I281002a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19991011

Título: El amor de Cristo trae para nosotros una responsabilidad

Original en audio: 11 min. 8 seg.


Muy Queridos Hermanos:

Las lecturas del día de hoy nos presentan dos aspectos de una realidad maravillosa que se llama el Evangelio.

La Primera Lectura nos presenta, como un pórtico, la entrada a ese documento magno: la Carta a los Romanos. Se ha dicho de la Carta a los Romanos que es la primera elaboración teológica del cristianismo; es una gran meditación sobre lo que significa ser salvos por la gracia, por el amor de Dios y por la fe.

La Carta a los Romanos es el documento más extenso y más profundo del Apóstol San Pablo; y no cabe duda de que el Apóstol San Pablo es tal vez el predicador más descollante en esa primera generación de apóstoles y de testigos de Jesucristo.

¡Cómo es de importante esta Carta a los Romanos!, y qué bueno que nosotros, que acostumbramos a venir a la Santa Misa también entre semana, no nos contentemos con la lectura, casi fugaz, que se hace en este momento precioso de encuentro en la Eucaristía, sino que volvamos a nuestras casas y abramos con respeto y con atención la Sagrada Escritura, y vayamos siguiendo paso a paso este documento realmente fundamental para la historia del cristianismo, pero sobre todo fundamental para conocer las maravillas del amor y del poder de Jesús en nuestras vidas.

Esta Carta a los Romanos fue el documento que sirvió, como podríamos decir, de piedra fundamental a un hombre llamado Martín Lutero a comienzos del siglo XVI. Y basado en esta Carta a los Romanos, Lutero se sintió autorizado para juzgar, en cierto sentido, a la Iglesia de su tiempo; para tomar distancia de esa Iglesia y para decir que la Iglesia era infiel a la Palabra. Es un documento entonces polémico también, podríamos decir.

Lutero, y después de Lutero todo el protestantismo, ha tomado las afirmaciones fundamentales, rotundas de esta Carta a los Romanos, para decir que la salvación sólo puede venir por la fe, y esa fe no puede tener otro centro ni otro término, que el amor que Dios nos ha mostrado en su Hijo Jesucristo.

A Lutero no le faltaba razón desde el punto de vista bíblico, ni le faltaban razón a sus críticas desde el punto de vista de la Iglesia de su tiempo. La Iglesia como institución humana presenta siempre esas faltas, esas grietas, esas manchas que lamentablemente no dejan ver con toda claridad el rostro de Jesucristo.

Pero esto no quiere decir que nosotros le tomemos miedo a la Carta a los Romanos, muy al contrario, nosotros católicos por gracia de Dios, tenemos que navegar por estas aguas, tenemos que empaparnos, no salpicarnos, empaparnos de esa teología, de esa enseñanza que aparece ahí.

No vamos a hacer lo que hizo Lutero. Nosotros no nos vamos a quedar solamente con esta Carta a los Romanos. Sabemos que, con toda su importancia, es sólo uno de los libros de la Escritura, y que hay que saber complementarlo con otros libros y con otras enseñanzas de San Pablo.

Pero sí podemos afirmar, que ese cimiento en la fe y en la gracia de que nos habla San Pablo, es decir, que la salvación nos llega gratuitamente por el puro amor del Padre Celestial que nos ha entregado a su Hijo, y que la prueba de esa entrega es la Cruz y la Sangre, y que eso uno lo acepta no por mérito de uno, sino solamente por el ejercicio de la fe que es don del Espíritu; estas afirmaciones fundamentales hay que tenerlas claras y vivas. Y en este sentido, el protestantismo tiene razón no por ser protestantismo, sino porque es lo que nos dice la Sagrada Escritura.

Lo grave no es afirmar eso, sino quedarse solamente en eso; porque luego habrá que dar otro paso, que lo explica muy bien Santo Tomás de Aquino. Santo Tomás de Aquino dice que, "la primera obra de la gracia divina, es decir, esa obra de la que nos habla San Pablo, es un gracia operante, es una gracia que obra en nosotros sin hacer cuenta de lo que hemos sido; Dios simplemente nos regala la salvación así como nos entregó como regalo precioso a su Hijo Jesucristo.

Pero luego Santo Tomás, que tiene una visión muy amplia, muy completa de la Sagrada Escritura y que es el teólogo por excelencia de la Iglesia Católica, nos hace ver que existe la gracia cooperante.

Dios sana nuestro corazón y nuestra voluntad por su gracia, pero luego esa gracia, habiendo sanado nuestra voluntad, opera también en nosotros y con nosotros. Y ahí entra la acción de la voluntad humana, como ya lo había expresado muy bien San Agustín: "Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti". Por eso, el protestantismo tiene razón en lo que dice, pero no tiene razón en lo que niega. Lo que creen es cierto, pero lo que dejan de creer no tienen derecho a dejar de creerlo.

Una verdadera fe acepta que el cimiento está dado solamente en la gracia, pero luego, desde ese cimiento, levanta las columnas y se da cuenta de que toda la inteligencia humana tiene que ser evangelizada; toda la cultura humana tiene que ser renovada; toda la voluntad humana tiene que ser transformada, fortalecida. Y de ahí surge el arte cristiano, la cultura cristiana, las instituciones cristianas, la presencia visible del cristianismo a través de los ministerios ordenados, por ejemplo, los sacerdotes, los diáconos, los obispos.

Tenemos una oportunidad espléndida de conocer de Jesucristo a través de la Carta a los Romanos. Es como irnos a los sótanos, a las bases, a los cimientos de nuestra fe, y descubrir cuánto nos ha amado Dios. Pero ese es sólo un aspecto, porque dije que eran dos aspectos.

El otro aspecto aparece en el evangelio. Dios tiene una oferta de salvación ¿y qué estamos haciendo con ella? La Carta a los Romanos nos va a decir muchas veces que Dios nos ha regalado la salvación; Dios está ahí para nosotros. ¿Qué estamos haciendo nosotros con eso? Y por eso el reproche de Jesucristo nos muestra que toda libertad va unida a una responsabilidad. Dios nos ofrece liberación y libertad en el don del Espíritu Santo que se nos otorga por la fe; libertad, pero toda libertad tiene una responsabilidad. ¿Qué estás haciendo con lo que Dios te ofrece, con lo que Dios te regala?

Cristo tiene palabras muy claras, palabras rotundas también; porque si es vigorosa la proclamación del amor, también es vigorosa la proclamación de la responsabilidad ante el amor. Cristo nos ha amado tanto, pero tanto, tanto, que ese amor se convierte en juicio para nosotros. ¿Le parece paradójica esa expresión? Permítame intento explicarlo.

Cristo nos ha amado tanto, ha hecho tanto por nosotros, que nos ha dejado sin disculpa, no hay disculpa. Es tanto el poder de su amor, es tan completa su donación, hasta la última gota de Sangre, ¡qué no nos dio! Mire, nos dio su santísima Madre, nos dio su Cuerpo, sus días, sus noches; nos dio su Sangre, nos dio su Espíritu, nos dio su propia muerte, porque por nosotros murió; nos dio la gloria de su Pascua, nos dio el ministerio de los Santos Ángeles, como dice la Carta a los Hebreos, ¿qué no nos dio? Es un amor que ha dado tanto, que nos ha dejado sin disculpas.

Y por eso dice también Santo Tomás de Aquino: "El juicio final consistirá en la aparición de Cristo en toda la plenitud de su gloria, y que eso basta". Porque cuando aparezca Cristo en toda su gloria, cada ser humano descubrirá que no tiene una sola disculpa frente a ese amor.

Eso es lo que nos anticipa el evangelio de Lucas en este día. Dice aquí: "Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará, y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, ¡y aquí hay uno que es más que Salomón! (véase San Lucas 11,31).

Cristo nos ha dado más que Salomón, nos ha dado más que Jonás, nos ha dado más que todos los profetas; Cristo nos ha dado todo. Su amor nos salva, pero ese amor trae para nosotros una responsabilidad; reclama de nosotros un "sí", primero el "sí" de la fe y luego el "sí" de un amor transformado, de una voluntad renovada que se cumpla, que se haga realidad, que se plasme en obras y que lleve a la creación entera hasta la gloria del Padre.

Así nos lo conceda Dios por su amor, y que nuestra voluntad, ungida por ese amor, le responda con la misma gracia, con la misma generosidad que Él tuvo para con nosotros.

Amén.