Ao22003a
Fecha: 20110828
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Yo he llegado a pensar que entre los personajes del Antiguo Testamento pocos tiene tanta semejanza con Jesús como el profeta Jeremías.
Yo creo que la lectura de hoy me da la razón. Estamos hablando del capítulo veinte del profeta Jeremías, en la primera lectura de hoy, y ahí describe el el profeta un poco de su drama interior: él se da cuenta de que su labor, su ministerio profético lo mete en problemas y trata entonces de llevar una vida más cómoda, es decir, una vida de menor compromiso con la causa de Dios.
Quiere deshacerse de esa cercanía con Dios porque ve que le trae muchos problemas.Yo creo que es algo que muchos lo podemos entender porque quizás lo hemos hecho, quizás nosotros hemos sido o somos de aquella personas que en ciertos momentos sacan a relucir su fe, pero en otras oportunidades prefieren pasar disimulados, preferimos que no se nos note demasiado la fe, preferimos que no se nos señale.
El Papa Bendicto decía, en uno de sus viajes apostólicos, que una de las formas de persecución que tiene el mundo moderno es ponerlo a uno en ridículo, y aunque a todos nos duele estar en ridículo o quedar en ridículo, hay edades en las que uno es especialmente sensible a ese tema.
Quizás, pensemos en un adolescente, pensemos en una jovencita que tiene un pequeño grupo de amigos y además esos amigos son como su mundo, porque los jóvenes hoy en día suelen estar demasiado solos, los papás, o no tiene el tiempo, o no tiene el lenguaje, o las cosas no se dan para una comunicación mucho más cercana, mucho más entrañable, y por las razones que sean los jóvenes quedan muchas veces a su propio arbitrio, y en manadas, en pequeños grupos, en pandillas, en círculos de amigos quieren encontrar todo un mundo, un mundo de afectos, un mundo de referencias y valores