I205002a

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Fecha: 20110819

Título:

Original en audio: 4 min. 12 seg.


¿Te has dado cuenta cuántas veces en los Santos Evangelios aparece la expresión "poner a prueba a Jesús"? Los fariseos y los escribas especialmente se mantenían poniendo a prueba a jesús, y sin embargo, como un árbol cargado de flores que al recibir un hachazo nos responde con una lluvia de color y de perfume, así también Jesús, frente a esos ataques de sus enemigos, nos regala verdaderas perlas de enseñanza.

Así sucede por ejemplo en el evangelio de hoy. Le pregunta un escriba, uno de aquellos estudiosos de la Ley de Moisés, cuál es el primer mandamiento de todos. Se sabe que los escribas, es decir, los eruditos de la Ley de Moisés, los intelectuales de la época, encontraban más de seiscientos preceptos en el Pentateuco, es decir, aquellos primeros cinco libros de la Biblia que tradicionalmente se atribuyen al gran Moisés. Y por eso había muchas discusiones entre estos intelectuales y estudiosos: ¿qué es lo más importante? ¿Cuál es el más importante de esos mandamientos?

Jesús es puesto a prueba, de lo que se trata es de entrarlo en controversia, ver de qué lado está para ver desde qué lado se le puede atacar. La respuesta de Jesús es inmediata y es certera: lo primero es el amor. Y esto no debemos olvidarlo en nuestra vida cristiana, lo primero es el amor; y también es lo último, en el sentido de que allá está la meta, y hacia allá hay que orientarse.

Este gran santo del siglo dieciséis, el reformador del Carmelo, San Juan de la Cruz, decía: "Al atardecer de la vida serás juzgado en el amor". Es decir, este es el examen de la vida cristiana, esto es lo esencial: primero el amor a Dios, el amor con todo el corazón, el amor con todas las fuerzas, porque amando a Dios así, nuestra propia capacidad de amor se renueva y se transforma, se purifica y se eleva, se ilumina y se extiende.

Únicamente después de esa purificación y de esa maravillosa amplificación que trae el amor de Dios en nuestra vida, tendrá sentido el segundo mandamiento: amar al prójimo.

San Agustín dijo