Tsan002a
Fecha: 19971101
Título: Comulguemos con el hermano que tambien es hostia consagrada
Original en audio: 25 min. 10 seg.
¿Quiénes son estos seres a quienes celebramos como habitantes de los cielos? ¿Quiénes son ellos a los que podemos llamar con Jesucristo, los consolados, los saciados, los que alcanzaron la misericordia, los que pueden ver a Dios, los que se llaman hijos de Dios?
¿Quiénes son, sino hombres y mujeres como nosotros, que despiertan la admiración en el alma cuando los descubrimos tan cercanos a nuestra tierra, vecinos nuestros, pero al mismo tiempo, tan cercanos a Dios, vecinos de los Ángeles, moradores de la Jerusalén celeste?
Su recuerdo está fresco entre nosotros. De los más recientes, conservamos incluso fotografías y podemos tomar en nuestras manos recuerdos y restos de lo que fue su paso en esta tierra. Y sin embargo, para comprender el desenlace de su vida no vasta mirar lo que hicieron aquí, sino sobre todo es necesario mirar lo que ahora Dios hace por ellos en la gloria celestial; porque si aquí servían ellos a Jesucristo, ahora se cumple la Palabra en ellos, la Palabra del mismo Cristo. Y es este, el Señor, el que se ha puesto a servirlos a la mesa.
El recuerdo de los Santos, decía San Bernardo de Claraval, nos anima especialmente en las virtudes de la fortaleza y esperanza, porque conociendo sus vidas, algunas esplendorosas en milagros, otras casi anónimas, algunas después de larga lucha y otras después de un breve combate.
Al conocer sus vidas, digo, al ver las condiciones en las que anduvieron por nuestros mismos caminos, sentimos que hay algo más de la vida que hemos estado llevando. Prácticamente creo yo, que no hay obstáculo que nosotros tengamos en este momento que no haya tenido alguien en el pasado.
Si se trata de dificultades familiares, si se trata de enfermedades físicas, si se trata de defectos de carácter, si se trata de poca instrucción, si se trata de aridez en la oración, si se trata, en fin, de cualquier otro género de resistencia o de obstáculo, bien podemos encontrar esencia en alguno o algunos de estos Santos; y por eso, viendo ya vencidos los obstáculos que aveces nos parecen tan difíciles a nosotros, a veces nos animamos a ser fuertes, a buscar en la oración y en la firme voluntad, la victoria.
Así pues, fortaleza nos comunican ellos, pero también esperanza. Dice Santo Tomas de Aquino que la esperanza se refiere a los bienes que son posibles, pero que de alguna manera son arduos. El bien arduo pero posible, es el propio de la esperanza; y de singular manera, estos hombres y mujeres, despiertan en nosotros la esperanza.
Porque ningún bien más deseable, pero tampoco ninguno más arduo, ninguno más cercano a nuestro anhelo y ninguno más lejano de nuestros pecados, que el bien de la bienaventuranza; y el bien por excelencia, el bien que constituye la razón última, el desenlace propio de la vida humana.
Esto podría parecernos indispensable cuando recordamos tantos fracasos nuestros, o cuando miramos cómo una telaraña de mediocridad parece atraparnos a veces a todos; pero en esos momentos, esta comunidad, esta hermosa comunidad de hombres y mujeres unidos todos en Cristo, nos invita a esperar, nos invita a poner nuestro corazón allí donde está la victoria; nos invita a enviar nuestro deseo más allá, incluso de la imaginación, es decir, a poner nuestro corazón adonde está ese Dios que puede concedernos más de lo que imaginamos, más de lo que pensamos.
Y este también es un día para meditar en aquella expresión del símbolo de los Apóstoles: "Creo en la comunión de los santos", koinonía hon háigon. A veces tenemos una idea del santo como de una especie de luchador solitario, una especie de francotirador, alguien que se levanta en la columna de sus virtudes como en otro tiempo se levantaban aquellos extraños hombres, los estilitas, a vivir en la cima de una columna, al sol y al agua y allá, en medio de la penitencia, constituirse como una especie de ejemplo para la comunidad cristiana.
A veces tenemos una idea de la santidad, como esa especie de lucha individual, y cuando pensamos así, me parece que se revuelven con la santidad otros sentimientos que no son tan santos como por ejemplo: "Le voy a probar a toda la gente que yo sí era fiel y que Dios sí me amaba"; así como el otro quiso que pusieran en el epitafio: "¿Se dieron cuenta de que sí estaba enfermo?" Así también hay personas que quieren vivir su vida espiritual como diciendo: "¿Se dieron cuenta que yo sí creía, pero ustedes nunca me valoraron?"
Invariablemente, cuando me he encontrado con personas ya se trate de seglares o de religiosos que buscan esa santidad como individual, como quien dice: "Voy a construir yo una especie de santidad que dejará pasmada a toda esta gente", invariablemente digo, cuando me he encontrado personas así, he visto en ellas conflictos de personalidad, conflictos psicológicos sin resolver.
Porque hasta allá llega la debilidad de nuestra naturaleza, hasta de revolver con el lenguaje de los fieles, las medianías, las pequeñas envidias, los pequeños desquites que tiene el ser humano cuando se siente acorralado por el miedo, por la incomprensión o la incomunicación.
Precisamente, los héroes de la mitología son los solitarios que logran su cometido a pesar de todo y de todos; los héroes de la mitología, los héroes de las guerras son personas infinitamente solas; y aunque es verdad que una parte de nuestra vida espiritual sólo puede resolverse en el sagrario de la conciencia y en esa recámara interior de la que hablara Santa Teresa de Jesús, allí donde se habla, allí donde se se conversa con el Rey de reyes.
Si es cierto que hay dimensiones en la vida espiritual y hay una parte de mi tarea y de mi camino que no se la puedo endosar a nadie, más cierto es que Cristo, por su Sangre, no sólo reconcilió a cada uno con Dios, sino hizo posible también la verdadera comunión con los hermanos.
Por eso, quien sienta desde lo profundo de su alma, el anhelo, el aroma y el perfume, que le llama a la santidad, el que sienta ese anhelo, guárdese del egoísmo espiritual en la última y más perniciosa de sus versiones.
¿Cuántas veces cuando sentimos que nadie nos entiende, emprendemos el camino de mi santidad: "voy a seguir yo, y voy a seguir adelante?" ¿Y quién hará la obra de la santidad en ti? Pues el Espíritu de Jesucristo, que es el Espíritu Santo, responde la teología; y si va obrar en ti el Espíritu Santo, se harán en ti las obras que Él quiere, no las obras que tú quieres, y la obra que Él quiere no es sólo tu unión con Dios, sino tu comunión con los hermanos, tu profunda unión con los hermanos.
Esto se ve bien en la Santísima Eucaristía, en la cual el pueblo de Dios, manifiesta, realiza, recibe su santificación. Hay por lo menos tres comuniones en la Eucaristía. Desde luego, la más cercana a nuestra mente es la comunión con la Hostia consagrada, Cuerpo bendito del Señor Jesucristo, esta es una comunión, pero no la única, porque antes de ella hay otra comunión que es la comunión con la Palabra de Dios.
Así como me alimento de la Hostia, así me alimento de la Palabra, y no quedará en ayunas mi entendimiento para que simplemente se llene mi boca.
Hay otra comunión: hay que comulgar con la Palabra, pero antes de esa, si miramos el rito latino que nosotros tenemos para celebrar la Eucaristía, antes de esa hay otra comunión: "Yo confieso ante Dios y ante vosotros hermanos, y por eso pido a Dios y pido a vosotros hermanos, la comunión con la Iglesia". Comulgar con el hermano, recibirlo como hermano, acogerlo como destinatario, como sujeto de la gracia, saber en él una obra grande.
Yo pienso que muchos santos han querido comulgar con la Palabra, y han hecho meditación y han hecho oración y seguramente han tenido gracias de contemplación y han comulgado con la Hostia, han recibido el cuerpo de Cristo y han querido ser fervorosos y amorosos con Jesucristo; pero su vida se detuvo, porque le faltó la comunión con el hermano; estaban ciegos a las obras de Dios en los hermanos, y dejaron de comulgar con ese Cristo, estaban tan ocupados queriendo santificarse, que no se dieron cuenta de la obra preciosa que Dios estaba haciendo a su alrededor.
Y es que resulta que en ese retablo maravilloso de la santidad, no sabemos qué lugar nos corresponde, no sabemos si vamos ser el personaje que aparece así como en el centro, o vamos a ser lo que en el cine y la televisión llaman "extras", los extras son esos personajes que están por allí alrededor del protagonista, que nunca tienen mayor importancia, y sin embargo, ellos pertenecen a la misma historia, ellos reciben el honor de la misma película.
Así también nosotros de pronto estamos tan ocupados siendo protagonistas, que no hemos caído en la cuenta de aquello que dijera San Francisco de Sales alguna vez: "Tal vez Dios recibirá más gloria de otros que de nosotros". ¿Por qué tengo que ser yo personaje? Tal vez Dios quiso que viniera a esta tierra para que yo le hiciera barra a mi hermano santo y ese es mi papel en la historia: que yo lo ayude a él.
Cuando uno piensa por ejemplo, en Santo Domingo de Guzmán o en Santo Tomas de Aquino, uno ve monumentos a la gracia de Dios, ¿y quiénes lo rodeaban? Por ejemplo, si pensamos en el obispo Diego, ese fue un hombre muy santo, muy santo, pero él no fundó comunidad religiosa alguna, no dejó obras telógicas de valía, no se conserva una gran correspondencia, fue un hombre que amó a Dios que administró su diócesis, que amó al pueblo que predicó y que le abrió el camino a Santo Domingo de Guzmán y luego se murió. Ese fue Diego, ese era su papel.
Lo que quiero decir es que existe también la idolatría del papel, la idolatría del papel que yo tengo que realizar. Si Diego se hubiera propuesto opacar a Santo Domingo, nunca lo hubiera dejado misionar: "No, no, esos embelecos misioneros, estése en la diócesis, siéntese en ese escritorio, sirva de secretario"; y Santo Domingo lo hubiera hecho, pero Diego se dio cuenta de que había un corazón santo que se estaba formando en ese sacerdote.
Diego comprendió que allí había una obra que seguramente iba ser más grande que la obra que Dios estaba haciendo en el propio Diego, y por eso, señal de del verdadero santo, es la capacidad de buscar la santidad en nosotros y de comulgar con esa santidad.
Estamos en este año celebrando el centenario de Santa Teresa del Niño Jesús. Tal vez ustedes conocen ya la anécdota: después de que murió Santa Teresa, comentó una de las monjas, refiriéndose a Teresa: "sí, fue una buena monja, pero no creo que se pueda decir gran cosa de ella", eso lo dijo una compañera de Santa Teresa del Niño Jesús; "Pero no creo que se pueda decir gran cosa de ella" "sí, si era buena, tenía sus defectos, sí, pero no se puede decir así mayor cosa de ella, no".
Yo me imagino cómo se habrán revolcado los huesos de esa monja, cuando vea que su compañera de celda, de monasterio, de claustro es ahora dizque doctora de la Iglesia, doctora de la Iglesia, y casi no se puede decir nada de ella, "sí, es como piadosa, pero no se puede decir mayor cosa de ella".
Yo estoy seguro de que esa monja que dijo eso comulgaba con la Palabra de Dios y hacía muy bien su meditación; se organizaba y meditaba en la Palabra de Dios, y asistía seguramente con todo el fervor de su alma a cantar las alabanzas del Señor y a comulgar; claro, se le olvidó que había que comulgar con una Santa, con otra Hostia que estaba allí cerquita de ella.
Y hay que comulgar con todas las Hostias, porque hay presencia de Cristo no sólo en la Hostia consagrada, sino también en la Palabra, y también en el hermano, especialmente en el hermano pobre, en el hermano despreciado, en el hermano al que uno nunca llamaría dichoso, es decir, al que llora, al sufrido, al que tiene hambre y sed de justicia; allí hay una obra de Dios y hay que saber comulgar con esa obra de Dios.
Quién sabe, tal vez Dios quiere para mí una santidad discreta, tal vez nosotros somos simplemente preparadores de un camino que no alcanzaremos a recorrer nosotros mismos.
Seguramente, después de que nosotros ya nos hayamos podrido en el sepulcro, vendrá una generación que pueda dar más gloria a Dios y tal vez esta es la gran característica, este es el sello propio del santo, está tan prendado de la gloria de Dios, está tan unido en amor a esa gloria de Dios, que su lugar y protagonismo en esta tierra, el camino particular que tenga que llevar; "dadme muerte o dadme vida", decía aquella otra carmelita, la reformadora Santa Teresa de Jesús, "dadme muerte o dadme vida, dadme guerra o paz crecida; salud o enfermedad, honra o deshonra".
Señor, lo que tú quieras, ese no es el problema; pero anhelo tu gloria, y allí sí, como decía Santa Catalina de Siena, "has tenido misericordia conmigo, Señor, pero me parece, redunda en gloria tuya que sean más y más los que reciban tus mercedes, por eso te ruego por el pueblo".
Este es el estilo de la verdadera santidad; el verdadero, quiere muchos santos; el falso santo quiere que los otros les sirvan de fondo: "Ojala un fondo bien oscurito detrás de mí, de manera que yo aparezca", como aquel que, contra todos, sin que nadie lo comprendiera, sin que nadie entendiera que allí, detrás de él, esta se disparó como un cohete hacia la santidad, y los demás una manada de mediocres; un pegote obscuro que sirve para que aparezca realmente mi vestidura blanca.
¡Cuántas trampas tiene el corazón humano! ¡Cuántas mentiras se dice uno! Y especialmente nosotros los religiosos, porque a menudo, tenemos los afectos descompensados o descuadrados. Mire, es más fácil conseguir un comerciante que esté contento con su negocio, que conseguir a un religioso que crea que lo quieren.
"No, es que yo creo no han dado con el chiste, no me comprenden, no han entendido, pero bueno, yo me uniré...; a mí me va pasar lo mismo de Santa Teresa del Niño de Jesús, a mí no me van a comprender, pero voy a ser un gran santo, una gran santa, me voy a perder de vista; pero aquí ninguna de estos viejos y de estas viejas entendió nada, de manera que yo me pierdo de vista y Dios sabrá..."
Ese pensamiento lloroso, quejumbroso, ese pensamiento no va muy lejos, "y no, lo importante es que Dios sepa", "y lo importante es que Dios...." Pues sí, lo importante es que Dios sepa y ese es el problema que Dios sí supo, y Él sí supo lo que había en tu alma, y tú no eras como pensabas.
El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, se apodere de nosotros como se apodera del pan; y la Palabra de Cristo tenga poder sobre nosotros como lo tiene la Palabra sobre el pan; para que nosotros mismos, hechos a imagen de Dios, lleguemos a semejanza de Dios, en alabanza de su gloria.
Amén.