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Las Bienaventuranzas

Tiempo: 22 min. 27 seg.

Fecha: 19970910


Santa Teresa de Jesús en una carta escrita a un padre, precisamente a un padre de mi comunidad a un padre dominico, decía este elogio de un cierto predicador que había estado allá en el Carmelo; decía la Santa con su acento gráfico y pintoresco: “Ha predicado sobre la Cruz, ha puesto en tal lugar los sufrimientos, que bien quisiera yo empezar a padecer”

Pienso que era un santo aquél predicador que había encendido tan altas llamasen le corazón de ésa otra santa, Teresa de Jesús; las lecturas de hoy son como una invitación, para que se levante gloriosa la cruz de Jesucristo en nuestras vidas, le haría entonces falta un santo, para que supiera predicar hoy, para que pudiera hablar y pudiera explicar ese misterio que encierra Cristo en sus palabras: “Dichosos los pobres, ¡ay de vosotros los ricos, dichosos los que lloráis, ay de los que reís¡” (véase Lucas 6,20-26).

Mientras la homilía no la haga un santo, mientras la homilía no la escuche otro santo, ni yo sabré lo que estoy diciendo ni ustedes sabrán lo que están oyendo; pero tal vez llegue un día en que se vayan descorriendo los velos, tal vez llegué un día en que éste texto ya no nos parezca opaco y oscuro, sino de milagro por un momento por un instante, se vuelva transparente, cristalino, intensamente luminoso, y entonces comprendamos que la única manera sensata de vivir es vivir crucificado y que la única manera sensata de ser feliz es esa mezcla de llanto, pobreza, hambre y persecución.

Pero mientras llega ése día no podemos tampoco detenernos, quisiéramos que nuestro entendimiento y nuestro corazón no se quedaran en ayunas de lo que nos ofrece el Señor Jesucristo, y de lo que nos predica el Apóstol San Pablo, y por eso con la bondad de Dios y conciente por lo menos un poco de mis miserias, quiero compartir con ustedes alguna palabra sobre éste texto (véase Col 3,1-11).

Yo empiezo diciendo: cuando la Iglesia tiene que darle lecturas a la vida de un santo, así en general, es lo que se llama el oficio común de santos, se escogen las bienaventuranzas, a veces leídas según San Mateo capítulo 5, a veces se usa en Lucas en éste capítulo 6; las bienaventuranzas, en ése sentido ser santo es llevar aquella vida en la que se pueden mover las bienaventuranzas, ser santo es vivir la vida que cada día sea una página, y en ésa página se pueda leer la gracia de Dios.

Llegados a la noche, la página que ha quedado escrita, la encomendamos a Dios, y Dios sella cada una de esas páginas, porque jamás podremos volver a ninguna de ellas, ni esforzándonos, ni rogando, ni protestando, ni suplicando podemos volver a ninguna de las páginas de nuestra vida; están escritas y no sólo escritas sino selladas.

A uno le da pesar decir esto, sobre todo cuando ha sido pecador, y grave pecador como ha sido mi caso, pero aunque esa noticia es mala, hay una noticia buena, y es que aquí pasa como en unos juegos de palabras en los que toca ir agregando letras, y se trata de construir palabras lo más largas posibles, y hay personas que siempre tienen la cualidad de agregar otra letra que alarga la palabra.

Por ejemplo una persona da la letra “M”, porque quiere escribir por ejemplo: monte, pero cuando va en mont..., a alguien se le ocurre escribir montaña... y cuando va en montañ... a otra persona se le ocurre escribir montañismo y así sucesivamente; el que va aumentando letras no puede cambiar las que ya estaban, pero la palabra va cambiando.

Algo parecido es lo que hace Dios con nuestra vida, y Él no cambia las letras que ya están escritas: que hemos robado, maldecido, hemos sido impuros, desagradecidos; eso no lo quita Dios; pero Dios construye una palabra nueva con letras antiguas, agrega letras, Él mismo las escribe, esas letras nuevas, finalmente la obra es de Él.

Esa es una comparación, ahora hay otra: supongamos que a mí me han dado un cuadro para pintar, como yo no sé de pinturas cojo un poco de negro e intento pintar un tigre, y creo un mamarracho y digo que el tigre no es como lo pintan, sin embargo eso no convence a nadie y mi cuadro no sirve, mi cuadro es un mamarracho. ¿Qué es un mamarracho? Un mamarracho, aquello que parecía figura, que iba para figura, pero no llegó, un mamarracho es un aborto de un cuadro, de una figura.

Por eso yo podría llamarme “Fray mamarracho”, porque yo iba, pero no llegué, no he llegado por lo menos, me he torcido muchas veces, no he llegado. Muchas de nuestras vidas son mamarrachos, son vidas que iban para cosas muy grandes, iban a ser palabras muy bellas, y empezó una poesía maravillosa, pero resulta que el tiempo pasó y después de una pincelada extraordinaria, comenzamos a revolver colores; entonces se presenta uno así ante Dios, con su cuadro, con su lienzo que es un manchón negro.

Pero entonces uno se acuerda del gran pintor español Velásquez, él casi siempre empezaba pintando así, cubriendo todo de negro, su obra tal vez más conocida, es su famoso Cristo, un Cristo crucificado sobre un fondo negro. Nosotros le presentamos a Dios el fondo negro de nuestra vida, que eso corresponde a las letras que ya no dicen nada, y Dios recibe ésa negrura y ¡no la cambia¡, ahí está, en el Cristo de Velásquez Ahí está esa oscuridad, pero sobre esa negrura empieza él a dibujar la cruz, empieza a dibujar al crucificado, y el efecto queda tan bello, que uno al final cuando mira el cuadro, dice: ¡”Qué bello queda ése Cristo en esa noche, y qué bien le queda ésa noche a ése Cristo¡”.

Ya uno no reniega de ésa noche, de ésa oscuridad, ha quedado integrado, ha sido vencido por una gracia mayor, el cuerpo exánime de Jesús, le ha dado luz y le ha dado belleza y le ha dado su sitio a las oscuridades antiguas. Así llega Cristo a nuestra vida, Cristo llega a nuestra vida de “mamarracho”, Cristo llega nuestra vida de muchos intentos y pocas obras, a nuestra vida de muchos propósitos y pocas realizaciones; nuestra vida llena de promesas sin cumplir, llena de libros si acabar, a veces creo que nuestras vidas se parecen a esos libros malos en los que se dice. Y cómo luego explicaremos... pero luego al señor que escribió el libro, lo terminó y se le olvidó explicar que era lo que iba a decir.

Así nosotros cuando hemos hecho nuestras promesas de ofrecernos a Dios y luego como algún día sucederá y nunca sucede, o tarda tanto en suceder ése amor que le habíamos ofrecido al Señor; pero Dios dibuja su Cristo, Dios presenta su Pascua, Dios arroja en el río el leño amargo de nuestra cruz, y el agua ya se puede beber. Ese milagro lo realizó Eliseo, como tal vez recordaremos, Eliseo vivía con una comunidad de profetas y pasaron y pasaron tierras, y muertos de sed no hallaban cómo beber agua y de pronto en una pequeña laguna, intentan beber... y triste frustración, agua amarga imposible de bebe; Eliseo arroja un leño, y por la palabra y la fe de Eliseo, el agua, toda se transforma y ya se puede beber.

Así también llega la cruz de Cristo a nuestras vidas, nuestra vida es, como nosotros decimos de algunas personas: “impotable”, literalmente impotable quiere decir que no se puede potar, y potare en latín es beber. Impotable ¿qué es? Que yo lo mastico pero no lo paso, y ¡ojalá lo mastique harto, pero ¿pasarlo?¡, ése es el impotable.

Nuestras vidas seguramente son “impotables”, impotable ojalá fuera para las otras personas, pero hay momentos que uno no se aguanta así mismo, hay momentos que uno sabe que eso que está haciendo es ridículo, es absurdo, es negativo, es destructivo; y sin embargo, uno no logra cambiarlo, uno no se aguanta ni así mismo, nuestra vida se ha vuelto impotable.

Ya no es manantial cristalino, sino agua ponzoñosa, agua cenagosa, de pronto se arroja el leño de la Cruz, llega la cruz de Cristo a nuestras vidas y resulta que eso que parecía impotable, se va convirtiendo en agua que salta hasta la vida eterna. ¿De qué manera logra la Cruz esta obra?, porque bueno así dichas las cosas, uno se maravilla de las bondades de la gracia divina, pero ¿cómo logra la Cruz eso en nuestras vidas?

Bien, yo les voy a compartir un pedacito de luz, que yo creo que el Señor me ha querido regalar en ese tema, porque así como es verdad que yo me he visto estrellado una y otra vez, con mis límites y con los problemas de la gente, y con que la Iglesia no crece, no florece, no brilla; así como me he visto tan estrellado con mis fragilidades y las de mis hermanos, así también yo creo que Dios se ha compadecido, y a querido regalarle a este prisionero, al calabozo de éste prisionero, le ha querido regalar un poco de luz y esto es lo que he querido compartir con ustedes.

Yo he podido cambiar mi manera de ver la Cruz, desde una inspiración que el Señor en su piedad me ha querido regalar, aquella vez, estaba yo preparando el sacramento de la Reconciliación, quería confesarme y sentía –como yo creo que todos sentimos- gran vergüenza, porque no tenía con que justificarme, además la confesión no es para justificarse uno, sino para que Dios lo justifique a uno, la manera rápida de hacer una pésima confesión, es buscar la manera de justificarse, esa es la manera de que la confesión sirva poco, si queremos hablar en esos términos la confesión es para que Dios lo justifique a uno.

Preparada la confesión, el Señor Dios me inspiró este pensamiento, que sí por ese sólo pensamiento hubiera yo venido a la tierra, yo creo que hubiera valido la pena: un día -sentía yo que me hablaba el Señor-,”Un día comprenderás de cuantos males te he salvado a través de tus pecados”. El que tiene hambre, el que llora, el que es perseguido, inspiran compasión en nuestro corazón; pero el que tiene hambre porque echó a perder su propia comida, el que llora porque echó a perder su propia vida, y el que es perseguido no por otro, sino por su propia conciencia, ése necesita más que nadie de la Cruz, y ése soy yo.

Y eso es lo que el Señor en su bondad, quiso iluminar con aquél pensamiento, pero yo puedo decir efectivamente que ha habido algunas personas que me han ofendido y que me han calumniado, a mí me han insultado, a mí me han agredido, sacerdote, religioso, me han golpeado, pero eso no se llaman persecuciones, son cosas casi de niños; mi gran perseguidora, mi implacable perseguidora, esa conciencia que no puede negar lo que yo he sido, y el hambre mía y mi llanto más triste, porque yo ya no quiero echarle la culpa de mi llanto a nadie, ni yo ya quiero reclamarle el alimento que yo mismo eché a perder, lo que yo puedo hacer es volverme a Dios y suplicarle.

La respuesta que Él me ha dado es: “Algún día comprenderás de cuantos males te he salvado a través de tus pecados”. Cuando uno mira sus deficiencias, sus límites, sus pecados, uno siente disgusto; a ver sí me sirve ésta comparación: vamos a decir que uno es como una especie de casa, y va a salir al campo, por una de las puertas, porque uno quiere extenderse, uno quiere crecer, pero las limitaciones de uno, los pecados de uno no lo dejan salir, sino que lo mantienen como recluido.

Por ejemplo la persona que quisiera ser como más valiente en enunciar la palabra de Dios, y siente que la cobardía le puede, quisiera salir, quisiera crecer; o la persona que quisiera ser siempre sincera, o siempre honrada o siempre casta o lo que sea. Quiere crecer, quiere abrir la puerta, y uno se disgusta porque no puede abrir la puerta, porque no puede crecer, -¡yo quisiera abrir la puerta para correr, yo quisiera ir por esos campos¡-, hasta que un día el Señor le dice: ”Tú estás que abres ésa puerta, pero es que la puerta no sólo sirve para que tú abras y salgas, sino para que alguien entre”, tú tienes un límite, tú tienes un problema, tú tienes un pecado, tú tienes una limitación; y has renegado y has llorado que se te quite ese límite, esa barrera, ese problema, esa tentación, tú quieres que se te quite eso, porque tú dices: si abriera esa puerta saldría al campo y correría, y que tal si fuera al revés si se abriera esa puerta, entraría el león y te devoraría, es que tú no sabes a cuantas fieras he detenido yo, ante tus puertas”.

¿Cómo así?, pues sí, Dios ha frenado terribles desgracias en nuestra vida y la ha frenado, a través del pecado, aquí es donde la mente humana comienza a perderse, ¡cómo así, pero si el pecado ofende a Dios¡, pues claro, como ofenden a Dios los latigazos a Cristo, pero esos latigazos que son malos traen bienes, es que precisamente nunca brilla tanto el poder de Dios, como cuando pone al mal a su propio servicio.

A Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la comunidad de los Dominicos, una vez se le apareció el demonio en persona, Santo Domingo estaba leyendo un libro, a la luz de una vela, el demonio se le aparece, ¿qué hace Santo Domingo?, le ordena en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, que sostenga la vela mientras él sigue leyendo, y el demonio reniega, despide azufre, maldice, pero ahí se queda con su velita, hasta que Santo Domingo quiso leer.

Eso es lo que hace Dios, eso es la omnipotencia de Dios, Dios no echa a patadas los males de nuestra vida, los pone al servicio de su plan, los obliga, -como el demonio de la historia de Santo Domingo-, los obliga a que sostengan la vela, los obliga a que sostengan la gracia, hasta que finalmente amanece, hasta que llega la luz de Cristo.

Nosotros hemos tenido males, y esos males y esos pecados, son pecados y son males, lo que estoy diciendo no le cambia el negro al cuadro ni lo feo a la palabra, ni lo rudo y triste a la vida, no, siguen siendo males, pero Dios toma esos mismos males y a ellos los obliga a convertirse luz de nuestra vida, ejemplos: Pablo, perseguidor de Cristo, pablo persigue a Jesucristo, supongamos que el demonio quisiera reclamar victoria en los cielos, supongamos que el demonio se presentara en los cielos a decir: ”Ese es un perseguidor de Cristo, -sabemos entre otras cosas que la palabra Satán, significa eso, acusador, es decir el que intenta hundir-, se presenta Satán en el cielo y dice: ése es un perseguidor”, y Pablo se levanta y dice: “Tienes toda la razón, soy un perseguidor... perdonado”.

Se acabó la acusación, nadie puede decir nada, todos callan en la presencia de Dios, porque es un perdonado. Si Pablo no hubiera sido perseguidor, ¡ah¡ pues dice uno: muy bello, fue un perseguidor-muy triste-, fue un perseguidor perdonado, -muy bello, bellísimo-.

Esos son los tres estados del corazón humano: el que no ha cometido pecado, -muy bueno-, el que cometió pecado –dolor-, y el que ha cometido pecado pero ha sido perdonado – gloria-. ¡Gloria a Dios¡.