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Fecha: 19961009
Título: San Luis Bertran, misionero y formador
Original en audio: 5 min. 55 seg.
San Luis Bertrán, pariente de San Vicente Ferrer y hermano suyo en religión, es por bondad de Dios, patrono de nuestra Provincia Dominicana en Colombia, tierra en la que él estuvo como evangelizador, especialmente por la zona de la Costa Atlántica y del Catatumbo, nuestro actual Norte de Santander.
Un hombre grande y lleno de contrastes: Por una parte, un misionero que recorrió muchas veces en soledad, y en condiciones humanamente inexplicables, kilómetros y kilómetros, como imagen del Buen Pastor que busca a sus ovejas.
Pero que así, como movido por la gracia y por el celo apostólico, recorría todas esas millas y kilómetros, así también supo confinarse a la estrechez de un convento y de un noviciado.
Y como Maestro de novicios, hizo recorrer, y recorrió esos kilómetros, ya no sobre la faz de la tierra, sino en las vías del progreso espiritual, a sus novicios.
Capaz entonces de ser misionero, y capaz de ser formador, fue de estrechísima penitencia para consigo mismo, muy cuidadoso, en cambio, y muy generoso con las necesidades de los demás, especialmente de sus frailes.
Hombre de temperamento mas bien melancólico y retraído, lo vemos salir de sí mismo, como en una suprema penitencia, para comunicar una noticia alegre, la noticia del Evangelio a cientos de personas desconocidas.
Hombre lleno de espiritualidad, es también un pregonero de la justicia, hasta poner en peligro su propia vida, como sabemos por las crónicas que datan de la época.
No se le quedaba todo solamente en el anhelo de una vida más espiritual y perfecta, porque entendía que el Evangelio de Cristo va dirigido, como lo hemos escuchado en el texto de San Marcos, a toda la creación, y por ende, a todo aquello que es creación en el ser humano; es decir, no sólo a su perfección, llamémosla espiritual, sino también al orden moral y a las consecuencias sociales que tiene este orden moral.
San Luis Bertrán, hombre de prolongada oración y de encendida palabra, silencioso, casi taciturno, pero elocuente en su momento, se caracterizó por ser siempre fervoroso en la Celebración de los misterios divinos.
La mayor parte de cuanto vio, de cuanto encontró o contempló, se quedó grabado allí en su corazón. Y en esto le sucedió lo mismo que a Cristo. La mayor parte del dolor de Cristo está simplemente grabado, tatuado en su cuerpo, llagado en la Cruz.
El que quiera buscar entonces, qué fue lo que encontró Luis Bertrán en sus correrías apostólicas, o en su labor de formador, tendría que buscarlo en su cuerpo macerado por la penitencia.
Luis Bertrán quiso grabar sobre sí mismo el dolor de un pueblo, el dolor de una raza, el dolor de los pecadores. Imprimió en su corazón, con oración y con penitencia, las señales de Jesucristo, y llevaba sobre sí mismo al Altar, los dolores, las confusiones, las soledades, las tentaciones de sus hermanos.
Pero este modo de ser tan tímido, que casi impedía que hablara de sí mismo, no le impidió, en cambio, escribir brillantes y elocuentes tratados sobre la predicación. Esto hay que destacarlo, porque nosotros los frailes predicadores, por una especie de paradoja, poco hablamos de la predicación, o poco exponemos sobre la predicación.
Concretamente el Oficio propio de la Orden, ofrece en el día del Santo, algunos extractos sobre su Tratado de la Predicación y los Predicadores apostólicos, en los que se muestra bien, cómo comprendía, y con cuánta hondura, la importancia, la necesidad, la labor y el fruto de la predicación.
¡Qué regalo para la Iglesia Luis Bertrán! Que él nos acompañe en esta Celebración Eucarística, infunda en nosotros la conciencia de la Redención, el infinito valor de cada corazón que se vuelve a Cristo, para que también nosotros, en la Celebración de estos misterios, seamos hostias vivas que ofrece en la Hostia Santísima el Hijo eterno de Dios, a quien sea la gloria por los siglos.
Amén.