I334003a
Fecha: 20111117
Título:
Original en audio: 4 min. 37 seg.
La gran Doctora de la Iglesia Santa Catalina de Siena decía, refiriéndose a la Pasión de Cristo, que Nuestro Señor, estando en la Cruz, se encontraba perfecta y plenamente triste, perfecta y plenamente feliz, a la vez.
Esa afirmación tan extraña de esta santa maravillosa, en realidad apunta a algo muy profundo: la Cruz tiene todo el aspecto, todo el sabor, todo el color de una derrota; pero al mismo tiempo, la Cruz es la gran victoria, y por eso se da esa paradoja: es triste sobre toda tristeza que el más inocente y santo de los seres humanos sea torturado, traicionado, escupido, insultado, y finalmente muerto.
Eso es triste sobre toda tristeza, pero a la vez esa misericordia infinita de Cristo, la manera santa de su padecer, la caridad que despliega incluso para sus verdugos, esta compasión, esa manera de orar, esa ofrenda obediente al Padre es lo más hermosos que hemos visto en esta tierra; y definitivamente, es lo que puede quebrantar el reino de Satanás y puede alejarlo definitivamente de los amados de Dios.
O sea que la luz tiene ese contraste, y por eso no debe extrañarnos que también los días que conducen hacia el misterio de la Cruz, que son estos días, estos días finales del Año Litúrgico, también tienen esa mezcla, podríamos llamarlo, ese sabor agridulce. Por un lado, vemos a Jesús valiente, resuelto, como siempre sabio y compasivo; por otro lado, hoy por ejemplo, en el pasaje del evangelio de hoy, final del capítulo diecinueve, Jesús llora, Jesús se conmueve ante la ciudad que no ha reconocido la visita de Dios.
Jerusalén, si tú comprendieras en este momento lo que conduce a la paz" Lucas 19,42, dice entre sollozos Jesús, y su llanto es llanto de duelo