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Fecha: 19980908

Título: La Virgen Maria, Fruto Santo

Original en audio: 13 min. 54 seg.

Una vida con pleno sentido. Nacer: el Nacimiento de la Santísima Virgen María, nos invita a pensar qué significa nacer. Nacer es dar a luz, nacer es venir a este mundo, nacer es comenzar una vida.

Cada niño que nace es como un nuevo comienzo; cada niño que nace es como un libro que no está escrito. Así estábamos también nosotros el día de nuestro nacimiento, y a medida que va pasando la vida, se va escribiendo el libro. Por esto podemos decir que cada niño que nace es como un ensayo de humanidad, como un estilo, como una manera de humanidad.

Cada niño que nace es una obra inédita y por eso es lamentable que nos repitamos los unos a los otros a través del pecado: cuando la pereza, el orgullo, la violencia; cuando la impureza, la mentira, la codicia, salpican las paginas de tantos y tantos libros, uno siente pesar, porque uno siente que esas páginas que estaban, al principio, en blanco -no para que se quedaran en blanco, sino para que se llenaran de la historia de Dios en nuestra vida- quedan feamente salpicadas por las mismas manchas en todos los libros.

De manera que un primer motivo de alegría que tenemos hoy es ver, con los ojos del corazón, el comienzo de este libro que queda sin mancha, por decirlo así, una persona que vive su vida limpia ante Dios. Un ensayo que sí resulta. Una vida que sí tiene pleno sentido. Por eso, nos alegramos en el Nacimiento de la Virgen María.

Venir al mundo Pero nacer es también venir al mundo. Reflexionemos acerca de Quién se trata, de Quién es esta Ilustre Visitante que llega a este mundo.

Nuestra fe nos ha enseñado: se trata de la Inmaculada Concepción. Se trata de la creatura admirada, no sólo por los hombres, sino por los Ángeles. Y estamos hoy diciendo que ha nacido. Estamos diciendo que ha venido a este mundo. De manera que estamos afirmando que esa pureza que cantaba en el cántico, al comiezo de la Eucaristía, que esa pureza, fue llevada por Dios, fue conducida por El en este mundo.

Estamos diciendo que el mundo no tuvo poder sobre Ella. Estamos diciendo que, aunque vino a este mundo, y se condujo y vivió en este mundo, ni Dios tuvo miedo de que Ella estuviera en medio de los pecadores, ni Ella tuvo asco del pecado que la rodeaba, porque Ella, y Dios que la había creado, tenían misericordia y parece que la mejor protección contra el mundo, no es el aislamiento ni la lejanía, si no está, en primer lugar, la misericordia.

Lo que realmente hace que el mundo no nos dañe, es que nosotros le estemos haciendo bien. Lo que realmente hace que el mundo no nos ensucie, es que nosotros lo estemos limpiando. Lo que realmente hace que el mundo no tenga poder sobre nosotros, es que nosotros, unidos a Cristo, podamos decir: "Yo he vencido al mundo" (veáse San Juan 16,33).

Retirarse unos kilómetros de la ciudad y decir que estamos fuera del mundo; poner por medio unas puertas, paredes o rejas, y decir que estamos separados del mundo, no nos hace distintos del mundo, porque los kilómetros, las puertas, las rejas o los muros, son insuficientes, si los mismos que atravesamos esos kilómetros o esos muros llevamos, dentro de nosotros, las mismas semillas malas; si llevamos, dentro de nosotros, lo mismo que pretendíamos dejar.

Entendamos que el mundo es sumamente pegajoso y que cuando nosotros salimos del mundo, lo estamos llevando también con nosotros. Y también hay vanidad, y también hay mentira, engaño y soberbia, allí donde se quería retirarse del mundo.

La verdadera distancia del mundo no está en eso o, por lo menos, no está solamente en eso, y si se pretende quedarse solamente en eso, se convierte en algo ridículo, en algo que solamente sirve patra frustrar el alma y entristecer el corazón.

La manera de estar distante del mundo es tener para con él la actitud que él no puede tener para con nosotros, y esa actitud se resume en la preciosa palabra: misericordia.

La persona que tiene una infinita compasión para el mundo, y está empeñada en limpiar el mundo, esa persona tiene una distancia infinita: el mundo no le puede salpicar.

Este es el secreto de la perfección de la Inmaculada Concepción. El Corazón de María permanece inmaculado, el Corazón de María permanece limpio, porque Ella permanece limpia. Algo parecido a lo que dice aquella Bienaventuranza de Nuestro Señor: "Bienaventurados los que construyen la paz" (veáse San Mateo, 5, 9).

Eirenopoioi, dice en griego, los hacedores de la paz, los que hacen, los que producen la paz, esos tienen paz; los que ayudan a limpiar el mundo, esos son los que están limpios; los que ayudan a salvar el mundo, esos son los que están salvos.

Ahora bien, esto no lo podemos lograr nosotros tan sólo con nuestras propias fuerzas, ni María sacó de sí misma ello, sino que, unida al amor de Dios, se convierte en una gracia en una oferta, en una manifestación de la limpieza de Dios, del amor de Dios. Lo mismo que encontramos en su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Santidad del Cuerpo Una tercera reflexión que podemos hacer en el Nacimiento de la Virgen María, es que Ella es el fruto de una pareja, es el fruto de la intimidad, de la sexualidad de una pareja. Una antigua tradición nos da los nombres de los papás de la Virgen: Joaquín y Ana. Aunque fueran otros los nombres de ellos, lo que quiero destacar aquí es que es que esta flor bellísima nace de un matrimonio, nace de la intimidad, de la sexualidad de esa pareja.

Precisamente, ha sido una de las señales o uno de los criterios de discernimiento entre las doctrinas ortodoxas y las doctrinas heréticas. Las doctrinas heréticas, no han sabido qué hacer con la carne: o la exaltan, hasta llegar al libertinaje en la completa laxitud, o la hunden en el abismo, prohibiéndolo todo, incluso, el matrimonio, y haciendo de la materia el enemigo de Dios. No saben encontrar un punto medio y, con alguna frecuencia, se pasan de un extremo al otro.

Señal, en cambio, de la fe cristiana es ese bendito y maravillosos equilibrio para el cual hay un amor al cuerpo; hay un profundo amor, temor y respeto por el cuerpo, por el sexo, por la intimidad pero, sin embargo, en ese amor no hay traza de idolatría, sino actitud de agradecimiento y alabanza a Dios por lo que ha hecho, conciencia de los peligros que pueden asechar a la carne y, al mismo tiempo, ofrenda de esa misma carne, como sucede en la Eucaristía, para alabanza de Dios, para honor de su Nombre.

El Nacimiento de la Virgen María de las entrañas de Ana, y de la unión y el sexo y el matrimonio de Joaquín y Ana. El Nacimiento de María, esa carne limpísima salida de nuestro sexo, muestra el aprecio profundo, el amor profundo de Dios por su creatura, por el cuerpo; e indica, también, un camino cierto de santificación para las personas que tienen esa vocación matrimonial.

Ahora bien, este Nacimiento de la Virgen no sucede al margen de toda aquella historia de misericordias que Dios venía escribiendo en el pueblo de Israel.

Si Joaquín y Ana son los padres de esta preciosa Niña, la Virgen María, según hemos visto hoy, y Joaquín y Ana son también sus formadores, pues ello significa que son, de alguna forma, los herederos de todo el antiguo Testamento.

Las actitudes con las que Joaquín y Ana fueron educadores de María, son el perfecto resumen del Antiguo Testamento, y así, hicieron de Ella "Arca de la Alianza". Primero, de la "Alianza Antigua" y, luego, preparación y tabernáculo para la "Alianza Nueva." Concretamente: esa generosidad, esa continua devoción sólo es posible cuando los corazones son humildes,cuando son creyentes, cuando no presumen de si mismos, cuando tienen entrañas de misericordia, entrañas de compasión por el dolor de todo el pueblo.

De manera que Joaquín y Ana son santos, desde luego, como personas, pero son también el resumen, la herencia del pueblo santo. De algún modo, en ellos, generación tras generación, se han ido escribiendo las lecciones de humildad, de fe, de oración, de prudencia, que van a darle su forma al Corazón de la Virgen María.

Hoy la vemos recién nacida. Pero ese Corazón tendrá que ser formado, y cietamente lo será, ante todo, por sus papás. Ellos, que la han dado a luz con tanta alegría y generosidad, tendrán el bellísimo encargo de imprimir en el corazón de María los rasgos de los profetas, de los reyes, de los sabios y de los patriarcas. Y cumplieron su tarea divinamente, de modo que María llevaba la palabra de Dios, ya en su mente, ya en su corazón, y podía, por consiguiente, reconocerle en el anuncio del Ángel.

En el Nacimiento de María hay ya como un preludio del Nacimiento del Mesías: está preparada el "Arca de la Alianza", está preparado el "Tabernáculo", está preparado el tálamo en el que se va a celebrar la boda entre la naturaleza divina y la naturaleza humana. Este corazón fue formado por toda la herencia del Antiguo Testamento a través de las palabras y de los ejemplos de Joaquín y de Ana.

Bellísimo testimonio, bellísima imagen para animar especialmente a las parejas, y a quienes tienen la vocación matrimonial, en la educación de sus propios hijos.

Gocémonos, entonces, en esta celebración. Pidámosle a Dios que nos conceda las gracias propias de este Nacimiento.

De hecho, cuando los cristianos quisieron, de algún modo describir lo que había sucedido en ellos con la redención de Cristo, pensaron muy a menudo en las palabras: "nacer de nevo" (veáse San Juan 3,3-6).

Pues en este Nacimiento de María, un libro grato para que Dios lo lea; pidamos que nos conceda renovar nuestro bautismo, nacer de nuevo y escribir, en las páginas de nuestro libro, palabras de arrepentimiento, primero; de perdón, después; de gracia, más tarde y, finalmente, de gloria, de gloria a su Nombre, y de gloria a su amor.

Amén.