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Fecha: 19991108

Título: El evangelizador debe tener su propia fragilidad

Original en audio: 3 min. 10 seg.


Esta oración especial que hace Jesucristo por sus discípulos se une a la conciencia que los propios discípulos tienen de su propia fragilidad, porque una de las cosas que dejó la Pascua del Señor, que dejó muy clara en el corazón de los discípulos, es que no podían poner su confianza en sus propias fuerzas, como sí hicieron antes de Cristo, pareciera.

Antes de la pasión de Cristo, escuchamos a Pedro decir: "Yo me voy a hace matar por ti; yo por ti haré lo posible y lo imposible". Después de la Pascua de Cristo, el lenguaje cambia, y escuchamos más bien a San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios, cuando recibe esa Palabra de parte de Dios: "Te basta mi gracia" (véase 2 Corintios 12,9).

Este no es sólo el anuncio del poder de la gracia de Dios, sino es la conciencia que el Evangelizador tiene y debe tener de su propia fragilidad. También es San Pablo que dice: "No sea que habiendo predicado a otros quede yo mismo descalificado" (véase 1 Corintios ).Y por eso nuestra Orden Dominicana nos recuerda saludablemente la realidad de la muerte, también para nosotros, evangelizadores, y nos invita con gran caridad a orar por los que ya han rendido su jornada en esta tierra.

Hay un pensamiento muy consolador de Humberto de Romanis sobre esto de los pecados, las faltas que tenemos los evangelizadores. Dice él: "Cuando una persona permanece guardada en su casa, no se le ensucia la ropa, pero tampoco hace todo el bien que podría hacer". El que sale al combate, seguramente, se le ensucia la ropa, pero así también logra victorias, logra méritos, logra frutos para la causa de su Señor.

Se le ensucia, se le salpica la ropa, claro que lo más perfecto sería que uno luche por Jesucristo, y aún en medio del mundo, permanezca como el mismo Cristo y como su Santísima Madre, ajeno a todo pecado. Pero, aunque sucediere ese pecado que salpica la ropa, siempre es preferible el anhelo de amar, el anhelo de servir, el anhelo de entregarse a la causa de Dios.

De modo que para nosotros queda una enseñanza, una invitación a entregarnos generosamente por Dios, sabiendo que los peligros nos acechan a nosotros igual que a todo el mundo, y para nuestros hermanos que ya han partido, la certeza que el amor de Dios está especialmente presente en esos corazones y en esas vidas, y que con nuestros ruegos y con nuestras oraciones, podemos encontrarnos en el banquete del Reino que es anticipado por la Eucaristía.