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Fecha: 19960825

Titulo: ‘’Jesús, transfórmanos con el roció de tu Espíritu’’

Original en audio: 23 min. 41 seg.


En los Santos Evangelios es muy raro escuchar que Jesús aprueba, o elogia a una persona. Sus palabras son en primer lugar para declarar el reinado de Dios, y en ese sentido, podríamos decir que Cristo está muy ocupado contando cómo reina Dios; como para ponerse a elogiar los reinos, los poderes de este mundo.

Jesús, según los Evangelios, es austero, sobrio, medido en sus palabras; en todo aquello que tenga que ver con las personas, y su entusiasmo, su alegría sólo aparece cuando el cielo aparece.

Si uno recuerda, Jesús sólo aprueba o sólo elogia a las personas, cuando algo del cielo está sucediendo en ellas: ‘’mujer, grande es tu fe” Le dijo a la cananea, según escuchábamos el domingo pasado.

Y cuando aquel centurión dijo admirado: ‘’os digo que en Israel no he encontrado tanta fe’’ Volvían los discípulos de misión, y entonces dice: ‘’alegraos, más bien, porque vuestros nombres están escritos en el cielo’’ Y en otra oportunidad se estremece de gozo y dice: ‘’te doy gracias, Señor, porque has rebelado estas cosas a los pequeños y sencillos’’

Cuando le cuentan que están sus parientes ahí cerca, dice Él: ‘’mi madre y mis hermanos son éstos los que escuchan La Palabra de Dios y la cumplen’’ Podríamos agregar todavía otros ejemplos. Basten éstos para indicar que toda la alegría de Jesús, que todo su elogio, que toda su aprobación está sólo para ese momento en que el cielo se abre para una persona, o para un grupo, o para el universo entero.

Allí donde se revela algo de la majestad, de la sabiduría, y del poder de Dios; allí, hay alegría para Jesucristo. Mientras no aparece eso, las cosas de esta tierra, las mira con una indiferencia pasmosa. No, que no las comprenda, sino que las refiere por completo al reinado de Dios.

Cosas grandes y bellas como el templo lo dejan impasible: ‘’de eso no va a quedar piedra sobre piedra’’ Cosas terribles como aquellos que murieron en la torre de Siloé, unos diez y ocho hombres. ¡Una catástrofe, vidas humanas! Lo dejan impasible, y más bien, parece aprovechar esas tragedias para seguir con su predicación del Reino.

No parece admirarse, ni extrañarse de la bondad, ni de la maldad humana, porque sabe que esa bondad suele ser interesada, y porque sabe que esa maldad es como la historia que siempre se repite. Es como la cadena que sólo rompe la irrupción de la Gracia.

Esto hace que Cristo sea, al mismo tiempo, una especie de flemático indiferente, cuando se le cuentan las cosas de esta tierra. ‘’Herodes te busca para matarte’’ Y que sabía de la crueldad de Herodes, y se sabía del poder de Herodes, y se sabía de los espías de Herodes. Jesús es indiferente: ‘’id a decirle a ese zorro… tal, y cual cosa’’ Ese zorro, así trata al que ejercía despóticamente el poder. No le importa.

Todo el mundo te busca’’ Le dice Pedro, allá en los comienzos del Evangelio de San Marcos: -Estás adquiriendo poder de convocatoria; la gente está creyendo; la cosa va bien. –‘’Vámonos, hay que predicar en otros sitios’’

Las cosas de esta tierra, las alabanzas, las amenazas, el éxito aparente, la persecución; todo eso no parece importarle lo más mínimo. Eso a Él no le importa.

Pero si una pagana, si una mujer llega a comprender que el pan de los hijos de Israel también le llegará en forma de migajas a ella; si una mujer llega a entender eso, entonces, Jesús dice con la boca llena: ‘’grande es tu fe, que se cumpla lo que has creído’’ Parece que le importa más la fe de esta cananea que las amenazas de Herodes, o las aclamaciones de la multitud.

Este conjunto de hechos nos indica que el corazón de Cristo está radicalmente puesto en una misión, en una tarea; vino exclusivamente a lo que vino: a anunciar la llegada del Reino de Dios. Vino a anunciar eso que Dios es así, y que Dios ahora reina. Anuncia y realiza lo que anuncia, el reinado de Dios.

Y precisamente por eso, en este Evangelio leímos aquellas palabras: ‘’dichoso tú, Simón, hijo de Jonás’’ Dichoso ¿por qué? Porque ahí está sucediendo el Evangelio. Cristo es un hombre de una sola alegría, y su alegría se llama: ‘’El Evangelio’’

‘’Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás ¿por qué? Porque ‘’eso no se lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el Cielo’’ Por esa misma razón, Jesús no quiere que los discípulos digan que Él es el Mesías.

Les mandó que no dijesen a nadie que Él era el Mesías ¿por qué no quiere que nadie se entere? Por una razón muy sencilla, si antes ha felicitado, o se ha alegrado con Pedro porque esa profesión de Pedro no viene de carne ni de sangre, sino del Padre que está en los cielos; por esa misma razón, ahora, les dice que no cuenten, que es Él, el Mesías.

Que Jesús es el Mesías no es una noticia como las noticias de esta tierra. Jesús no quiere que la noticia de su Mesianismo se revuelva con la noticia de la belleza del templo; con la noticia de los diez y ocho que murieron en un accidente.

Jesús quiere que su noticia sea dicha solamente por el Padre Celestial, y por eso aquí les prohíbe que lo digan, porque no quiere que el Evangelio se convierta en una noticia que circula como las demás noticias.

El Evangelio es la gran noticia, pero se necesita que esa noticia la dé el Padre Celestial, y por eso se necesita que estos discípulos no la cuenten como un chisme sino la cuenten como lo que es ‘’Evangelio de salvación’’ Esto sólo podrá suceder cuando llegue la fuerza del Espíritu a ellos; cuando ya no sean simplemente discípulos, sino cuando sean Apóstoles.

Cuando ellos sean Apóstoles sus corazones y sus palabras van a ser, de tal modo, transformados que cuando ellos hablen comunicarán la Gracia del Espíritu. Ese Espíritu que proviene del Padre.

Y cuando ese Espíritu se comunique por La Palabra de los Apóstoles, el Evangelio no va a ser una noticia en nuestros oídos solamente, sino sobre todo una noticia en el corazón.

Y entonces los Apóstoles, esos mismos discípulos que hoy por boca de Pedro han confesado quién es Cristo por la obra del Espíritu, irán realizando la obra de la revelación de la salvación en Jesucristo. Entonces, un Apóstol no es un chismoso. El oficio del Apóstol no es repetir una noticia: ‘’dijeron que Jesús es el Mesías’’ El Apóstol no repite.

La noticia es siempre nueva en su corazón cada vez que la dice, y es siempre nueva en el corazón de quien la escucha. Será la obra del Espíritu que procede del Padre la que haga que esa Palabra del Apóstol se convierta en una revelación en el corazón de los oyentes.

De modo que los oyentes del Apóstol, cuando está así ungido por el mismo Espíritu, puedan decir como Pedro: ‘’ese es el Cristo. Ese es el Ungido’’ Podríamos resumir entonces la enseñanza de este Evangelio diciendo que nadie conoce al Ungido, sino el que tiene unción. Sólo la unción por la que Cristo es Cristo. Es decir Ungido.

Sólo la unción por la que Jesús es el Cristo, hace que reconozcamos a Jesús como el Cristo. Sólo la unción que ungió a Jesús hace que nosotros veamos en Él al Ungido.

Es la misma enseñanza que nos dirá Pablo en otro lugar: ‘’hablamos términos espirituales para personas espirituales’’ Hubiera podido decir: ‘’aquellos que han recibido la unción saben que Jesús es el Ungido’’

Nadie sabe de Jesús, nadie reconoce a Jesucristo, sino aquel que recibe la misma unción del Cristo, y esa unción es la que comunica el Espíritu Santo por el ministerio de los Apóstoles desde el Seno de Dios Padre.

De aquí se deduce, entonces, que uno puede pasarse la vida al pie de Jesús sin reconocerlo; porque en las noticias de esta tierra cuanto más cerca está, uno más se entera.

Por ejemplo, se cayó una torre y se murieron diez y ocho personas. ¿Quién puede contar más detalles? Pues los que estaban ahí cerquita. Los que vivían al pie. Uno se imagina las declaraciones por el periódico o por la televisión: ‘’si, yo estaba ahí en el momento que se cayó la torre. Yo vi el reguero de sangre. ¡Fue algo muy terrible! Unos gritaban. Otros lloraban. Hubo heridos’’

Así pasa con las noticias de esta tierra, porque las noticias de esta tierra dependen de la cercanía en el tiempo y en el espacio; pero la cercanía con Cristo sólo la da el Espíritu.

14:16 Una religiosa puede estar en su monasterio a miles de kilómetros de la tierra donde pasaron estas cosas y a miles de años de la época en que sucedieron, y esa religiosa puede estar infinitamente cerca de Cristo, y puede sentir que le palpita adentro el propio corazón del Señor.

Y otra persona pudo estar al pie de Jesús, al lado de Jesús, y ver los milagros de Jesús y no darse cuenta de quién es Jesús; ‘’porque si lo hubieran conocido nunca hubieran crucificado al Señor de la Vida’’ Dice Pablo.

Lo cual también quiere decir que si a esas personas les sucedió eso, también nos puede pasar a nosotros. Uno puede estar al lado de Jesús; puede recibir todos los días en las manos un libro que habla sobre Jesús; puede mirar el altar, ver el sacerdote, ver la hostia, y comulgar; muchas cosas pueden pasar.

Uno puede pasar la vida al pie del Señor sin saber quién es ese Señor, porque sólo el Padre del Cielo revela a Cristo; porque sólo el don del Espíritu cuando nos hace ungidos, cuando nos hace Cristos, nos permite reconocer al Ungido. Reconocer a Cristo.

Yo creo que especialmente nosotros por vocación; por llamado al ministerio sacerdotal; por llamado a la consagración religiosa estamos, en cierto modo, más cerca. Tenemos como la amable obligación de rogar a Dios que nuestra cercanía no sólo sea física.

¿Qué se saca con estar cerca de una capilla; con vivir, casi vivir, dentro de un templo como se vive en un monasterio; qué se saca con eso; qué se saca con vivir en el monasterio sino se vive en el corazón de Dios?

Por eso pienso que en la medida que estamos más cerca físicamente, y en que hay unas cosas que externamente aluden a Dios, y más en las lecturas religiosas, actividades, trabajos, oraciones; en la medida en que hay más cosas que nos hablan de Dios; hay que pedirle a Dios más oídos para escucharle. No es la multiplicación de cosas religiosas que hacen que uno sea religioso.

Mire, usted, que en los orígenes la vida religiosa no se llenó de cosas religiosas; yo, a veces, como que echo de menos un poco esa sobriedad de los orígenes de la vida religiosa.

Mira, pueden llenar el camino, desde la pieza de uno hasta la capilla, de cuadros maravillosos con escenas, con carteleras, con frases; se puede poner a lo largo y ancho del monasterio letreros que continuamente ofrezcan incienso a Dios; uno puede salir de la pieza y encontrarse con un cuadro, con una escultura, luego una frase, no sé qué más cosas.

No es la multiplicación de cosas religiosas las que nos hace religiosos. No es eso. Tampoco hay que despreciar desde luego los símbolos sagrados, pero no es eso lo que nos hace religiosos. Es la cercanía que sólo da el Espíritu Santo.

No se trata de entrar en conflicto con la decoración, ni idea tengo yo de decoración, yo no sé de esas cosas. No se trata de entrar en discusión sobre los decorados. Con muchas o con pocas imágenes, igual se va para el cielo o para el infierno. Ese no es el problema.

El problema es, si este Padre del Cielo encuentra nuestro oído atento para contarnos quién es Jesús. Si este Espíritu de Dios habita y reina en nosotros, y realiza su obra en nosotros. Pero ¡claro! Es mucho más triste llevar una vida mediocre con hábito de santa. Eso es mucho más triste, porque significa estar disfrazado.

Me decía una señora que a ella le daba pesar de cómo en algunos grupos de oración algún muchacho, o alguna niña, se supone que tiene alguna locución interior, o algún carisma del Espíritu; no más les pasa eso y los disfrazan de videntes. Entonces le cuelgan tres rosarios en el cuello.

Nosotros no podemos estar disfrazados de santos, pero tampoco hemos de obrar simplemente por respeto a los símbolos externos. No se trata de un problema de respeto; se trata de una conciencia profunda de la obra del Espíritu.

No hay que rechazar, no hay que destruir los símbolos; no vamos hacer más religiosos, entonces sin utilizar el hábito, o no vamos a ser más religiosos evitando las imágenes. Ese no es el problema.

Pero, precisamente porque ese no es el problema; nuestro corazón ha de centrarse en ese único, en esa única imagen, en ese único Jesucristo. No en las imágenes de Cristo, sino en Cristo como imagen del Padre.

Nuestro corazón ha de centrarse en Él, y pedir la gracia del Espíritu que nos revele la noticia del Evangelio. Que nos dé la unción para aceptar, para comprender, para amar, para servir al Ungido.

Que Dios en su misericordia lo conceda, especialmente a nosotros, porque cuanto más separados estamos de esa revelación del Espíritu; más servimos para escándalo, más servimos para separar a las personas de Dios, y las personas no sólo están de la reja para afuera. Más servimos para separar a los otros de Dios.

Clamemos esa gracia del Espíritu que nos revele el misterio de Jesús, que nuestro corazón busque su rostro, que nuestro corazón busque su corazón, y nuestro espíritu, su Espíritu. Que vivamos de esa revelación, que no esperemos de la carne y de la sangre la revelación del misterio de quién es Jesús. Como dice San Pablo que aspiremos a los dones de allá arriba donde está Cristo.

Es tan triste, es tan mediocre, es tan pobre la conversación de los religiosos. Habla tan poco de la gloria de Dios. Nos falta tanto en eso: tanta ansia, tanto fuego.

Necesitamos, sobre todo nosotros, clamar ese Don del Espíritu, porque muchos corazones como hastiados del barroquismo, y de imágenes; entonces, lo que hacen es llenar sus palabras de mundo, y es tan triste vivir uno rodeado de imágenes de santos para tener en el corazón, en los ojos, y en la conversación sólo los intereses por las cosas de esta tierra.

Hay personas consagradas, religiosos y religiosas que parecen estar fatigados de religión; y por eso, parecen decir con sus ojos, con sus preguntas, y con su conversación: ¿qué hay por el mundo? Dame otras noticias, las de Cristo ya me las sé, dime noticias; cuéntame cosas del mundo.

Jesús, quémanos con la gracia de tu Espíritu.

Transfórmanos con el roció de tu Espíritu.

Amásanos con la gracia de tu Espíritu.

Levántanos con la gracia de tu Espíritu.

Muéstranos en la unción que nos concedas quién eres tú, Santísimo ungido del Padre para la salvación del mundo.

Amén