cristo, necesitamos decir algo sobre este día del Señor.

Las palabras que utilizó Malaquías fueron las siguientes: “¿Quién podrá resistir el día de su venida?”, “¿Quién quedará en pie cuando aparezca?”, “¡será un fuego de fundidor!”, “una lejía de lavandero”, “un día de purificación”, “un día para refinar a la casa de Dios”, “como el metal es echado en el horno a alta temperatura para separar la escoria del metal bueno”.

Así nos dice Malaquías que va a ser el día del Señor. ¿Y de dónde viene esta expresión? Pues viene de la paciencia que Dios ha tenido con el mundo y yo creo que esa paciencia de Dios la podemos comprender un poco si pensamos en la impaciencia que a nosotros nos da ver tantas injusticias que pasan en esta tierra.

Cada vez que uno pregunta ¿dónde está Dios?, ahí está preguntando uno ¿cuándo vendrá Dios, cuándo será su día?, porque cada día tiene su dueño.

Hay días que uno siente que le pertenecen a los mafiosos porque hacen lo que se les da la gana. Hay días que parece que pertenecen a los corruptos, porque se burlan de las leyes. Hay días que parece que pertenecen a los viciosos, porque se emborrachan a placer, o se drogan cuanto quieren. Hay días que parece que pertenecen a los mentirosos, porque el imperio de la apariencia oscurece la verdad de las cosas.

Cada día tiene un dueño, pero esos dueños no nos gustan. No nos gusta el día en que sale triunfante el astuto, el perverso, el violento. No nos gusta que se pueda insultar impunemente el nombre de Dios. No nos gusta que se pueda maltratar a los pequeños, a los pobres, y nada suceda.

Y entonces nos preguntamos: ¿dónde está Dios?, y también nos preguntamos ¿cuándo Dios se acordará de su pueblo?, ¿cuándo Dios hará justicia?

Realmente es una preocupación que tiene mucha gente y es una preocupación tan grande que algunos llegan, incluso, a tambalear en su fe. Otros llegan al extremo de negar que exista un Dios.

¿Cómo puede haber Dios si hay niños que mueren de hambre? ¿Cómo puede haber un Dios si hay catástrofes naturales que dejan a tantos sin hogar? ¿Cómo puede haber un Dios si hay enfermedades espantosas que nos llenan de sufrimiento y que traen una sombra oscura a la vida?

Incluso las personas que llegan a negar la existencia de Dios, de algún modo están hablando de esto mismo. Están hablando del día del Señor porque es como si ellos dijeran: ya lo esperé demasiado y no llegó, ya prefiero no esperar a Dios.

El día del Señor, el día de su gloria, el día de su triunfo, el día en que aparezca su justicia. Pero uno se da cuenta, por supuesto, que ese día del Señor tendrá consecuencias para todos.

Si un día Dios se pusiera realmente a ajustar las cuentas, tendría que suceder lo que dice Malaquías, sería como un fuego, un fuego purificador.

Dios tendría que pedirle cuentas al sacerdote y decirle: ¿qué pasó con lo que yo te dí hermano? La ciencia, el conocimiento que te dí, ¿lo pusiste al servicio de mi gente? ¿Las manos que yo te ungí las utilizaste para bendecir, para perdonar, para consagrar?, ¿el corazón que yo te dí se convirtió en tu altar donde ofrecías la ofrenda de tu oración?

Estoy seguro que muchos sacerdotes ante estas palabras pronunciadas por el mismo Cristo, sentiríamos temor. Yo creo que muchos nos quedamos muy cortos en esa medida.

Pero no les iría mucho mejor a otros. ¡Cuántos padres de familia tendrían que responder ante Dios por lo que han hecho de sus hijos! Les enseñaste muchas cosas a tus hijos, ¡pero no les enseñaste que en primer lugar eran hijos míos!, –dice Dios-

Cuántos papás se preocupan de que el hijo tanga buena salud, buen estudio, buen colegio, que aprenda dos y tres idiomas, que sepa manejar computadores, que tenga la última tecnología y no se preocupan de que ese niño, desde su tierna infancia, aprenda a reconocer a su hacedor.

Dios, si se sentara a pedir cuenta estricta a cada uno de nosotros, creo que pasaría lo que dice Malaquías, sentiríamos temor, nos quedamos cortos.

Esa es la gran conclusión, nuestra humanidad: seamos padres de familia, profesores, médicos, abogados, sacerdotes, religiosos, ¡todos nos quedamos cortos!

No hemos dado la medida y como este mundo en el que vivimos, no lo hicimos nosotros y como la vida que tenemos, no nos la dimos nosotros, sino que hay uno que es el dueño de la vida y del universo, sabemos que habrá ese día, ese día de la cuenta, y eso fue lo que anunciaron los profetas.

Ahora ya sabemos un poco más que quiere decir el día del Señor. Pero es un poco extraño porque ese día del Señor se supone que iba a ser un día en el cual iban a aparecer todas las consecuencias de nuestras maldades, de nuestros pecados, de nuestras deficiencias, de nuestras incoherencias.

Con la descripción que hace Malaquías, lo mismo que con la descripción que hace Joel, o que hacen otros profetas, la conclusión a la que uno llega es: en ese día va aparecer como si se abriera el corazón, van a aparecer las miserias, van a aparecer las llagas, va a aparecer todo el pecado del mundo.

Y uno dice: si ese es el día del Señor, ¿qué tiene que ver ese día con la navidad? Porque ya estamos a 23 de diciembre, ya casi que podemos decir que estamos a unas horas de la celebración de la navidad.

¿Qué pasó con el día del Señor? Pues, pasó, pasó que ese día del Señor, el día de la justicia llegó y apareció todo el pecado del mundo y el mundo fue juzgado y el príncipe de las tinieblas fue expulsado y quedó a la vista de todos la obra del pecado.

¿Y dónde sucedió todo eso que no me di cuenta? Sucedió en la carne de Jesucristo. El día del Señor sí que llegó, llegó el momento del ajuste, llegó el momento en que apareció toda la maldad del mundo y el momento en que apareció toda la bondad de Dios. Y ese momento fue el momento de la cruz.

En la carne de Nuestro Señor Jesucristo quedaron labradas nuestras miserias, quedaron tatuados nuestros errores. Quedaron perforando sus manos y sus pies y su costado nuestros pecados.

La carne que recibió Nuestro Señor Jesucristo, esa carne que fue tomada por Dios de la Santísima Virgen María, esa carne, esa existencia que Él recibió y que va a ser nuestra delicia en el pesebre, esa carne la recibió para padecer por nosotros.

Desde el principio de su existencia, desde las dificultades para encontrar un sitio para el parto, hasta las dificultades para encontrar una tumba para la sepultura. Desde el principio hasta el final, la vida de Jesucristo estuvo marcada por las consecuencias de nuestros egoísmos, de nuestros pecados.

En las llagas de Jesús, en las huellas de los clavos, en la corona de espinas, ahí está la realidad del día del Señor. Él, por obediencia amorosa al Padre Celestial, recibió sobre sí mismo las consecuencias, de modo que nosotros pudiéramos ser liberados del pecado.

Eso es exactamente lo que decimos en la misa. En cada misa decimos: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” ¡Lo quitó! ¡Él quitó el pecado del mundo! ¡Sí que lo quitó! Lo quitó y lo puso, ¿dónde? Lo quitó y lo puso sobre su carne, ¡la carne que recibió en la encarnación la entregó en la crucifixión!

La carne que recibió de María, esa carne bella de este bebé primoroso que nos fascina, que nos enamora en el pesebre, esa carne que recibió de María se la entregó después a María, ¡pero que diferencia!

Cuando nace este bebé de las purísimas entrañas de la Virgen su carne es inmaculada, tanto y más que la de cualquier bebé. Carne bellísima del Hijo de Dios, limpia, perfecta, sonrosada, tierna. Esa fue la carne que María le dio a Jesús.

¿Y cuál fue la carne que Jesús le devuelve a María después de la cruz? Es la carne estrujada, abusada, rota. La carne que ha recibido el impacto, que ha recibido las consecuencias de tus pecados y de los míos.

Y aquí se ve algo del corazón –que podemos llamar sacerdotal- de la Santísima Virgen, porque Ella ofrece el Hijo en el pesebre y Ella ofrece al Hijo en la cruz.

¿Qué podemos aprender nosotros en este día del Señor? Podemos aprender que la navidad es alegre, pero no es juego. ¡Qué dicha, que gozo que haya venido Jesús, qué hermoso, qué lindo es!

Pero que serio es lo que está sucediendo: Cristo entregó por nosotros todo lo que recibió de nosotros, por eso también quiso morir desnudo en la cruz, porque todo lo que recibió lo entregó y solo lo recibió para entregarlo.

Ese es el sentido de la navidad. Cuando veamos a este niño en el pesebre, cuando nos dejen extasiados sus ojos, su sonrisa, sus mejillas, sus labios.

Cuando sintamos una oleada de amor y de ternura y abracemos al bebé, al Niño Dios, tenemos que recordar, teniéndolo aquí en los brazos: gracias Jesús, todo lo que recibiste de nosotros lo entregaste por nosotros. Y así nos enseñaste que significa la palabra amor.

Amar es eso. Amar es ser como Jesús. Amar es dar la vida por el amigo y Él nos trató como amigos y todo lo que recibió de nosotros lo entregó por nosotros.

Y cuando veamos a Cristo en la cruz entenderemos que lo que le sucedió a Él era lo que tenía que habernos sucedido a nosotros. A Él le sucedió el día del Señor, que era lo que tenía que habernos pasado a todos nosotros.

Si permanecemos adheridos a Jesucristo estamos libres de toda condenación. El que habiendo conocido al Señor se aparta de él, se lanza nuevamente al fuego de fundidor, a la lejía de lavandero.

Pero unidos a Jesús, como cuerpo suyo y sangre suya, unidos a Jesús como miembros de su rebaño, unidos a Jesús como miembros de su cuerpo, ningún daño podrá realmente trastornar la herencia que Él nos ganó a precio de su sangre.

Está cerca la navidad, ustedes y yo vamos a llorar de alegría cuando veamos al niño, pero ya sabemos para qué viene ese niño. Ya sabemos cuál es su camino. Ya sabemos que él es el hombre, el Varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos.

¡Por Dios!, ¿a qué niño le ha tocado lo que le tocó a Jesús? Miremos a ese niño, adoremos a ese niño y al sonreírle y decirle gracias, entendamos que toda esa inocencia, toda esa bondad y ternura del pesebre son la misma inocencia, la bondad y ternura de la cruz donde Él entregó por nosotros lo que recibió de nosotros.

Que la gloria sea para Él, que nuestro amor y nuestra gratitud sean para Él. Sólo Él merece que entreguemos nuestro corazón y junto con Él nos ofrezcamos al Padre Celestial, el que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.