I242001a
Fecha: 19990914
Título: La santidad: equilibrio en las virtudes humanas y exceso en las virtudes teologales
Original en audio: 14 min. 27 seg.
Podemos decir que las dos lecturas de hoy nos invitan a considerar dos aspectos del ministerio. Un aspecto sorpresivo, extraordinario, inesperado, profético, carismático, ese es el que aparece en el evangelio, y tiene su ejemplar en nadie menos sino en Jesús mismo.
No podía ser más triste este cortejo, no podía ser más cruda esa realidad, sin embargo, una sorpresa, una maravilla, algo extraordinario que aparece en medio de la triste historia humana.
Junto a ese aspecto, la Primera Lectura nos invita a considerar lo que podríamos llamar la dimensión institucional del ministerio.
Se habla ahí de los epíscopos, que eran como los principales responsables dentro de la comunidad, esas comunidades jóvenes del siglo primero; se habla de los diáconos y se habla también de las mujeres.
Parece, de acuerdo con los exegetas que cuando dice el Apóstol “las mujeres sean respetables, no chismosas, sensatas y de fiar en todo”(véase 1 Timoteo 3,11), aunque esos consejos son útiles para muchas mujeres, parece que aquí se aplican particularmente a las esposas de estos epíscopos o de estos diáconos.
En esa primera lectura está el aspecto institucional del ministerio, de lo que se trata es de gobernar la Casa de Dios, se trata de conservar la sana doctrina, se trata de ser respetables ante los que no creen, se trata de conservar la mesura, el equilibrio, por ejemplo, es muy diciente esa recomendación a los diáconos: "Que sean hombres de palabra, no acostumbrados a beber mucho" (véase 1 Timoteo 3,8).
No dice que no beban sino que tengan la medida. Realmente la Iglesia, en su dimensión institucional, tiene que conservar la medida, tiene que conservar el equilibrio; pero en su dimensión profética o carismática, tiene que ser excesiva, tiene que ser exagerada.
Por eso digo que las dos lecturas de hoy nos ayudan a ver como dos caras de la Iglesia, porque la Iglesia misma es ministerial, la Iglesia misma es servicio.
En cierto sentido, hay que conservar la medida, conservar la mesura, conservar el equilibrio y la sensatez, pero en otros aspectos, hay que apostar por lo inédito, por lo inesperado, por lo extraordinario.
Es muy difícil encontrar estas dos dimensiones, casi contradictorias, armonizadas en una sola persona; y por eso podemos decir que hay santos que se caracterizan por su exceso, así como otros santos se caracterizan por su equilibrio.
En nuestra misma Orden Dominicana, encontramos santos equilibrados, sosegados, príncipe de los cuales es, desde luego, Santo Tomás da Aquino, por lo menos en su obra; su vida, la dimensión mística de su vida es otra cosa, pero su obra, que es lo que más conocemos de él, es un monumento al equilibrio, a la sensatez; siempre se la compara con una catedral armónica, gigantesca, contrabalanceada.
Otros, en cambio, son santos excesivos, como por ejemplo Catalina de Siena; "mi naturaleza, dice, es fuego"; excesiva, le escribe a todo el mundo. Los cardenales franceses eligieron al antipapa, catalina pide papel y pide que alguien le ayude a escribir, porque parece que ella no sabía escribir, y manda cartas a una y otra parte.
Esto que decimos de la Iglesia, esto vale también para la santidad en la vida cristiana. La santidad tiene que tener equilibrio en algunos aspectos, pero tiene que tener exceso en algunos aspectos.
La santidad tiene que tener firmeza, pero también audacia; la santidad no se improvisa, pero tampoco se construye. Es muy difícil para el corazón humano, realmente es imposible para el corazón humano, sin la ayuda del Espíritu Santo, encontrar como esa armonía entre estos dos aspectos.
Porque uno quiere ser o un auto constructor, que siente que cada día está poniendo un ladrillo; entonces hacemos torres de Babel espirituales, creyendo que con nuestros ejercicios, con nuestros esfuerzos ya estamos casi rozando las nubes, "y Dios tiene que saber que esto me está costando trabajo, y Dios tiene que hacer de mí una persona muy santa, muy santa, porque es mucho el trabajo que esto me ha costado, y ya le he metido es una vida a este asunto."
Ahí, sentimos que somos constructores, que estamos construyendo, la santidad, no creo yo que se construya en ese sentido.
En otro sentido hay otros que son, o somos, de la línea improvisada. Creemos que con algún chispazo, con alguna inspiración, con alguna buena idea que nos llegue, con una corazonada, ya se puede hacer todo. Fíjense que esas dos cosas son también dos temperamentos que hay dentro de la Iglesia.
Hay personas que van a lo seguro, miran con recelo todas esas novedades: "¡Quién sabe, quién sabe cómo será!, mejor mantenernos en lo seguro, mejor mantenernos en lo conocido, en lo firme."
Otras personas, en cambio, sienten alergia a las estructuras demasiado estrechas y quieren dar vida, muchas veces vida desordenada. ¿Cómo ser el mismo y al mismo tiempo crecer? Es lo que se llama la evolución homogénea.
Como le pasa a uno. La naturaleza es el mejor ejemplo de lo que deberían ser estas dos dimensiones.
Hace unos años veinte o treinta años yo no tenía ni la experiencia, ni lo que he recibido, ni el tamaño que tengo ahora; sin embargo, la naturaleza mía fortalecida por el alimento y por todos los otros bienes que tantas personas me han ofrecido, pues se ha convertido en esto que soy, y yo siento que soy el mismo, he crecido en muchos aspectos, este es el ideal del crecimiento.
Especialmente los que están al frente de las comunidades, por ejemplo, religiosas o parroquiales, o diocesanas, tiene muchas veces que romperse la cabeza a ver qué hacemos para no caer en la rutina y tampoco en la novelería, ¿cómo hacemos ahí? Porque no se puede depender de la vanidad, pero tampoco se puede depender de la tradición.
Presentar como razón: "Es que ahora se hace así y esa es la moda", eso no puede ser en la Iglesia, pero presentar como razón: "Es que siempre se ha hecho así y esa es la tradición", eso tampoco puede ser razón en la Iglesia.
No son muchos los santos que encontramos que hayan tenido esa combinación, pero definitivamente, uno de ellos, es precisamente nuestro fundador, Santo Domingo de Guzmán.
Un inmenso equilibrio, una inmensa fidelidad, y al mismo tiempo, un arrojo incomparable, una audacia manifiesta. Pidamos a Santo Domingo que regale torrentes de ese Espíritu que lo invadió a él, que ruegue por nosotros y por toda la Iglesia, y abramos nuestro corazón.
Hay una pista que aprendí de Santo Tomás de Aquino y que puede orientarnos en este sentido, y con la cual termino mis palabras. Santo Tomás distingue las virtudes más propiamente humanas y las virtudes teologales.
Las teologales las conocemos: fe, esperanza y caridad. Las propiamente humanas son las cardinales: justicia, fortaleza, prudencia, templanza; esas son las humanas. La idea que nos da Santo Tomás es: en las virtudes humanas, buscar el equilibrio, en las virtudes teologales, tender al exceso, al infinito.
¿Cuánto debo creer? Creer con medida, sosegadamente, con equilibrio; no, señor, hay que creer con toda la fuerza, creer como si ya el Señor estuviera a las puertas, creer con todo el vigor, con toda la potencia del alma.
¿Cuánto hay que esperar? ¿Qué puedo yo esperar de Dios? Todo, mil universos como este y más; todo el cielo, toda la dicha, todo el perdón, todo se puede esperar de Dios, todo.
¿Y cuánto debo amar a Dios? Ahí sí el infinito de los infinitos, el máximo, mucho más de lo que pueda soñar; acelere, acelere al máximo; arda, quémese; en eso, exceso.
Con respecto a la justicia: ahí sí necesitamos mesura. Con respecto al la prudencia, a la templanza y a la fortaleza: mesura.
Se ve muy bien en la templanza, por ejemplo, Santo Domingo era templado para comer, dicen los escritos.
Y tener templanza; ¿y en dónde está la templanza? Pues es una sobriedad, una especie de autodominio; pero la persona que dijera: "no como más", se convierte en un templado, en un anoréxico.
La persona que dice: "sí como más", se puede convertir en uno de nosotros, en algunos de nosotros, no dije todos. Hay que tener cierta templanza. La templanza está en eso, en el equilibrio.
Por eso en las virtudes humanas hay que tender al equilibrio y en las virtudes teologales a la exageración.
Con este criterio se pueden hacer muchas obras buenas porque uno, por ejemplo, ¿que debe hacer un superior? Un superior debe pensar cómo garantiza la justicia de acuerdo con la ley, pero sanando infinitamente a todos los implicados. Cuando eso se logra, se da el verdadero pastoreo.
Lo mismo sucede con respecto a la fortaleza y a las demás virtudes. ¿Qué debemos hacer, por ejemplo, con respecto a las vocaciones? Hay que tener equilibrio y pies en la tierra, no nos podemos encerrar y que nadie sepa de nuestra existencia, y relegar solamente a los Ángeles la promoción vocaciones; no se puede.
Hay que aprovechar las amistades, que más o menos se tienen; las oportunidades, que sensatamente se van presentando; esa es la parte nuestra.
¿Y qué podemos esperar nosotros de ahí? Pues en el ejercicio de la esperanza podemos esperar mucho, porque si esa persona, que llegó sensatamente a la puerta del monasterio, cuando nos mira a la cara, ve resplandecer una esperanza infinita, ahí se une, por decirlo así, lo humano y lo divino, y el efecto se logra.
La Iglesia entera necesita cultivar esas del equilibrio de la sensatez, necesita ser, como dice San Pablo de estos epíscopos, "con buena fama ante los de fuera"; necesita saber gobernarse con orden en su propia casa" (véase 1 Timoteo 3,4-7), esto necesita la Iglesia, pero sobre todo necesita excesos.
Milagros que Dios dé, no que nosotros nos inventemos; milagros que Dios dé, y Dios los da, milagros maravillosos, gente que resucite, señales, señales grandes.
Con esas señales y con ese equilibrio, con esas virtudes humanas y teologales, puede la Iglesia ser instrumento, sacramento de salvación para el mundo.