I013003a

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Fecha: 19990113

Título: La importancia de integrar la muerte dentro de nuestra vida

Original en audio: [13 min. 52 seg.] (Si deseas acceder al audio en otra ventana, selecciona la opción correspondiente utilizando el botón derecho del ratón.)


Como esta Carta a los Hebreos quiere enseñarnos sobre la Redención de Cristo, y como en Cristo está la fuente de todas nuestras alegrías, están todos los tesoros de la sabiduría, está toda la fuerza de Dios, está todo el plan de Dios y está Dios mismo, pues, avancemos con la ayuda del Espíritu Santo en la comprensión de las palabras que poco a poco, dosificadamente, nos va ofreciendo la Iglesia.

Por ejemplo, hoy quisiera detenerme en aquello de la muerte de Jesucristo como victoria sobre el diablo: "Muriendo Jesús, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo" Carta a los Hebreos 2,14.

No sólo eso; añade esto otro: "Liberó a todos los que por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos" Carta a los Hebreos 2,15.

¿Cuál es ese poder de la muerte? No es simplemente el miedo a morir. Ese poder de la muerte no es el temor a envejecer, o a enfermarse, o a terminar.

Hay que esclarecer, con la ayuda del Señor, a qué se refiere este autor cuando habla del poder de la muerte. Y hay que entender también, por qué ese poder de la muerte era temido, por qué estaba como en las manos del demonio, para luego comprender por qué Jesús, con su muerte, nos ha liberado del temor de ella, del poder de ella.

Ese poder de la muerte pesa sobre toda la vida. Porque, una cosa es la muerte y otra cosa es el morir. El proceso mismo del morir se dará conscientemente, por lo menos, sólo al final de la existencia. Hay un momento en el que se declara: "Le queda tanto tiempo de vida". En ese instante, podemos decir que se vive el morir. Eso está al final de la vida.

O puede ser algo repentino, un asalto, -Dios no lo quiera-, uno se encuentra por ahí algunos disparos y la persona siente: "Me estoy muriendo". Eso es el morir.

Pero, aquí, la Carta a los Hebreos no se refiere al poder de ese último momento de morir, sino al poder de la muerte, que tiene como explica la misma Carta, una influencia sobre toda la vida. ¡Mira si no! Dice aquí: "Liberó a todos los que por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos" Carta a los Hebreos 2,15.

Este poder de la muerte es algo que tiene que ver con todos los días y con todas las horas de la vida. Este poder de la muerte no es solamente la circunstancia, el hecho de morir. Es algo que acompaña el camino de la vida.

Y por lo mismo, la gracia que nos ha traído Jesucristo, no es sólo algo para una salvación en el último momento de la agonía, no es algo sólo para el más allá. Si es en verdad un triunfo sobre este poder de la muerte, la victoria de Jesucristo tiene que quitar un peso que estaba pendiendo sobre cada uno de los días y sobre cada una de las horas.

Esto es de una profundidad, -me parece a mí-, bastante grande. Habla del poder de la muerte y habla del miedo a la muerte.

¿Qué puede ser eso que no es solamente el morir? Santo Tomás de Aquino dice, que cuando una persona se dirige a una determinada meta, llega un momento en el que orienta sus pasos hacia esa meta. Y luego, no tiene que pensar en cada paso: "Voy para esa meta". Eso no lo tiene que pensar.

Pero, aunque la persona no piense en cada paso que va hacia la meta, cada uno de sus pasos está marcado, o está condicionado por la meta que la persona ha escogido. Ese es un ejemplo.

Otro ejemplo, tomado de la terminología de la teología moral reciente, es la llamada opción fundamental, que en cierto modo es como una traducción, -diría yo-, de aquella enseñanza de Santo Tomás. Una persona toma una opción fundamental; digamos que esa opción fuera el dinero: "Voy a hacer dinero".

Esa opción fundamental de la persona condiciona, o colorea todos los actos de la vida. ¿Por qué se levanta temprano? Porque necesita hacer mucho dinero. ¿Por qué ahorra tanto? Porque no puede desperdiciar el dinero. ¿Por qué se alimenta mal? Porque no puede gastar el dinero. Cada acto de la vida queda coloreado, queda condicionado por la opción fundamental.

Yo creo que en esa línea va esta enseñanza de la Carta a los Hebreos. Este miedo a la muerte que es más que el miedo al morir, es un modo de estar en el mundo, es algo que tiene que ver con lo que los teólogos morales contemporáneos llaman opción fundamental. Es algo que tiene que ver con la meta que uno tiene en la vida, con el cuadro, con la referencia en la que uno se mueve.

Uno no está pensando en la muerte a todas horas, así como el avaro no está repitiendo en su mente señales o signos de dólares, o de pesos. No los está repitiendo en su mente. Sin embargo, todos sus intereses, todos sus actos, todos sus esfuerzos, todas sus alegrías, todas sus tristezas, tienen el color del dinero, que es su opción fundamental.

Entonces, lo que se está diciendo aquí, es que si en la opción fundamental el hecho de morir está mal integrado, si hay un vacío, si hay un hueco, ahí pasa lo mismo que cuando tú tienes un edificio inmenso, y resulta que te das cuenta de que en el sótano algún chistoso ha ido tumbando las columnas del edificio, por lo que el edificio, aunque se sostiene precariamente, está a punto de derrumbarse.

La muerte es ese chiste triste. La muerte, el morir, es esa desgracia que pende en lo profundo de la vida. Y si una persona no ha integrado la muerte dentro de la vida, aunque ella no piense nunca en la muerte, aunque ella cumpla aquel refrán que citaba San Pablo: "Comamos y bebamos que mañana moriremos" 1 Corintios 15,32, esto hace que ella viva en la superficie de sí misma.

Aunque la persona se quiera olvidar de que se va a acabar, su misma actitud de no pensar en la muerte, de no reflexionar en ella, de no integrarla dentro de su vida, su esfuerzo desesperado por rechazar a la muerte, produce que la persona viva en la trivialidad; es decir, hace que la persona viva pegada de las cosas de esta tierra.

Por eso, cuando la muerte no se puede integrar en la vida, cuando aparece como un eco, como un monstruo que acecha las entrañas de la vida, y la persona, tratando de no pensar en éso, -de ahí que se hable de miedo a la muerte-, huye hacia la superficialidad o hacia los bienes de esta tierra.

Cuando eso sucede, hay un pastor tenebroso, hay un agente de maldad que es el demonio, que aprovecha esa circunstancia. ¿Para qué? Para que la persona, aferrándose a las criaturas, no vuelva su mirada hacia el Creador.

Así entendemos, me parece, un poco mejor lo que dice aquí. Así entendemos qué es ese miedo a la muerte. No es un miedo al morir. Es la incapacidad de integrar la muerte como parte de la vida. Por consiguiente, es la actitud de continua huida de lo trascendente, de lo definitivo y de lo eterno.

Y esa actitud aterrorizada, esa actitud superficial, necesariamente es aprovechada por el demonio, y necesariamente, se convierte en un obstáculo en nuestro acercamiento a Dios.

Teniendo esta claridad, ahora miremos qué es lo que ha sucedido con la muerte de Jesucristo. Las palabras de la Carta a los Hebreos son muy escuetas. Dice aquí: "Muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo" Carta a los Hebreos 2,14.

Resulta que la muerte tiene una estructura muy paradójica. Porque, por una parte, es completamente personal; yo no le puedo endosar mi muerte a nadie, ni nadie me puede pasar su muerte. ¡Es absolutamente personal! Pero, por otro lado, siendo lo más personal de cada uno de nosotros, es algo que nos pasa a nosotros, no es algo que nosotros manejemos.

¿Y esto qué quiere decir? Que nosotros, los seres humanos, amamos tener el control sobre nuestra propia vida, queremos tener el control sobre ella. ¡Eso no es malo! El problema es que queremos tener también el control sobre todo lo que tenga que ver con nosotros. Y en ese sentido, nos cuesta entregarle el control de nuestra vida a Dios, Nuestro Señor.

Precisamente, porque no nos atrevemos a entregarle el control de la vida a Dios, nos cuesta trabajo morir. Porque, el morir, finalmente, no lo voy a controlar yo, ni siquiera el que pretende controlar su muerte suicidándose.

Esas horas, o esos instantes, ese trance, definitivamente, es un misterio que se escapa del poder del hombre, de su ciencia, de su filosofía, de su historia, de sus esfuerzos, de sus afectos. Es algo que está más allá de él, porque es el momento en el que deja de ser, en el que tiene que gustar de la nada.

Y la consecuencia que se sigue de aquí es gravísima. Si la persona en ese instante, no puede fiarse completamente de Dios, entonces, ¿de qué se va a agarrar? Si intenta agarrarse de esa superficialidad, o de esas cosas pasajeras que han sido su vida, esas cosas, de algún modo, mueren también para él, porque él mismo ya no tiene fuerzas para agarrarlas.

Y esto quiere decir, que la única respuesta para la historia de la muerte, está en Aquel que nos hizo; ya que nosotros no nos hicimos a nosotros mismos. No obstante, si el ser humano ha vivido presa de ese terror del que aquí se nos habla, agarrado de las cosas de esta tierra, y no ha entregado el control de su vida a Dios, llegada la hora de la muerte se hunde en la nada, en el abismo. A eso se le llama el infierno.

Jesucristo es el caso de un Personaje que se sumerge en la muerte, que se entra en la muerte fiado de Aquel que le ha dado ser. Y detrás de Jesucristo, todos nosotros, los que creemos en Él, tenemos plena confianza, tenemos plena certeza, de que también en ese trance, podemos ser reconstruidos, podemos ser resucitados por Él.

Pero, esta verdad, como antes decía, no se refiere solamente al final de nuestra vida, sino se refiere a toda nuestra vida. Porque, una vez que la muerte ha quedado integrada en la vida, entonces ya no tenemos que asirnos desesperadamente a las cosas de esta tierra. Entonces, ya tenemos la mirada serena y podemos buscar, conocer y amar a Aquel que nos ha creado.

¡Esta es la maravilla, una de las maravillas que se pueden decir de la Redención de Jesucristo, Nuestro Bendito Señor y Salvador!