I245001a
Fecha: 20030919
Título: Aprendamos con humildad y con responsabilidad a evitar las discusiones inútiles
Original en audio: 10 min. 19 seg.
Detengámonos un poco en la primera lectura del día de hoy, encontraremos que en ese fragmento de la Carta de San Pablo a Timoteo hay como dos temas, el tema de las discusiones inútiles y el tema de la codicia; y creo que esos dos temas merecen nuestra atención, porque lamentablemente no envejecen.
Qué alegría sería para nosotros como cristianos y especialmente como predicadores poder decir: “tal pecado ya no se comete ya eso quedó en el pasado, ya eso envejeció”; pero lamentablemente el pecado como la mala hierba rebrota sin cesar y estas dos hierbas venenosas y las discusiones inútiles y la codicia del corazón han hecho daño y parece que seguirán haciendo daño.
Pero no según su antojo, porque hay manera de ponerles freno y eso es precisamente de lo que habla San Pablo en el pasaje que hemos escuchado.
Lo de las discusiones, es muy interesante, yo lo relaciono con una parte de mi vida, resulta que la primera formación profesional que tuve fue en los terrenos de la ciencia, estudiaba física pura en la Universidad Nacional de Colombia y el ambiente que se respiraba en esa facultad y el ambiente que se sigue respirando en muchos otros lugares de estudio es que la razón humana es la máxima luz y prácticamente la única luz que tenemos para asomarnos a los misterios del universo y para resolver los problemas de la sociedad.
Y hay como un orgullo y a veces explicito, otras veces escondido, hay como un orgullo de la razón y de todo lo que se puede conseguir con la razón humana, todo lo que se puede conseguir con la argumentación, todo lo que se puede conseguir con un experimento, con una teoría, con una hipótesis, con un tratado, con un buen artículo, bueno, ese trasfondo me hace mirar de un modo particular eso que ha dicho San Pablo.
Porque San Pablo siente desconfianza de las muchas palabras humanas, claro que alguien instruido en las Ciencias Naturales me escucha estas palabras me dirá este hombre, ya se le olvidó el asunto, nosotros más que palabras afirmamos la verdad hasta donde esté comprobada de las ecuaciones o de las teorías matemáticas que mejor se ajustan a los datos experimentales.
Pero yo respondería a quien me dijera esto, que esta es una posición muy ingenua al fin y al cabo una formula matemática entraña símbolos y un símbolo alude a un concepto y eso si que es lo más complicado del mundo, analicemos que es una fuerza, que es un campo, que es un electrón, que es una cuerda, en esa teoría de las cuerdas, para describir la materia, hagamos esas preguntas, las preguntas últimas y encontraremos que en la mayor parte de los científicos no hay un conocimiento completo ni mucho menos un acuerdo sobre esto.
O sea que nadie piense que la Ciencia Natural o que la Física está hecha solamente de ecuaciones, no, necesitamos los conceptos y necesitamos las palabras y en torno de palabras y conceptos sigue habiendo multitud de discusiones, mucho más si se trata de describir la realidad humana.
Uno de mis deportes favoritos es ver discutir psicólogos, haber quienes creen en el inconsciente y quienes despotrican del inconsciente, haber quienes consideran que un tratamiento tiene que remitirse a la historia de la persona y quienes consideran que toda terapia tiene que controlar los factores actuales y presentes, haber quienes consideran...
En eso también hay discusión, la ciencia entera es un murmullo, es un barullo de discusiones, lo cual no significa que sea inútil; pero sí indica que es demasiada ingenuidad pretender que la razón humana es la última, la grande y maravillosa luz que tenemos.
En efecto, y de eso nos habla San Pablo, en efecto el grave problema de la razón es que todo el mundo tiene una razón y cada persona interpreta las palabras y para el que quiera discutir siempre hay algo que se pueda preguntar, siempre hay algo que se quiera objetar y eso puede destruir el camino de la ciencia y mucho mas puede destruir el camino de la fe.
Las palabras humanas deberíamos ser más humildes al describirlas son como flechas que tratan de mirar que tratan de apuntar a las realidades más profundas, pero nuestras palabras hasta que punto nuestras palabras llegan a agarrar las cosas, de pronto eso es demasiado orgullo y si es orgullo decirlo de los electrones o de las cuerdas, pues es mas orgullo decirlo tratándose de Dios, tratándose de nuestra salvación, tratándose de Jesucristo, por eso san Pablo dice: “es una enfermedad andar planteando discusiones”, (1Timoteo 6, 4) una enfermedad estéril, una enfermedad que mata.
Por eso ¿a que nos llama el Señor con esta advertencia de Pablo? nos llama a utilizar con prudencia nuestra razón, porque el mismo Pablo, en otros lugares también nos dice que no podemos ser ingenuos y llevados por cualquier viento de doctrina, cada uno tiene que utilizar su propia luz, tiene que utilizarla con responsabilidad, pero también con humildad, la razón es una luz maravillosa; pero hay que utilizarla con responsabilidad sobre nosotros mismos y con humildad ante los misterios de la materia, de la vida, de la mente y sobre todo del espíritu de Dios, esa es la primera parte.
Luego está toda la problemática de la codicia, fíjate que lo de las discusiones es como una enfermedad de la inteligencia, la codicia que aquí no es solamente es afán de dinero en este texto de Pablo, la codicia es como la enfermedad de la voluntad.
Porque ¿qué es la enfermedad de las discusiones que llamaba San Pablo? es pretender que uno sabe demasiado, es como una deformación por exceso, en cuanto a la inteligencia, es muy interesante el argumento de Pablo, porque lo que está diciendo es que la fe, la piedad y la religión son grandes negocios.
Para quien no tiene la enfermedad de la codicia, es decir, el que no desea demasiado recibe muchísimo, en cambio el que se excede en su deseo, el que pretende mantenerse insatisfecho y anda buscando por todas partes y no se sacia de bienes o no se sacia de placeres o no se sacia de aplausos o no se sacia, aquel que no encuentra saciedad, aquel que no encuentra descanso, termina destruyéndose así mismo.
Si antes dijimos que se necesitaba responsabilidad y se necesitaba humildad para la inteligencia, repitamos ahora lo mismo para la voluntad. ¡Qué hermoso! tener la capacidad de desear, que hermoso tener la capacidad de amar. El deseo surge del amor, precisamente deseamos aquello en lo que nos sentimos más amados o que nos parece más amable.
Qué hermoso poder desear, que hermoso, porque ese es el motor de la vida, imaginémonos una persona sin ningún deseo no se levantaría durante el día, no se alimentaría, no respiraría, buscaría la muerte, no desear nada es desear la nada y no desear nada, es decir, desear la nada es desear la muerte y eso no lo quiere Dios.
Eso del budismo, que consiste en matar los deseos y no desear nada para no sufrir nada, eso es absolutamente contrario al cristianismo.
El cristianismo, muy al contrario, es la educación de la inteligencia para que reciba plenitud con la fe y la educación de la voluntad, para que reciba plenitud en el amor.
De manera que si antes pedimos responsabilidad y humildad en el ejercicio de la inteligencia, ahora tenemos que decir lo mismo de la voluntad, responsabilidad y humildad; responsabilidad significa “sí tengo que desear y sí tengo que aprender a desear” pero humildad significa “qué tengo que aprender a desear y qué está más allá de lo que me conviene”.
Aquí resumimos todo que el Señor nos conceda responsabilidad y nos conceda humildad en nuestra capacidad de entender y en nuestra capacidad de amar.