O311001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19961104

Título: El sacerdocio ha nacido del corazon de Cristo

Original en audio: 30 min. 27 seg.

CONTINÚA LA REVISIÓN........................................

Queridos Hermanos:

La providencia de Dios todo lo dispone con sabiduría y con misericordia para nuestro mayor fruto. Sí, realmente, quien medite en la obras de Dios, tiene que concluir aquello a lo que nos invita Cristo en el Santo Evangelio: "Está destinado a que vayáis y deis fruto y un fruto que permanezca" (véase San Juan 15,16). Es parte de la providencia el ofrecimiento, la oferta de gracia que nos hace nuestra Madre la Iglesia con las lecturas y con la celebración.

Realmente, la liturgia de cada día es una continua providencia de Dios sobre su pueblo que sabe alimentarnos con su Palabra y que sabe sostenernos con su gracia.

Celebramos hoy la primera Eucaristía presidida por Fray Antonio, ordenado el día de ayer de manos de monseñor Agustín Otero, obispo auxiliar de Bogotá. Y pienso que las fechas mismas que rodean este acontecimiento, son ya una expresión de la providencia de Dios y son también una primera ocasión de meditación para nosotros.

En efecto, quienes recibieron el día de ayer su ordenación como diáconos o como presbíteros, quisieron que fuera precisamente el tres de noviembre, fiesta para la Orden de Predicadores de San Martín de Porres. Ese sello de humildad y de caridad; ese sello de contemplación y de generosidad; ese sello de penitencia y de fraternidad, quedará indeleble en el corazón de cada uno de los tres diácanos y de cada uno de los dos presbíteros que ayer recibieron su ordenación.

Hoy, cuatro de noviembre, la Iglesia nos invita a recordar con gratitud la santidad de Carlos Borromeo, obispo, que tuvo como misión y como carisma, poner en práctica las enseñanzas del Concilio de Trento, allá para su diócesis en Milán. Obispo que también, como bien nos lo muestran las lecturas, o la Segunda Lectura, concretamente, del Oficio de Lectura, así llamado obispo, que también comprendió que es inpensable la renovación de la Iglesia, sin la renovación de la santidad en los sacerdotes.

La Carta Pastoral que nos propone la Iglesia para el Oficio de Lectura de hoy de San Carlos Borromeo, es ya una homilía digna de ser escuchada con atención y devoción, especialísimamente por quienes hemos recibido el sacramento del Orden. De modo que si ayer, la humildad de Martín nos invita a ser agradecidos, hoy, el celo pastoral de Carlos Borromeo, nos invita a ser cuidadosos.

Bien podría servir de resumen de la vida de Carlos Borromeo aquella expresión de la Carta del Apóstol San Pablo, "cuidate a ti mismo y cuida la doctrina"(véase ), frase que por sonoridad y por la frecuencia con que fue predicada en retiros espirituales para sacerdotes, todavía se recuerda mucho en latín, "cuida de ti mismo y cuida también la enseñanza", "vigila sobre ti y vigila sobre tu predicación".

No termina ahí la magnanimidad y la generosidad de la providencia de Dios con estas fechas. Litúrgicamente, hoy es lunes de la semana trigésima primera del Tiempo Ordinario. El cuatro de noviembre en otros años no coincide necesariamente con este lunes treinta y uno. Y las lecturas que hemos escuchado, que son precisamente las de este lunes treinta y uno o trigésimo primero, según se quiera decir, tienen también enseñanzas abundantes y fecundas para el ministerio diaconal y presbiteral de mis hermanos.

De manera que si en ocasiones parece como difícil encontrar este tema de meditación o predicación, hoy casi diríamos lo contrario, abunda por la liturgia, abunda por la Palabra de Dios, abunda por la alegría del corazón; mucho qué exponer, mucho qué meditar en nuestro corazón y sobre todo mucho qué agradecer, mucho por qué bendecir a Dios Nuestro Padre.

En esta ocasión yo quisiera invitarles a que nos acercáramos juntos al Corazón orante de Jesucristo. En la Eucaristía conventual de esta mañana, el padre José María Prada, quien predicó, nos hacía una hermosa meditación sobre la comprensión del sacerdocio ministerial, a partir de su relación con Cristo. En este momento no voy a intentar repetir la exposición maravillosa del padre, pero sí quiero que nos acerquemos al Corazón orante de Cristo, porque conmueve mucho el corazón nuestro pensar que el sacerdocio ha nacido del Corazón de Cristo.

El sacerdocio ministerial ha nacido de la oración de Cristo, como bien nos dice el evangelio de Lucas: en el momento de la elección de los doce, "Jesús pasó la noche en la oración de Dios" (véase san Lucas 6,12). Esto quiere decir que aquellos a los que llamó como discipulos suyos, pero también como testigos después de su resurrección, pero también como columnas de la Iglesia, pero también como fundadores de las iglesias y de la Iglesia, esos hombres nacieron de la oración de Cristo, cada uno de ellos es una prolongación de su misericordia y por eso cada sacerdote ha nacido también de esa misma ternura, de esa misma piedad de Jesús.

Jesús para poder perdonar a más y más personas, para poder bendecir a más y más multitudes, para hacerse escuchar de muchos hombres y de muchas culturas; Jesús, para vencer toda barrera en el tiempo y en el espacio, encontró un camino de misericordia, un camino de providencia, precisamente a través de sus discípulos en quienes quiso prolongar su presencia de modo singular. Si nos imaginamos, si levantamos nuestro corazón a la consideración de la vida de Jesús El, el perfectamente Santo, El, el de corazón limpio, tenía que sentir vivísimo dolor por el estado del mundo.

Le decía una vez a alguien que Jesús al abrir los ojos de su Cuerpo, de su Corazón, de su razón al estado del mundo, ya en su primera infancia, tuvo que haber sentido más o menos lo que se siente después de que una terrible batalla ha sembrado de muerte, ha sembrado de enfermedad, ha sembrado de mitigación y de orfandad a una región.

Quizá recordamos todavía fotos, por ejemplo, imágenes que nos han transmitido los medios de comunicación, retratándonos lugares donde tristemente la guerra se ha llevado. Pues bien, lo que Cristo encontró al abrir sus ojos a la vida, fue algo parecido: vidas despedazadas, corazones rotos, eso que oímos proclamar en Lucas 4, haciendo suyas las palabras del profeta Isaías: "He venido a vendar los corazones heridos, a evangelizar a los pobres" (véase San Lucas 4,18). Eso no se lo estaba inventando Cristo en ese momento, esa había sido la gran meditación de su alma desde su primera infancia.

Porque Jesucristo empezó a ser Redentor, no en el momento de la Cruz, ni en el momento de la predicación. Cristo empezó a ser Redentor ya desde niño, ya desde joven, cuando su Corazón, en vez de entrenarse en la impureza o el pecado, en vez de entrenarse en el orgullo, la fanfarronería, la vanidad, se entrenó en amar, se preparó en el amor, se consolidó en el amor.

Ese Corazón de Cristo consolidado así en la compasión, es el que exclama en Lucas 4, que: "Ha venido a evangelizar a los pobres" (véase San Lucas 4,18); es que le dolía el dolor del mundo, es que sentía misericordia por nuestra miseria, y sentía que, de alguna forma, de muchas formas, había que vendar esos corazones, había que reparar esas vidas.

Había que repararlas, no solamente por un acto de compasión humana, no solamente por un acto de misericordia, que también puede darse en nosotros, la razón última del amor que hay en el Corazón de Cristo, no es simplemente la ternura o la espontánea compasión por ver sufrir a un prójimo, es que en cada uno de esos prójimos hay una imagen lastimada de Dios.

Hay que saber, hermanos, que una persona que vive en pecado mortal es como una blasfemia que camina, es una ofensa continua a la gloria de Dios. Una persona que ha perdido la gracia y que así vive, no vive, muere, arrastra su muerte.

Una persona que ha perdido la amistad con Dios es una continua ofensa a la gracia de Dios, es una caricatura, ya no una imagen de Dios, y en este sentido, el Corazón de Cristo sufre, no solamente por ver a un hermano sufrir, sino por ver a un Dios ofendido, tantas veces ofendido.

Cuántas vidas conocía, tantas veces olvidado y blasfemado, cuántas historias estaban rotas y alejadas de la gracia, por eso, en lo mas íntimo del Corazón de Jesús, hay una fuente profunda, un torrente de amor humano y divino a la vez. Es precisamente lo que celebramos, cuando celebramos el Corazón Sacratísimo del amor de Nuestro Señor. Hay una fuente humana y divina que quiere al mismo tiempo y con un mismo acto, que Dios sea glorificado y que el hombre sea salvado.

Y Cristo como una especie de obseso, como una especie de perdido enamorado, como un ebrio de amor, como decía Santa Catalina de Siena, busca de mil modos y por mil caminos, ofrecer la ternura y la salvación de Dios a esas vidas que parecen perderse irremisiblemente.

Esa es la explicación de la predicación de Cristo. El mismo Cristo que con una palabra ahuyenta los demonios, el mismo Cristo que con un gesto de sus manos calma la tempestad, el mismo Cristo que hace huir la enfermedad con su sola presencia, es el mismo Cristo que perdona los pecados, parece que sólo con desearlo tan sólo con quererlo.

Es el mismo Cristo que agota su vida, cansa su Cuerpo, quema su vida, agota su existencia como buen pastor que busca a la oveja que se pierde, no contento con esto, en la noche, se gasta en oración, se consume en oración por la gloria del Padre y por la salvación del mundo. Todavía no satisfecho con este esfuerzo gigantesco, con este heroísmo que tiene su única fuente en la caridad, Cristo quiere tener más manos, quiere tener más ojos, quiere tener más pies para recorrer todos los caminos de la historia humana.

Y por eso, en una de esas noches de oración, su Corazón lleno de misericordia, encontró manera de prolongar su piedad y prolongar su sabiduría y prolongar su poder en muchas otras vidas. La solución que encontró su divino amor fue precisamente que hubiera predicadores que tuvieran su mismo Cuerpo.

Efectivamente, los evangelios son cuidadosos en mostrar cómo los discípulos realizan las mismas obras que realizaba Jesús; es decir, el amor de nuestro Redentor resultó vencedor y él pudo comunicar, en la gracia del Espíritu a sus apóstoles, la misma potestad sobre el mal y la misma potestad sobre el averno.

Podemos decir que Nuestro Señor tuvo como dos grandes inventos en su vida, porque Cristo no estaba pensando solamente en la gente de su tiempo, ni estaba pensando solamente en la gente de su raza, quien lo oiga gemir en Getsemaní, se dará cuenta de que su angustia por la gloria del Padre, no podía limitarse a las fronteras de Palestina.

Y su divina ternura por la salvación del mundo, no podía limitarse a la gente de su época, precisamente porque su fuente es mucho más profunda, precisamente porque lo mueve un amor que no es solamente humano, sino que es el amor a la gloria del Padre. Por eso Cristo estaba pensando, ya en ese momento, en cada pecador que se reconcilia, en cada persona que habría de recibir la Eucaristía. Nosotros mismos, no lo dudemos, hemos sido objeto, bienaventurado objeto, de la oración y de la piedad de Jesucristo.

Y por eso Jesús tuvo como dos inventos: uno, para vencer al tiempo, para atravesar los siglos y otro, para vencer al espacio, para atravesar toda barrera. Podemos decir que la Eucaristía, es el invento del Corazón de Cristo, para vencer al tiempo. En cada celebración Eucarística, la asamblea de fieles se congrega y, de alguna manera, rompe todos los relojes, vence todos los calendarios, atraviesa todos los siglos.

Y por un intante, por lo menos, se hace contemporánea a esa asamblea del momento sublime del Calvario, es decir, el momento en el que todo el drama humano y toda la piedad divina se hacen presentes en todo el universo.

Esto quiere decir, que la Eucaristía vence todas las edades, atraviesa todos los siglos; pero era necesario vencer no sólo el tiempo, sino también el espacio; había que atravesar también esa otra barrera y es aquí donde los sacerdotes, y es aquí donde sus ministros ordenados tienen y tenemos, al mismo tiempo, un hermoso derecho y una grave responsablilidad.

Nosotros, ungidos por el mismo Espíritu de ese Cristo a quien hemos oído en Lucas, 4, nosotros tenemos la hermosa misión, pero la dura misión de hacer reinar la Cruz gloriosa de Cristo en todas las culturas, de ese modo, el sacerdote se convierte como en una presencia sacramental de Jesucristo.

Bien, esto es cada cristiano, y es muy importante para la comparación recta del sacerdocio ministerial, la comprensión agradecida y recta del sacerdocio real de los bautizados.

Pero así como Dios reina en todo lugar; pero manifiesta toda su piedad en el momento eucarístico, así también Cristo reina en todo lugar; pero manifiesta densamente, condensada y maravillosamente su poder de reconciliar y de predicar y de sanar en la persona del sacerdote.

Hay una reflexión a este respecto que creo nos puede ayudar mucho. Nótese cómo, en cada uno de los sacramentos, hay una presencia viva de Jesús. Sabemos bien, que en el momento de la reconciliación, es Cristo quien reconcilia, y ya nos enseñó San Agustín que cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza.

Hay una presencia real de Cristo en todos los sacramentos; pero hay una diferencia con en el sacramento Eucarístico y es que, en la medida en que es alimento de Ángeles y de hombres, el sacramento eucarístico no sólo tiene el paso de Jesús, sino también la presencia de Jesús, y por eso el pueblo cristiano nunca se arrodilló para adorar el agua del bautizo, en cambio, sí se arrodilla para adorar el Pan consagrado.

Los fieles cristianos nunca se arrodillaron para adorar al crisma, nunca lo hicieron, pero sí se arrodilla y sí adoran a la presencia de Jesús en la Eucaristía. Efectivamente, en todos los sacramentos hay una presencia real del Señor, pero en esa presencia real, en Aquél que es alimento, queda como en una especie de suspensión en el tiempo.

La adoración eucarística, la continua presencia de Jesús en la Eucaristía, cuando le adoramos, es como una especie de milagro continuado que sigue venciendo al tiempo. Recordemos lo que se ha dicho sobre la relación entre la Eucaristía y el tiempo, pues algo semejante sucede en la persona del sacerdote.

Cuando cualquier bautizado predica el Evangelio de Cristo hay ahí una presencia real de Cristo, hay una presencia real del Señor en aquella palabra de Evangelio que se cumple de día en día y de cultura en cultura. "Cuando dos o tres están reunidos en mi nombre, ahí estoy yo" (véase San Mateo 18, 20).

Eso es verdad, ahí hay una presencia, ahí hay una especie de paso del Señor; pero lo que trae de nuevo el sacerdocio ministerial, y que es de explicación de la disciplina de la Iglesia con respecto al aspecto exterior del sacerdote, lo que trae de nuevo la presencia del sacerdote, es que ya no es simplemente el paso de Jesús, como el momento en el que un bautizado evangeliza a otra persona, es una especie de Eucaristía continua.

El sacerdote se convierte así como una prolongación del sacrificio que él mismo preside, en una continua prolongación de esa presencia en medio de la iglesia y aún más en medio del mundo.

Es por esta razón por la que la Iglesia, ya desde siglos antiguos, ha querido que la presencia misma del sacerdote, su modo de presentarse en medio de la sociedad, tenga esa señal de esa unción que nadie ni él mismo puede borrar. Nosotros los cristianos resumimos entonces en la Eucaristía y el sacerdocio, la prolongación, podríamos decir, como por un acueducto de la gracia del Corazón misericordioso de Jesús y, por consiguiente, cada sacerdote tendrá que tener, tendrá que configurarse esencialmente, existencialmente con las actitudes básicas de Jesucristo.

Está llamado, como todos los cristianos, pero aún más que todos los cristianos, a vivir su unión con Cristo y con la santidad de Cristo. La razón por la que tiene que vivir más intensamente esta unión con Cristo es porque los demás le pedirán, ante todo y sobre todo, la ciencia de unirse a Jesús.

Me impresionó, desde el primer momento que lo leí en el Derecho Canónico, aquello que se dice del ministerio del obispo y del ministerio del presbítero: "Pertenece a su misión santificar al pueblo cristiano". Y por eso, porque la gente te va a pedir, Fray Antonio, que tú le enseñes el camino de la santidad, tendrá que haber de modo especial la sabiduría de Cristo en tu mente para conducir a ellos a esa santidad.

Pero no van a necesitar solamente consejos. En mi pequeña experiencia sacerdotal, he podido comprobar que los consejos, los solos consejos mejoran en muy poco en la vida de las personas, porque las heridas que sufre el pueblo de Dios, no son sólo heridas en el entendimiento.

Su voluntad está lastimada, sus recuerdos tienen huellas de terribles pecados que otros o ellos mismos han cometido, por eso al sacerdote se le pedirá también que tenga poder para evacuar el mal, poder para arrancar de las manos de los enemigos, como dice el cántico de Zacarías: "poder para trasladar del dominio de las tinieblas al reino del Hijo que vive" (véase ); poder para ahuyentar toda fuerza maligna de la vida de las personas y hacerlos familiares de los bienaventurados y de los santos.

No sólo va a necesitar poder, y no sólo va a necesitar ciencia, necesitará, sobre todo, misericordia. Dice la Carta a los Hebreos, refiriéndose al sumo sacerdote: "puede compadecerse de los demás, porque él mismo está sometido a debilidad". (véase ).

cuando pienso en mi propia vida, compruebo, sin cesar, la verdad de esta afirmación. El sacerdote que quiera acercarse a la gente sólo con poder y sólo con ciencia, logrará muy poco. La llave que abre los corazones es la llave de la misericordia, y así nos lo ha dicho el evangelio de hoy: "no invites a tus amigos, o hermanos, o parientes, corresponderán invitándote" (véase San Lucas14,12).

La actitud fundamental en el sacerdote es la de acercarse más al que menos le puede pagar. Qué ejemplo glorioso de esto nos dio nuestro fundador, nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán, qué ejemplo glorioso cuando parecía preferir la compañía de aquellas personas que menos le querían, pero donde sabía que era más necesaria su palabra y donde era más indispensable su testimonio.

No busques entonces aquellos que pueden retribuirte. Extraña ley que deja al presbítero, que deja al sacerdote en la soledad de la cruz. Hay entonces en el sacerdote una triple configuración: con la ciencia, con el poder y con la misericordia de Cristo y esto es maravilloso, pero tiene un precio inconmensurable, tiene un precio de la misma soledad de la Cruz de Cristo.

Y cuando el sacerdote intenta zafarse de esa cruz, cuando intenta remediar esa soledad, se encuentra con que tan radicalmente está ya atado a este llamado, a ese modo de ser feliz, que cualquier otra felicidad sólo se podrá llamar desgracia en él.

Y así, cuando uno piensa en estos misterios del ministerio, cuando uno piensa en estas sublimes verdades del sacerdocio, uno no sabe si admirar, agradecer o compadecer al pobre padre. Hay que agradecerle que nos predique, hay que admirar que algo así haya podido suceder en medio de nosotros, hay que agradecerle y hay que admirarle. Pero también, y yo lo pido para Antonio y lo pido para mí y lo pido para mis hermanos de comunidad, que con paso firme se van acercando al ministerio.

También hay que tener una palabra de compasión y una mirada de misericordia para el sacerdote. Muchas veces ni él mismo logra entender el abismo de misericordia en el que se encuentra suspendido; pero si un sacerdote medita sobre su propia condición, pronto llegará a la conclusión de que lo que es él, es un milagro, es un milagro continuado y sostenido por las oraciones de la Iglesia.

Yo quiero decir, y espero que no suene a pura poesía, que un sacerdote es simplemente un tejido de oraciones de la Iglesia y un tejido de misericordia de Dios. En cuanto a sacerdote es eso, en cuanto a ser humano, como todos los seres humanos, con cualidades, con defectos, con una continua necesidad de conversión y con todas las verdades y grandezas y pequeñeces que tenemos los seres humanos; pero en cuanto a sacerdote, el sacerdote está tejido de misericordias de Dios y está tejido de oraciones de la Iglesia.

Por eso les pido, les exhorto, en el nombre de Cristo Sacerdote, no dejen de ofrecerle ese tejido a la Iglesia. La vocación y la vida de quienes estamos hoy en este presbiterio y en torno de este altar, dependen mayormente de las plegarias de Dios, de las oraciones de cada uno de ustedes.

Junto a esa solidaridad se requerirá también la corrección fraterna. Este es un aspecto en el que no caemos suficientemente en cuenta y algunos de nosotros, por eso, cuando vemos defectos en un sacerdote, caemos en la tentación de murmurar con algunos otros sobre lo que hemos visto.

Nosotros estamos en camino de conversión. Puede decirse que la ordenación ya ha sucedido, pero tiene que consumarse, y en esto hay una especie de paralelo con el matrimonio. Así como en el matrimonio se celebra un día y se vive una vida, así también la ordenación, puntualmente, sucede en un momento, pero ha de completarse, ha de ordenarse hasta la última célula, hasta el último recuerdo, hasta el último aspecto del alma en cada uno de los sacerdotes. Y esa progresiva ordenación necesita no sólo de la oración de ustedes, sino en más de una ocasión, de la corrección fraterna de ustedes.

Es verdad que a veces el sacerdote, fascinado por las bondades de Dios, empieza a cambiar el cántico de María y no dice: "El Señor ha hecho en mí maravillas" (véase San Lucas 1,49), sino el Señor ha hecho de mí maravillas, y en ese momento se vuelve difícil corregirlo y se vuelve difícil hablarle y se vuelve intocable.

Aunque eso suceda, redoble usted su oración, su amistad sincera y llegue allá, a ese Corazón, para hacerle ver que el camino es la cruz, la Cruz gloriosa. Si usted conduce al sacerdote hacia la Cruz gloriosa para bien de él mismo y del pueblo, usted está colaborando con la Iglesia entera.

Bendigamos a Dios en esta celebración. Continuemos nuestra Ecucaristía con la gratitud del doble regalo que significa que podamos ofrecerle a Dios el ministerio de Fray Antonio y que Dios, a través de este ministerio, pueda hacernos tanto bien.

Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo.