I302001a
Fecha: 200051025
Título:
Original en audio: 15 min.
Amados Hermanos:
Quiero meditar con ustedes en la Primera Lectura del día de hoy.
En el capítulo octavo de la Carta a los Romanos, una Carta que nos ha venido acompañando en las últimas semanas, y yo diría que ha venido derramando claridad, paz, alegría; es impresionante el mensaje de salvación, el mensaje de gracia de esta Carta a los Romanos.
No es otra cosa sino la comprensión que este gran Apóstol Pablo tenía del Evangelio de Jesucristo. Leyendo esta carta podemos deducir qué pensamientos tan profundos y tan potentes gobernaron la obra, la predicación,incluso la ofrenda de su propia vida.
En el caso del capítulo octavo, las dimensiones de la redención se hacen gigantescas. Yo creo que aquí podemos utilizar una comparación. Hay gente que mira la religión como una cosa que sirve para que la gente sea buena, para que la gente se porte bien.
Algunas personas incluso, que son ellas mismas descreídas, dicen: "Bueno, la religión ayuda a que haya un cierto stándar moral en la sociedad, por aquello de los mandamientos y por aquello del temor de Dios o el temor del infierno; pues algo ayuda la religión a mantener una cierta moral en el mundo".
Indudablemente el mensaje de la religión es muy fuerte y es muy claro en lo que tiene que ver con la vida moral, pero el mensaje de la religión no es solamente "portémonos bien".
A mí me gusta repetir la historia de ese niño que se aburrió de ir a la Misa; tendría qué sería, unos ocho o nueve años, y se aburrió de ir a la Misa, y cundo la mamá le preguntó que por qué, el niño dijo: "Porque el padre siempre dice lo mismo, y lo que siempre dice el padre es que nos portemos bien".
Y la pregunta es esa, si la religión es solamente una manera de decirle a la gente que se porte bien; si eso es todo lo que trae la religión a nuestra vida: "Pórtense bien". ¿Para eso está la religión? ¿Para decirnos que nos portemos bien? Indudablemente nuestro comportamiento no será el mismo después de conocer el amor de Jesucristo; indudablemente nuestra vida será transformada por un encuentro con Jesús, pero la religión es mucho más que portarse bien.
Porque la transformación de que nos habla el Evangelio, la transformación de la que nos habla también el Apóstol aquí, involucra a toda la creación. Por favor, caigamos en cuenta de la escala cósmica, la escala gigantesca del mensaje del evangelio. Desde el primer versículo de la Primera Lectura de hoy eso aparece: "Los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros" (véase Carta a los Romanos 8,18). La gloria de Dios en nuestra vida.
Pero la gloria de Dios es mucho más que portarse bien. La frase que viene es impresionante: "La creación espera con seguridad e impaciencia la revelación de la gloria de los hijos de Dios" (véase Carta a los Romanos 8,19). Nosotros como seres humanos no somos simplemente otras creaturas dentro de la naturaleza; nuestras decisiones, lo que nosotros hacemos o dejamos de hacer afecta a la creación entera, y por eso el Apóstol dice: La creación está sometida al desorden" (véase Carta a los Romanos 8, 20).
El pecado nuestro, el pecado de la humanidad no es sólo un desorden en el comportamiento, es la frustración del proyecto entero de la creación, porque la creación entera, como lo relata muy bien el libro del Génesis, apunta hacia la creación del hombre; toda la creación del universo mira hacia la creación del hombre. Sólo en el ser humano, imagen y semejanza de Dios, sólo ahí la creación alcanza su plenitud; porque sólo en el ser humano la creación, o por lo menos la creación visible, es capaz de conocer a su Creador.