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Fecha: 19991015

Título: Santa Teresa de Jesus, pionera de un nuevo mundo interior

Original en audio: 15 min. 12 seg.


Mis amados amigos:

En el siglo en el que vivió Santa Teresa de Jesús, el siglo dieciséis, se estaba levantando el conocimiento de toda esta región del planeta tierra, que hoy llamamos América. La pequeña Europa, pequeña en extensión geográfica frente a este continente, vino a descubrir todo un mundo; se abrió un nuevo mundo.

Algo semejante podemos decir que no había acontecido antes, y probablemente no va a volver a acontecer: descubrir de repente, que el mundo es mucho más amplio, y encontrar interlocutores al otro lado del mar, que parecía una barrera infranqueable.

En ese siglo en el que se descubrió este, que luego se llamó el nuevo mundo, hubo otros exploradores, que a la manera de Cristóbal Colón, navegaron por otros mares no menos peligrosos, y encontraron otros continentes; es decir, abrieron otros universos.

Y entre todos esos pioneros, tenemos que contar a esta Santa, a esta Mística del día de hoy, Teresa de Jesús. Teresa no fue solamente una mujer llena de amor, llena de oración, sino que ella abrió para el mundo un nuevo continente, abrió un nuevo mundo, incluso me atrevo a decir.

Fue tanta la luz que Dios le regaló, fue tanto lo que sucedió en ella, que a través de sus escritos, descubrimos las sendas de un universo que está, no delante de nuestros ojos, sino detrás de nuestros ojos.

Porque si hay un mundo que está delante de nosotros, y que aparece cuando abrimos los ojos, hay también un mundo que está detrás de nuestros ojos, adentro de nosotros, y que muchas veces sólo aparece cuando los cerramos al mundo exterior, y estamos dispuestos a encontrarnos con ese mundo interior.

Y esos son los maravillosos escritos de Teresa de Jesús: son excursiones por un mundo nuevo, recorridos, exploraciones por un mundo interior. Alguien podría decir: "Introspecciones de una mujer desocupada"; pero resulta que el Espíritu Santo obró de tal modo en ella, que ni siquiera fue intención de ella poner por escrito sus experiencias.

Fue disposición y obediencia que provino de sus confesores y directores espirituales. Oyéndola, encontraron en ella no sólo a una mujer de muy buen sentido, de mucho equilibrio humano, de una gran sensatez, de una profunda cordura, sino una amiga de Dios, alguien de quien se puede decir es amigo de Dios.

Y fue expresión de Santa Teresa hablar de los santos como amigos fuertes de Dios, gente que se le puede creer que ha estado con Dios.

Si usted dice: "Soy amigo de Carlos Vives", lo menos que se le puede pedir es que usted haya estado con Carlos Vives, que sepa qué le gusta a Carlos Vives, que sepa qué le preocupa a Carlos Vives, y cuáles son los proyectos de Carlos Vives.

Si usted quiere ser un amigo fuerte de Dios, usted tiene que saber esas cosas de Dios, saber qué le gusta a Dios, saber cuáles son las alegrías de Dios, cuáles son los próximos proyectos que Dios tiene; saber qué entristece a Dios, conocer por experiencia, conocer como dice la Primera Carta de Juan al comienzo: "Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que tocaron nuestras manos" ( véase 1 San Juan 1,1 ).

Aparentemente, una monja contemplativa, como fue Teresa de Jesús, es lo más inútil que ha dado esta tierra. Alguien podría pensar: "vida egoísta y estéril la de esas mujeres por allá encerradas".

Pero en realidad, ellas son las conquistadoras de ese mundo que continuamente se escapa de nuestras manos. Y además, de esas hogueras y de esos fuegos, se alimenta la verdadera predicación para que este mundo no perezca de frío.

Teresa de Jesús tuvo mucho de ese fuego, muchísimo. Vivió de tal modo, que quienes la conocieron sintieron, y quienes la leemos sentimos, que esta mujer ha estado con Dios. ¿De cuántas personas se puede decir eso? No de muchas.

Esta persona sabe de lo que está hablando; ella no está hablando de oídas. Esto me hace acordar del libro de Job. El libro de Job nos cuenta que Job tenía una gran prosperidad, pero luego tuvo un gran desastre. Vinieron unos amigos a aconsejarlo, pero los consejos de los amigos como que no tenían mucho sentido, porque prácticamente todo el tiempo lo único que le dijeron es: "Si a usted le está iendo mal, es porque usted se portó mal".

Y Job, durante todo el recorrido de ese libro que lleva su nombre, lo único que hace es repetir: "No señor, yo no me he portado mal, y ustedes no tienen por qué tratar de convencerme de eso". Y en esa discusión se pasan capítulos, y capítulos.

Job, finalmente, va perdiendo la paciencia, manda a sus amigos a freír espárragos, y dice: "Yo lo que quiero es encararme con Dios, y preguntarle, qué es lo que tiene conmigo, que hagamos un juicio justo, que venga, que me hable".

Y entonces Dios le habla, y le hace una serie de preguntas que dejan a Job fuera de lugar. Le hace preguntas sobre la creación: "¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra con el aplauso de todos los Ángeles?" ( véase Job 38,1-7 ). Y entonces Job se queda callado, y luego dice: "Yo no sé" ( véase Job 42,1-3 ).

Job no sabe. Se encuentra con la majestad de Dios, con la sabiduría infinita de Dios, con el poder de Dios, queda estupefacto, y al final dice: "Yo te conocía de oídas, pero ahora sí te han visto mis ojos". ( véase Job 42,5 ). Y habló como un insensato: "Perdón, perdón, mano a la boca, me retracto. ¿Qué hice? ¡Dios mío!" ( véase Job 42,6 ). Es un hombre que se encontró con Dios.

Afortunadamente para nosotros, esto es lo que se puede decir de Teresa de Jesús: se encontró con Dios. Ella no está hablando de oída, no está repitiendo lo que otros dijeron; ha tenido, como decimos hoy, la experiencia de Dios. ¡Y vaya experiencia!

Cuando nosotros tomamos los libros de Santa Teresa de Jesús, descubrimos dos cosas:Lo primero que descubrimos, es que Teresa de Jesús, orientó toda su existencia por un sólo Amor. Yo ya llegué a la conclusión de que los Santos son gente que se resolvió por un sólo Amor. Esa es la gente que sirve para santa. El que está vacilando, está cojeando de las dos pierna. Como decía Elías de sus contemporáneos, los israelitas: "Ustedes cojean de ambas piernas" ( véase 1 Reyes 18,20 ).