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Fecha: 19970101

Título: La Virgen Maria como Madre de Dios

Original en audio: 9 min. 42 seg.


Queridos Hermanos:

Son tantas las expectativas que muchos de nosotros tenemos cuando empieza el nuevo año que la celebración religiosa de este día, el motivo que nos congrega como cristianos puede quedar inadvertido, como distraído en medio de las alegrías, de las promesas, de las esperanzas del año que comienza.

Pero resulta que la celebración religiosa de hoy, es de lo más importante que tiene la Iglesia, y por eso me alegro de esta numerosa concurrencia y del espíritu de fe y de participación que mueve esta asamblea.

Hoy estamos celebrando a la Virgen María como Madre de Dios. Son varias las celebraciones de la Virgen a lo largo del año litúrgico. Algunas de ellas tienen su fuente en un misterio bíblico, como por ejemplo la Anunciación o la Visitación.

Hay otras celebraciones que tienen que ver con la vida misma de Ella y la obra que Dios hizo en Ella como persona humana y así tenemos la Inmaculada Concepción de la Virgen o su nacimiento.

Otras celebraciones, en cambio, tienen que ver con las manifestaciones providentes que esta misma Virgen María ha hecho por permisión y amor de Dios en nuestra historia humana, como por ejemplo, Nuestra Señora de Guadalupe o Nuestra Señora de Chiquinquirá.

Pues bien, me atrevo a decir que más importante que esas tres clases de celebraciones es la de hoy. Porque todo lo que es María en la historia de la salvación, todo lo que es Ella en la victoria de nuestra fe, todo lo que es Ella para el pueblo cristiano, todo tiene su raíz en el misterio que hoy estamos celebrando ocho días después de Navidad.

Efectivamente, si Ella es lo que es, es porque es Madre de Cristo Dios. Precisamente porque esa es su vocación, su ministerio, ese es también su modo se servir a Dios, su modo de servirnos a Nosotros.

Si se le llama Madre de Dios no es porque sea mayor que Dios, no, sino porque Dios, en cierto modo, se hizo más pequeño que Ella y que todos, en el misterio de su anonadamiento y en el misterio de su encarnación la llamamos Madre de Dios porque su Hijo verdaderamente es Dios, así como verdaderamente es hombre, por eso la llamamos Madre de Cristo Dios, por eso reconocemos en Ella la Madre de nuestra salvación, y porque de Ella hemos recibido nuestra salvación, porque a través de Ella y de Ella viene la gracia que nos salva, por eso también la llamamos Madre de la Iglesia, Madre del pueblo cristiano.

Esta celebración es entonces como la raíz, la fuente de todo nuestro amor, de toda nuestra veneración, de toda nuestra confianza en la santa Virgen María.

Y está muy bien que se haya puesto esa celebración en este día. Antes la Iglesia celebraba en el primero de enero la Circuncisión de Nuestro Señor;,huella de esta antigua celebración queda en el evangelio que hemos escuchado, cuando se hace una discreta alusión a ese momento en el que le fue dado su nombre al Niño, el mismo nombre que el Ángel había pronunciado, el mismo nombre en quien está nuestra salud.

Jesús, Joshua, en hebreo o en arameo, palabra que significa “el Señor salva” y Éste es el que ha nacido en Navidad y Éste es el fruto bendito del vientre de Maria.

Está muy bien esta celebración al final de la Octava de Navidad. En el actual calendario litúrgico la Iglesia Católica tiene dos Octavas.

Los instrumentos de teclado como el órgano, el piano o el acordeón tienen también octavas. Se llama una octava a la secuencia de notas que va desde un cierto tono hasta la repetición de ese tono con una frecuencia doble, como por ejemplo: do, re, mi, fa, sol, la, si, do. Eso da ocho notas y una octava es el elemento básico, como el ladrillo con que se construye toda la música.

Así como hay una octava en la música hay una octava en el tiempo, porque también los dias tienen su octava, desde un domingo hasta el otro domingo, incluyendo el principìo y el final hay precisamente ocho días; y así en esos ocho dias como que está toda la música, toda la armonia de una celebración.

La iglesia tiene dos Octavas: la Octava del día de Pascua que va desde el domingo de Resurrección hasta el segundo domingo de Pascua (ocho dìas) y la Octava de la Navidad que va desde el venticinco de diciembre en que celebramos la Natividad del Señor hasta el primero de enero en que celebramos a María, Madre de Dios.

Y está muy hermosa esta Octava de Navidad que hoy estamos concluyendo solemnemente, porque mire usted: el venticinco de diciembre celebrabamos al Hijo de María y el primero de enero celebramos a la Madre de Cristo; el venticinco celebrábamos al Hijo de la Virgen y hoy celebramos la maternidad de esa Virgen.

De ese modo, a lo largo de esos ocho dìas hemos recorrido los elementos principales, las notas fundamentales de la hermosa armonía con la que Dios quiso entrar a esta tierra, armonía que se resume muy bien en el cántico de los Ángeles, que tiene su prolongación en el himno de la Iglesia, aquel Gloria que hemos proclamado ya en este día.

De manera que tenemos hoy la conclusión de la Octava de Navidad: durante estos días hemos podido recorrer las características fundamentales de anodadamiento, de belleza, de sencillez, de pobreza, de fe, de todos aquellos misterios que acompañaron la llegada de Cristo a este mundo.

Pues bien, hay que guardar esta melodía de la encarnación en el corazón porque luego oiremos al término de los dìas santos de la Semana Mayor otra melodía que nos volverá a hablar de sencillez, de fe, de humildad y de anodadamiento. En efecto el mismo Cristo, que empezó su vida en la humildad del pesebre acabó su vida en la humildad de la cruz.

Y se ha puesto usted a pensar que con toda probabilidad ¿los primeros ojos que vió Jesús de bebé, el Niño Dios, fueron los de María? pues bien el mismo Cristo que vió en Belén los ojos de la Virgen en Jerusalén y en la Cruz, se despide de esta tierra contemplando también la mirada de su Santísima Madre y siempre Virgen María.

Ella está en el principio y final de la vida de Cristo; Maria está allí dando como el tono fundamental de fe que acoge a la revelación del Hijo de Dios. Maria Santa está en Belén y en Jerusalén, y es Ella la que ayuda a armonizar nuestro corazón para que escuche las octavas de la Navidad y las octavas de la Pascua.

¡Bedita sea esta Virgen fecunda por quien nos ha llegado la Salvación!