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Fecha: 19971103

Título: La humillación convertida en humildad

Original en audio: 15 min. 43 Seg.


Martín de Porres, llamado también Martín de la caridad, espejo de misericordia, ministro de la providencia de Dios, expresión de la bondad del Salvador, instrumento de reconciliación. Cuántas palabras, cuántos elogios necesitaríamos para describir siquiera la obra maravillosa que Dios hizo en este hombre.

Todo en él permitía presagiar un amargado, un violento; todo en él hubiera podido convertirse en agresión, en insulto, en muerte, pero se volvió vida y paz y luz. Negado por su padre al principio, de menor raza, según el criterio de la época, y pobre. Los ingredientes para una vida amargada, para una vida resentida.

Sin papá y con insultos, sin una familia bien constituida y con desprecio y marginación. Exactamente lo que se necesita para producir a un criminal, pero no salió un criminal de esa infancia, sino una flor de santidad.

Hay que volver los ojos a Martín de Porres, porque él tiene el secreto de cómo la humillación puede volverse humildad. Casi siempre las humillaciones que sufrimos despiertan en nosotros la soberbia, el orgullo, el desquite, "¿por qué me hicieron esto? Es injusto, me resisto, me opongo", y por consiguiente, el orgullo.

Pero en Martín de Porres no fue así. La humillación se volvió humildad. No es el único ejemplo que tenemos en la Santa Iglesia sobre esta maravillosa transformaación. La Santísima Virgen María es el ejemplo más destacado de esa conversión de la humillación en humildad.

María es pobre y descendiente de pobres, sufre el rigor de la opresión, pero esa humillación se convierte en humildad. Y esta palabra como que resume el misterio de la santidad de Martín de Porres, un hombre humilde, un hombre manso, un hombre bueno, un hombre piadoso, un hombre capaz de perdonar, un hombre alegre, un hombre dispuesto a sanar la enfermedad del otro en el cuerpo, en la mente, en el espíritu, un enamorado del amor de Dios, especialmente, en la Eucaristía.

Dice el Señor Jesucristo en el evangelio que hemos leído: “has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”(veáse ). Martín de Porres, recibió esos secretos del corazón manso de Jesucristo y en verdad son secretos, porque si uno intenta comprenderlos, a veces no lo logra.

¿Cómo es que se puede ser manso sin ser menso? ¿Cómo se puede ser humilde y defender la justicia? ¿Cómo puede uno ceder y sin embargo realizarse como persona? ¿Cómo puede uno perdonar y conservar al mismo tiempo la paz y la alegría? ¿Qué había en el corazón de este mulato para que pudiera tomar con humor, con sencillez, y en espíritu de oración los insultos que ya desde niño hubo de padecer?

Un hombre que no se ocupó, que no perdió el tiempo escandalizándose de los pecados de los hombres; hay algo misterioso en la vida de Martín, nunca se escandalizó del mal, nunca. No le parecía extraño el mal, le parecía extraño el bien, le admiraba el bien, escandalizarse, en el fondo, es admirar el mal y Martín hizo el negocio de la vida, porque reservó toda su capacidad de admiración para el bien.

Cuando entró al convento, comprobó como lo hemos comprobado muchos de nosotros, que también dentro de la Iglesia existen y con cuanta fuerza, dolorosamente, pecados. Vio y sufrió los pecados de religiosos y de sacerdotes; los vio y los sufrió, pero no se escandalizó de ellos; vio y sufrió el desamor de su papá cuando niño y no se escandalizó de eso; vio y sufrió la discriminación por su color y la marginación por su pobreza y no se escandalizó de eso, porque el tenia reservada toda su admiración, no para el mal, sino para el bien.

Que haya pecados, eso no es noticia, que haya iniquidades eso no es extraño, que haya egoísmo en todas partes y violencia en todas partes, qué nos va a admirar si, precisamente, es en todas partes; pero he aquí que hay alguien que perdona, valeroso, admirable; hay alguien que ora con fe, extraordinario; hay alguien que ha sido sanado por Dios, fantástico.

A mí me parece ver que una de las claves de la santidad de Martín de Porres, -porque no vamos solamente a hacer elogios de él- necesitamos de su ayuda, y que Dios nos ilumine para que también nosotros avancemos ¿no? A mi me parece que una de las claves es lo que podemos resumir en este pensamiento, en este lema:”de hoy en adelante, no me admirare del mal, de hoy en adelante reservaré toda mi capacidad de admiración para el bien, suceda lo que suceda, caiga quien caiga y peque quien peque, voy a guardar toda mi admiración, toda mi atención, toda la fuerza de mi percepción para el bien”.

A mí me parece que esta es una de las claves de la vida de Martín de Porres: la admiración del bien, centrarse en el bien, acabar de convencernos de que el mal es la situación normal, dolorosamente, es decir, es norma, es ley en esta tierra después del pecado de nuestros primeros padres y la avalancha de pecados de todos nosotros.

El mal es la condición de todos, el pecado, lamentablemente, es la ley que impera en esta tierra. Por consiguiente, lo admirable, lo maravilloso es el bien, que hay bien, que hay amor, que hay vida, que hay gracia, que hay perdón, eso es lo maravilloso. Creo que este propósito nos puede ayudar, porque este propósito hace que nosotros recibamos de otras manera las humillaciones.

¿Qué es una humillación? Es un pecado contra la justicia por el cual se desconoce lo que nosotros somos, o lo que nosotros valemos, o lo que nosotros hacemos, se desconoce, esa es la humillación. La humillación es la presencia altanera, retadora del mal, pero el mal tiene el tamaño que nosotros le demos con nuestros ojos.

Si tú te quedas mirándolo se infla, se infla, se infla y se convierte en un monstruo que te come y te aplasta, si te quedas mirándolo. El mal se alimenta con tus ojos, míralo, míralo, míralo y sigue creciendo; míralo y sigue creciendo, porque cuanto más le miras, más se despierta en ti la soberbia.

Pero si yo reservo mi admiración para el bien, sucede el mal, sí, y sé que ha sucedido, pero no le doy el tributo de mi atención y de mi alabanza; estoy demasiado ocupado amando al orgulloso para que me hiera su orgullo, esta fue la divisa de San Martín de Porres, estoy tan ocupado, estoy tan concentrado, estoy tan entretenido y tan comprometido con el bien de mi agresor, que su agresión sólo existe, solamente eso, existe, no más.

Estoy amando demasiado a mi enemigo para que su enemistad me pueda destruir. Pienso que aquí encontramos una primera clave en la vida de Martín.

Hay una segunda clave: Martín vivió dones bellísimos del Espíritu Santo, incluidos los de una muy alta contemplación y se cuentan milagros, aquello de estar orando en la iglesia y levantarse y levitar, esto le sucedió a Martín. Martín, sin embargo, no es un hombre afanado por ser santo, eso es extraño, no quiere tanto ser santo hoy, ni se exaspera por encontrar su camino de santidad.

He leído más de una biografía de Martín de Porres y en ninguna parte me he encontrado que Martín estaba obsesionado por lograr su santidad, que estaba preocupadísimo por saber cuál sería su camino hacia la santidad, no.

Segunda clave de Martín de Porres: Martín se dejó guiar; no le pidió a Dios el plan completo: "¿Me vas a llevar hasta el cielo? ¿Por qué ruta? ¿Y dónde voy a parar? ¿y ahí que voy a comer? ¿y si me enfermo? ¿ y ahí si pasa bus?" Martín no le pidió a Dios la ruta completa, Martín supo pedir el pan de cada día, la luz de cada día, la gracia de cada día.

Porque Martín hizo esta especie de razonamiento, digo yo: "A ver, yo quiero ser santo, pues claro que sí, ¿y Dios quiere que yo sea santo? Claro que sí. ¿Quién lo quiere más? Dios. ¿Y quién lo sabe más? Dios. ¿Y quién lo puede más? Dios. Conclusión: Dios lo va a realizar, Dios hará su voluntad en mí".

Martín, más con sus hechos que con palabras o propósitos, vivió cada día. Es parte de la condición humana vivir cada día. Dios te puede pedir muchas cosas, pero nunca te va a pedir: "Mira, hazme un favor de vivir el cuatro y el cinco de noviembre al mismo tiempo", eso no lo pide Dios. Dios cada día sólo te pide una cosa, un día, vivir cada día, vivir las señales de cada día, vivir el amor de cada día.