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Fecha: 19961111

Título: Establece presbíteron en cada ciudad, como te ordené

riginal en audio: 12 min. 21 seg.


El año litúrgico en la Iglesia tiene treinta y cuatro semanas del Tiempo Ordinaro y ya estamos en la semana treinta y dos. Esto quiere decir que el año litúrgico está próximo a acabar.

Progresivamente, las lecturas que la Iglesia nos ofrece en la Santa Misa nos van llevando hacia esas palabras últimas de Jesús, pero más que a las palabras, a las actitudes de Jesús, cuando se iba acercando el momento de su partida de esta tierra. Y apenas nos va a alcanzar el tiempo de estas semanas para identificar esas actitudes principales de Nuestro Señor.

Conque siempre es misericordioso y paciente, hemos anotar que el tono de la voz se vuelve recio, se le vuelve cortante; sus respuestas son breves, concisas y se van conviertiendo como en las consignas que, en general, se refieren a que debe dejar otro al mando y en el ánimo de todos, qué es lo que hay que hacer.

Aunque siempre es manso y siempre es paciente, va a ir apareciendo en este final del tiempo litúrgico, una especie de afán de Cristo; no es una impaciencia contra nosotros, sino una impaciencia a favor nuestro. Sería impaciencia contra nosotros si nos rechazara. Es una impaciencia a favor nuestro, porque tiene prisa en llevar a plenitud su obra de salvación.

Siempre es amoroso y siempre es dulce, pero especialmente, en estas últimas semanas del Tiempo Ordinario, se va a mostrar al mismo tiempo exigente, como si necesitara que cada uno de nosotros diera su máximo.

Los Apóstoles vivieron esta experiencia cerca del Señor. Lo habían visto conmovido, compasivo ante la muchedumbre, como en aquella oportunidad en que dijo: "me duelen las entrañas, porque esta gente está como ovejas sin pastor" (véase Marcos 6,34 ). Le habían visto así conmovido, y le habían visto dolerse y gastarse, consiguientemente, por el bien de su pueblo, pero ahora lo ven resuelto y lo ven en esa actitud de prisa, de despedida y de final. Como que Cristo les dijera: "está llegando el tiempo del todo por el todo, hermanos". Y esta gente sentía que no le aguantaba el paso a Cristo.

Al final del captulo IX del evangelio de Lucas, este Evangelista nos dice que Jesucristo emprendió resueltamente el camino a Jerusalén.

Hay que recordar que en Jerusalén se acumulaban los enemigos de Cristo, pero Cristo emprende resueltamente el camino hacia Jerusalén, y esa resolución seguramente se notó en su manera de actuar, de hablar, incluso, en su manera de caminar, porque todos los recorridos eran a pie.

Pues, de alguna forma, los Apóstoles comenzaron a sentir que ya no le aguantaban el paso a Cristo, que la obra de la redención no era sólo atender a un enfermito, a un pecador; que no era simplemente sanar a un paralítico o incluso resucitar a un muerto; que la obra de la redención estaba movida por un corazón que así como es de dulce, amoroso y paciente, así también es resuelto, generoso y exigente.

Y cuando ya los llevaba jadeando, no tanto por el ritmo de sus pies, como por el ritmo de su alma enamorada, cuando ya sentían que no le daban la talla, tuvieron que decirle lo que escuchamos en el día de hoy: "auméntanos la fe" (véase San Lucas 17,5), "nos estamos quedando ya, ya no estamos dando el ritmo", "auméntanos la fe". (véase San Lucas 17,5).

Uno tal vez hubiera esperado que Jesús se detuviera, se sentara en un paraje tranquilo y les hiciera una predicación bien bella sobre todas las razones que Dios nos ha dado para creer en El, para apoyarnos en El, para amarle, para confiar totalmente en El.

Uno hubiera esperado que les hubiera dicho algo sobre qué es la fe, o cómo se consigue la fe, o que tal vez hubiera levantado sus manos y les hubiera dicho: "recibid entonces la bendición y con esa bendición, la fe que estáis pidiendo", pero todo se le vuelve como una prisa de amor y de afán a Cristo, y estos le dicen: "auméntanos la fe" (véase San Lucas 17,5). Y Cristo, como si les hubiera oído la petición, no más oyó la pabra fe, les dice: "mire, si ustedes tuvieran fe otra sería la historia", y siguió caminando.

Esa respuesta de Cristo tuvo que haber dejado un poco desconcertados, y quizá desilusionados a los Apóstoles. Ellos habían visto, por ejemplo, como lo narra el Evangelio, que cuando se encontró con esa muchedumbre, dice allá el Evangelista: "se puso a enseñarles con paciencia" (véase San Marcos 6,34 ).

Pero aquí, como que ya no tuviera ese tiempo o como que la paciencia hubiera cambiado de rostro, por lo menos. Cristo ya no se sienta a hablarles, porque de hecho ya no se sienta a nada, porque ya tienen que avanzar, tiene que cumplir su misión y su misión está, ya no en un paraje ameno y tranquilo; ya no está en una plática sabrosa y en una larga oración; ya todos los discursos empiezan a sobrarle a Cristo; ya no está para discursoso largos sino, mira bien las palabras de este evangelio que hemos escuchado en el capítulo XVII de Lucas.

Todos son como instrucciones precisas, claras, breves: "si se ofenden, perdonen, pero apúrense, y nada de estar escandalizando a la gente. "Si usedes se escandalizan niños, mejor fuera que les metiera la cabeza en una piedra de molino y les echaran al mar" (véase San Lucas 17,2)

Es un lenguaje drástico, porque la vida misma a Cristo se le a vuelto drástica, se le a vuelto dramática.

El desenlace de esta película, que se va acelerando hacia el final, es precisamente la Cruz. Toda esa prisa de Criso, todo ese afán era la Cruz.

La gente tiene prisa, y gente somos nosotros; tenemos prisa cuando vemos que se acerca un éxito, un triunfo: "llegó mi oportunidad".

Cristo, paradójicamente, tienen prisa cuando toda su vida y toda su obra van a estrellarse contra una pared y El mismo va a quedar despedazado. Y si uno mira la Pasión, y si uno mira sobre todo la Cruz, pues más parece que es el fracaso de Cristo, eso no es ningún éxito.

Pero Cristo corre hacia ese fracaso. Nosotros corremos hacia nuestros amigos y El corre hacia sus enemigos. Nosotros buscamos aquello que puede resultarnos más amable, más amoroso, más cálido. Nada de esto es lo que iba a encontrar Cristo en Jerusalén.

Pero es que, en el fondo, Cristo ni iba corriendo hacia Jerusalén, no es un loco, no es un masoquista, El no estaba buscando la Cruz.

La Cruz es una puertecita estrecha por la que se pasa a lo que Cristo quería llegar, al sepulcro. Dirá alguno: "Peor, si no buscaba la Cruz, sino que buscaba el sepulcro". Pero es que el sepulcro era otra puertecita estrecha por la que se pasa a la Casa, a la gloria, a la vida eterna, la misma que nos menciona el Ápostol Pablo en su comienzo de la Carta a Tito: "en realidad, Cristo tenía prisa por llevar al universo entero hacia la gloria, hacia la paz, hacia la vida eterna" (véase Carta a Tito 1,1).

Y ya se había dado cuenta que el asunto no era de discursitos ni el asunto era de parajes amenos, el asunto es de resolverse. Y tenía que mostrarlo, como una suprema enseñenza a sus discípulos, que sólo esa actitud así, resuelta, cambia al mundo. Las solas palabras no lo van a hacer.

Sólo la prisa del que se quema y se gasta por amor, sólo ese género de prisa es capaz de hacer algo por la tierra. Y por eso a la pregunta: "aumentanos la fe" (véase San Lucas 17,5 ), tal vez no le respondió la boca de Cristo, pero los pies de Cristo que no cesaban de caminar, y el corazón que no cesaba de amar, y los ojos de Cristo que no cesaban de amar y llorar, esa fue la respuesta para los Ápostoles y esa es tambien la respuesta para nosotros.