Co28001a
Fecha: 19981011
Título: “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”
Original en audio: 16 min. 24 seg.
Queridos hermanos:
Esos leprosos estaban a la entrada del pueblo, a donde Jesús iba; ellos no estaban en el pueblo porque la ley de Moisés impedía que los enfermos de lepra vivieran con otras personas.
Si una persona estaba enferma de la lepra; tenía que retirarse de los demás; tenía que irse lejos de los demás, y muchos de estos leprosos vivían una doble miseria; la miseria de su terrible enfermedad, y la miseria de su agobiante soledad, de su aislamiento.
Jesús va acercándose a un pueblo; y antes de llegar al pueblo, es decir, en las afueras; están estos enfermos, estos leprosos; y, ellos, únicamente, le dicen al Señor Jesús “Maestro ten compasión de nosotros” (véase Lucas 17,13) No le piden que los cure de la enfermedad, porque la lepra es una enfermedad que se ve en la destrucción de la piel y de los cartílagos en la deformidad; que lamentablemente causa en el cuerpo.
Ellos no le dicen de qué están enfermos, solamente, le dicen a Jesús “Ten compasión de nosotros” Y ¿Qué hizo Jesús? Tuvo compasión de ellos; ellos no le dijeron “Sánanos de la enfermedad” si no le dijeron “Ten compasión de nosotros” Y, Jesús tuvo compasión de ellos.
Y, lo que yo quiero destacar es que la compasión de Jesús es mucho más grande que la sanación de una enfermedad. Jesús tiene gracia y poder; tiene la unción del Espíritu Creador.
Jesús, efectivamente, puede sanar; y muchas veces, sana nuestras enfermedades como sanó a estos leprosos, pero la compasión de Jesús es mucho más grande que la sanación de una enfermedad.
Jesús les dice “Id a presentaros a los sacerdotes” (véase Lucas 17,14) Si nosotros conocemos la ley de Moisés; esta ley mandaba como aparece ahí, en la Biblia, que cuando un leproso se curara, fuera a presentarse al sacerdote. El leproso no podía acercarse ni al sacerdote ni a nadie, mientras estuviera enfermo.
Y, Jesús les dice a estos enfermos “Id a presentaros a los sacerdotes” Ellos tuvieron que tener fe, porque si Jesús les dice eso, ellos enfermos como estaban no podían cumplir esa orden; porque los sacerdotes, que conocían bien la ley de Moisés, no los iban a recibir mientras estuvieran enfermos.
De manera que Jesús les pide algo que parece imposible “Id a presentaros a los sacerdotes” (véase Lucas 17,14) y ellos ¿Qué hicieron? Se pusieron en camino; ellos le creyeron a Jesús. Ellos estaban pensando en ser curados de su enfermedad; pero no se acordaban de que no le habían dicho a Jesús “Cúranos de la enfermedad” Si no le habían dicho “Ten compasión de nosotros” Y, esa fue la maravilla que hizo Jesús.
Jesús no solamente quería sanarlos de esa enfermedad, si no quería muchísimo más, y por eso irse a presentar a los sacerdotes, era solamente el primer paso; pero estos hombres por lo menos nueve de ellos creyeron que eso era todo. Es verdad que tuvieron fe; es verdad que le creyeron a Jesús, pero midieron a Jesús.
Fíjense lo que les voy a decir “Midieron a Jesús con la regla de su enfermedad, no con la regla de la compasión de Jesús. Son dos medidas distintas; tú puedes medir a Jesús con tus necesidades, como hicieron nueve de estos diez leprosos; midieron a Jesús con sus necesidades, y les resultó un Jesús chiquitico; un Jesús que hizo una maravilla; curarlos de la lepra, pero no más que eso.
Uno puede medir a Jesús con la regla de las necesidades de uno, o uno puede medir a Jesús con la regla de la compasión de Él; de la misericordia de Él, y esta es la diferencia entre los nueve leprosos que nunca volvieron, y el leproso curado que si volvió.
Con respecto a la lepra curada, no hay ninguna diferencia; los diez fueron milagrosamente sanados de su lepra; con respecto a la lepra no hay ninguna diferencia; pero con respecto a la compasión de Jesús; con respecto a la obra de Jesús, si hay muchísima diferencia.
Mientras iban de camino quedaron limpios; uno de ellos viendo que estaba curado se volvió alabando a Dios a grandes gritos; éste obtuvo no sólo la sanación de su lepra, si no obtuvo el don de la alabanza.
Y, cuando la alabanza es así, a grandes gritos; pues, lo que nos está indicando es que este leproso se convirtió en testigo; se convirtió en misionero; se convirtió en pregonero de la gloria de Dios; de la gloria de Jesucristo; ya, nos damos cuenta cómo el que se volvió alcanzó muchísimo más que la sanación de su enfermedad.
Volviéndose hacia Jesucristo; recibió el don de la alabanza; recibió el ser misionero, el ser pregonero, el ser apóstol, el ser testigo de la gloria de Dios; Jesús tomó la palabra, y dijo “¿No habéis quedado limpios los diez? Y preguntó ¿Y, los otros nueve, dónde están? (véase Lucas 17,17)
Esta es una pregunta que uno como sacerdote, como predicador, y si le cabe esta palabra como misionero; se la hace muchas veces; ¿Cuántas veces, nosotros estamos detrás de Dios para que nos cure de un problema?
El problema de estos hombres era la lepra; el problema nuestro puede que sea otro; la falta de trabajo, la falta de afecto, la falta de dinero, la falta de salud, y mientras nos está faltando lo que nos está faltando; estamos, ahí, gritándole “Maestro ten compasión de nosotros”
Pero, cuando logramos lo que queremos; cuando logramos lo que nos estaba haciendo falta; como hemos medido a Jesús con la regla chiquita de nuestras necesidades, y no con la regla grande de su compasión; entonces, cuando Él nos da lo que nosotros queríamos, muchas veces, nos perdemos; y, entonces, Jesús tiene que preguntar “¿Oye, y dónde estará ese hombre que estaba pidiendo tanto; dame un puesto Señor; dame un puesto; necesito un trabajo?”
Yo lo he vivido, no me considero lejos de mi, no me considero ningún santo; pero, lo he vivido; yo he visto personas sanarse; por ejemplo, de cáncer; he visto sanaciones de cáncer.
El ejemplo que he comentado, más de una vez, es el de un muchacho que nos mostró en un grupo de oración; el testimonio de cómo se había curado de cáncer, y, los resultados médicos; nosotros habíamos orado por él, y el Señor lo sanó.
Lo sanó como había curado a esos leprosos; sanó del cáncer a ese hombre, y el día que fue a mostrarnos los resultados, fue el último día que lo vimos. Desde ese día, desde hace varios años, créanme, no he vuelto a ver a ese señor; no tengo ni idea.
Y, a mi me toca preguntar lo mismo que Cristo ¿Dónde estará, dónde andará? Quién sabe, de pronto en alguna iglesia, de pronto en algún pueblo, de pronto en alguna misión me lo vuelvo a encontrar, y allá aparecerá el hombre; o de pronto será necesaria otra lepra, otra enfermedad, otro cáncer para volverlo a ver; para que vuelva a aparecer.
¿Dónde están los otros nueve, los que han recibido tanto de Dios? Ojalá, fuera solamente la curación de una lepra. Los que han recibido tanto, tanto de Dios ¿Dónde están? Nosotros que hemos recibido tanto del Señor; ¿Estamos a órdenes de Jesucristo?
Este leproso agradecido se puso a órdenes de Jesucristo, para proclamar su gloria; tu que has recibido tanto de Dios ¿Estás a órdenes de Jesucristo para darle la gloria; para testificar su gloria; para dar a otros testimonio; y que otros también puedan ser curados?
Fíjate lo grave del asunto; cuando un leproso se cura, pero no se convierte en testigo de Cristo; apenas se curó él; en cambio cuando un leproso se cura, y se convierte en testigo de Jesucristo; otros muchos leprosos se curan.
Esta es la diferencia; cuando una persona es sanada, es perdonada; cuando una persona es liberada por el poder de Dios, y se convierte en testigo de Jesucristo, y se pone a órdenes de Jesucristo, y se vuelve disponible a la compasión de Jesucristo; cuando una persona recibe así el evangelio, y se convierte en testigo del evangelio; muchas más personas se sanan.
Jesús preguntó ¿No han quedado limpios los diez? los otros nueve ¿Dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? (véase Lucas 17, 17-18) Esta es la pregunta de Jesús.
Jesús no es curandero interesado, que estuviera esperando, que le dieran las gracias a Él; eso no es lo que quería Jesús; eso no es lo que le preocupa a Jesús; lo que a Jesús le preocupa es que la gente que se cura, y que no le da la gloria a Dios, frena la obra de Dios.
Cuando recibes amar de Dios, y no lo testificas, y no le cuentas a otros, y no te conviertes en misionero de su misericordia; frenas la obra de Dios; Jesús no era ningún interesado, ni es que Jesús estaba sentido; como, a veces, se predica en este evangelio.
Que Jesús quedó muy sentido; le dolió mucho que nadie le agradeció; el problema no es de sentimientos; aquí el problema no es de carne; el problema no es de que Jesús quedó profundamente sentido ¿cómo así? ¡hola! aquí nadie agradece; manada de cafres, estos; nadie agradece aquí. Ese no es el problema.
Jesús no está preguntándose por sus sentimientos; está comprobando con tristeza, que mientras no aprendamos a darle la gloria a Dios; el evangelio andará cojo, andará raquítico, andará artrítico.
¿Por qué? porque el evangelio sólo puede caminar con sus pies ¡hombre! el evangelio sólo puede proclamarse con su boca; el evangelio sólo puede extenderse con sus manos; si tu no le das la gloria a Dios; tu te curas de tus enfermedades; pero dejas cojo, paralítico, artrítico, enfermo al evangelio.
Y, esa es la causa el dolor de Jesucristo; si ellos se curaron; eso está bien, se curaron; que bueno para ellos; pero el evangelio sigue artrítico ¿Dónde están los otros nueve? El evangelio sigue artrítico, sigue paralítico ¿Dónde están los otros nueve, sólo ha venido este extranjero para dar gloria a Dios?
Amigos, cuando nosotros experimentemos el poder del amor de Dios; tenemos que saber que ahí esta Jesús, y ahí, está Jesús queriendo que nosotros testifiquemos las maravillas que Él hace.
¿Para qué? Para que otros le reciban ¿Para qué? Para que el evangelio no sea artrítico; si el señor Jesús te cura de una artritis, te cura de un reumatismo; tú quedas curado, tú quedas curada; pero no enfermes el evangelio.
Si ya tú viste que quedaste libre de esa artritis; no vuelvas artrítico al evangelio; dale esas piernas nuevas que te dé Jesús; dáselas al evangelio para que corra.
Si, el Señor te devuelve el uso del habla; dale tu voz al evangelio, porque tú no podías hablar; entonces ahora, que si puedes hablar no dejes mudo al evangelio; para que se prolongue; para que se propague; para que cunda; para que llegue a todas partes.
La última frase que le dice Jesús a este hombre es “Levántate, vete” (véase Lucas 17,19) Aquí vemos que Jesús no lo retiene junto a si; “Levántate, vete” ¿Para qué, vete? ¿Para qué, ese vete? ¿Para qué lo envía? Mira, lo que dice antes “Estaba alabando a Dios a grandes gritos” (véase Lucas 17,15) Jesús no amarra a las personas “Levántate, y vete”
Que otros sepan de la gloria de Dios; pero, lo más misterioso, lo más hermoso, es la frase final “Tu fe te ha salvado” (véase Lucas 17,19) Los otros habían sido, solamente, curados; éste fue salvado; los otros se curaron; porque estaban midiendo a Jesús con la vara, con la regla de sus necesidades.
Éste se salvó, porque midió a Jesús, con la regla de la compasión de Jesús; del maravilloso amor de Jesús; éste conoció quién lo había salvado; éste, no solo, venció la enfermedad, si no que supo ¿Cuál es el vencedor de toda enfermedad?
Bendito, bienaventurado este leproso; no sólo por su gratitud; no sólo por su agradecimiento; aunque agradecer es una virtud muy noble; no sólo por su agradecimiento, si no, porque se convirtió en evangelizador para la gloria de Dios.
Bendito sea el Señor.