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Mayo 4 2001/05/11 11 min. 58 seg.
El apóstol San Pablo aplica la frase del Salmo segundo “Tu eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy”. La aplica a Jesucristo. Esa frase la decían los hebreos aplicándosela al rey en el día de la coronación y Pablo la aplica a Cristo en el día de la Resurrección. La Resurrección del Señor es precisamente, su entronización, es el acto que lo constituye como Señor.
Los hebreos decían al rey, como de parte de Dios, “Tu eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy”, porque desde ese momento el rey como que condensaba, reunía en su propia persona, lo que todo el pueblo era. Todo el pueblo se sentía Hijo de Dios, pero el rey como una especie de embajador de todo ese pueblo, escuchaba esa palabra, y esa es la misma palabra que Pablo pronuncia refiriéndose a nuestro señor Jesucristo con motivo de su Resurrección. De aquí podemos entender que la Resurrección de Cristo es como una ventana que nos permite mirar su relación con el Padre.
Estaba yo reflexionado en estas cosas, en una celebración que tuve esta mañana, y me pasó una cosa muy bonita, muy linda. Porque cuando llegó el momento de la fracción del pan, cuando todos cantamos el Cordero, entonces sentí como si como si Dios Padre me aclarara algunas cosas sobre esto. Y quedé tan convencido y sentí tanta alegría de eso, que a mi me pareció que me había dicho Papá Dios. Que dije, esto tengo que compartirlo.
Yo no se si se entiende mucho o si se entiende poco, yo no se si me puedo expresar bien, pero de todas maneras, yo quiero compartirles lo que sentí que me inspiró yo digo que Dios Padre, porque era una palabra muy especial, algo que yo no había conocido, que desde luego tampoco merezco, que seguramente le puede pasar, o le habrá pasado a otras personas.
Entonces lo que les voy a decir ahorita, hay que ponerlo entre comillas, porque es como si Dios Padre estuviera hablando de esta frase y de este misterio. En fin, lo que oí fue más o menos esto:
“El misterio de la Resurrección de mi Hijo, es vuestra oportunidad para entrar en el misterio de lo que Yo soy.
Muerto mi Hijo en el sepulcro, en medio de la desolación, de la noche y del silencio, hay una imagen de esa presencia, sola presencia mía. Mirad a Cristo en el sepulcro, Cristo muerto, y pensad que es como una imagen que deja al Hijo yerto en los brazos del Padre.
La muerte es una imagen de la nada y el Hijo muerto en mis brazos es como una imagen de un Padre sin Hijo. Es como entender que al principio esta solamente el Padre, no en un principio de tiempo porque si hubiera tiempo, estaría el Padre y estaría el tiempo. Solamente el Padre porque la Resurrección de Cristo tampoco está encadenada por el tiempo. Y entonces, solamente de Mi, solamente de Mi poder, solamente de mi gloria, solo de Mi, proviene la vida, la vida de mi Hijo, la vida del Resucitado.
Precisamente porque Cristo muerto en el sepulcro es el resultado del fracaso de todo humano esfuerzo y de toda humana palabra, dentro de ese sepulcro solo es poderosa mi voluntad. Dentro de se sepulcro, dentro de ese espacio, no hay criatura que pueda intervenir. Ni el demonio, que gastó todo su odio en la Cruz, ni los santos ángeles, que presenciaron, impotentes podéis decir, la oblación de mi Hijo, no el mismo en cierto modo, que esta yerto en mis brazos.
Allí hay una imagen de lo que significa Solo el Padre y por eso en la Resurrección de mi Hijo, tenéis perfecta imagen de lo que significa: El Padre ha engendrado al Hijo. Y por eso en la Resurrección de mi Hijo, tenéis manera de contemplar el misterio que sucedió antes de todos los siglos, la manera como mi Hijo es engendrado solamente de Mi y la manera como Yo soy su Padre. Solo en la Resurrección de mi Hijo Jesucristo tenéis imagen y sacramento perfecto para avanzar con certeza, con humildad, con luz y con amor hacia el misterio de lo que Yo soy.
Y en ese misterio, de la Resurrección, misterio que entonces es imagen del modo como le he engendrado antes de los siglos, ahí podéis descubrir también la fuente del amor.
Podéis decir, que ese sepulcro de piedra, es como un recinto que ya está a salvo de los dardos del pecado, de las incidías del enemigo y de todo el que no sea Yo. Por eso en la oquedad del sepulcro, se renueva de un modo que saben contemplar los que me aman, se renueva el misterio de lo que Yo mismo soy, no porque Yo me repita, sino porque mi Hijo ha querido revelar todo lo que soy, no solo con su vida y con su muerte, sino también con el esplendor de su Resurrección.
Y en ese recinto a donde el hombre ha querido encarcelar a Dios, en ese recinto acontece, estalla, explota el tamaño de mi amor, que no tiene fronteras. Y así como en la Cruz pareció que se deshacía toda la creación, así también en la Resurrección se restaura en su pureza original mi designio, y así también en la Resurrección, cosa que no era debida por nadie, sino pura misericordia mía, se muestra el origen mismo de mi propio Hijo y el comienzo del amor que (acaba la grabación)….”
Amén