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Fecha: 19961012

Título: Alimentados por la palabra de Dios.

Original en audio: 3 min. 52 seg.




Cuando David ya se sentía tranquilo después de sus victorias, se puso a pensar en hacerle una casa a Dios, para él ya habían terminado las guerras, llegaba el tiempo de la paz y entonces tuvo el piadoso próposito de construirle una casa un templo a Dios, que hasta entonces siempre había habitado bajo tiendas, bajo pieles.


Le comunicó su proyecto al profeta Natan y Natán inmediatamente le dijo: "haz lo que hay en tu corazón porque el Señor es contigo" (veáse 2 Samuel 7, 3). Pero luego le habló Dios a Natan, de manera que ya no hablara Natan sino que hablara Dios. Habló Dios a Natan y por medio de este profeta le dijo a David: "mira no es que tu me vayas hacer una casa a mi, sino que yo te voy a hacer una casa a ti, porque voy a constituir una dinastía tal, que no va a caer el bastón del mando de las rodillas y siempre habrá un descendiente tuyo como rey" (veáse 2 Samuel 7, 8-10).


Algo parecido sucede en el evangelio de hoy: "dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron" (veáse Lucas 11, 27) dice esta mujer desde lo profundo de su ser femenino.


Jesús responde con dos afirmaciones: "los que escuchan la palabra de Dios y los que la cumplen, esos son los verdaderamente dichosos" (veáse Lucas 11, 28). La dicha entonces no es llevar en el vientre a Dios, sino que Dios lo lleve a uno en el vientre y la dicha no es criar con los propios pechos a Dios sino ser criado por Dios.


Lo bueno, en el caso de David, no era que le hiciera una casa a Dios sino que Dios le hiciera una casa a él. Lo mismo sucede aquí, lo hermoso lo grande no está simplemente en ese vientre, en esos pechos sino en ser latido de Dios y en ser alimentado por Dios y en realidad cuando escuchamos la palabra de Dios, como que ella nos engendra a la vida y quedamos como en ese vientre en esa nueva criatura que es constituída por la Palabra que nos hace nuevos y cuando cumplimos esa palabra, cuando la vamos llevando a la práctica nos vamos haciendo verdaderamente esas criaturas nuevas, esos hombres y mujeres en Cristo Jesús.


Cuando cumplimos esa palabra, esa Palabra nos está criando como los pechos al pequeño bebé. Esta bienaventuranza en principio, se dirigía a la Virgen. La bienaventuranza que hace aquella mujer, es la que hace Jesús de modo mas completo, mas perfecto, se dirige también a su Santísima Madre.


La grandeza de María no está simplemente en el engendrar corporalmente a Cristo, sino el haber sido poseída por la palabra de Dios hasta llevarla a la práctica, hasta ser ejemplo y modelo de esa criatura nueva. Ella que es la veradera y perfecta discípula del Señor.