I173001a
Fecha: 19990728
Título: El velo que hace resplandecer la Palabra
Original en audio: 11 min. 27 seg.
El velo de Moisés dio que hablar en el pueblo de Israel. Tanto, que San Pablo hace como una comparación a partir de ese velo, y dice: "Es el mismo velo que tiene el pueblo judío, que no le deja reconocer el resplandor de la Pascua de Cristo" 2 Corintios 3,14-15 . Dice también: "Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, dejamos ver la gloria de Dios, manifiesta en Jesucristo" 2 Corintios 3,18.
Este comentario de San Pablo, que es una alusión en el Nuevo Testamento sobre el pasaje que acabamos de escuchar en la Primera Lectura (véase Éxodo 34,29-35 ), deja al velo como muy mal parado. Parece un velo que empaña.
Sin embargo, hay una interpretación muy hermosa sobre el velo de Moisés, y espero que mis palabras, con el auxilio del Espíritu Santo, puedan ayudar a descubrirla.
Moisés tiene la piel radiante. La piel de su rostro irradia, porque es un contemplativo. Ha estado cerca del fuego de Dios, y ese fuego ha empezado a prender en él. Y por eso Moisés tiene el rostro que irradia. Lleva fuego dentro, y este fuego ya se hace como visible en la piel de su rostro.
Lo que él ha visto de Dios, lo ha visto con sus ojos. Son, en cambio, los ojos de los demás, los que ven la piel de su rostro.
En realidad, ninguno de nosotros es dueño de su propia cara. Por eso la cara hay que administrarla con cariño y con cuidado, porque uno no se mira su propia cara sino ocasionalmente. De nuestra cara son más dueños los demás.
Por eso hay que procurar, si no somos bonitos, por lo menos no ser más feos de lo que somos. Y hay que tratar de tener una cara que a los demás, ni les asuste, ni les lastime, ni les aparte. Los demás son más dueños de nuestra cara que nosotros mismos, porque nosotros no nos pasamos mirando nuestra cara; en cambio, a los demás, sí les toca ese castigo, estar mirando la cara que uno hace, buena o mala.
Moisés, lo mismo que nosotros, no era dueño de su cara. Moisés tenía el rostro radiante. El rostro de él irradiaba, no para él, sino para los demás. Pero Moisés toma una resolución: "Cuando terminó de hablar con aquellos jefes de la comunidad, se echó un velo por la cara" Exodo 34,33.
Repasemos los hechos. Moisés estaba en gran contemplación y unión con Dios. Sale, y no sabe que su piel irradia, y se pone a hablar a los jefes de la comunidad con la piel radiante. Cuando termina de hablar con ellos y de contarle los mandamientos de Dios, se echa el velo por la cara.
Es decir, que Moisés, cuando estaba hablando con ellos, hablaba, y sus palabras eran las palabras de Dios. Su rostro irradiaba, y ese brillo era brillo de Dios. El brillo se podía ver, y la Palabra se podía oír.
Y Moisés, cuando habló con ellos, tenía brillo y tenía palabra: Un brillo que se veía, una palabra que se oía. Y ambos venían de Dios, el brillo visible y la palabra audible.
Pero Moisés cancela el brillo del rostro, cancela el resplandor del rostro a través de la incomodidad de un velo; cancela la claridad o la gloria de su rostro, y deja sólo el resplandor de su palabra.
En esto hay un sentido profundo. El rostro de Moisés podía convertirse en una distracción para la palabra de Moisés. Cuando Moisés bajó del monte, no sabía que tenía radiante la piel de la cara. Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la piel de la cara radiante, y no se atrevieron a acercarse a él.
El resplandor de la cara se convierte en un estorbo para la palabra. Lo que hace Moisés, echándose ese velo por la cara, es quitar lo que sea un estorbo para la palabra.
El brillo es hermoso, imponente, majestuoso. La palabra puede parecer más humilde, más austera, más cercana al desierto. Moisés quiere la palabra, prefiere la palabra, y cancela el brillo.
Podemos decir que Moisés no quiere que nada distraiga de la palabra, o podemos decir también, que Moisés quiere que el brillo, mientras van por el desierto, sea el brillo de la palabra. No quiere que nada estorbe ese resplandor de la palabra.
"Cuando entraba a la presencia del Señor para hablar con Él, se quitaba el velo" Exodo 34,34. Es decir, que ese velo hizo de Moisés y del rostro de Moisés, como una pequeña tienda de campaña. "Mishkán" es la palabra hebrea para referirse a esa tienda del encuentro, que servía para la oración mientras iban en el desierto, una especie de oratorio portátil o de templo portátil, Mishkán.
Podemos decir que Moisés, con ese velo, hizo como una pequeña tienda del encuentro consigo. Es una señal de la presencia singular de Dios en la vida toda de Moisés.
Así tenemos como dos sentidos de este velo. En primer lugar, es un acto austero, un acto de penitencia, por el cual Moisés quiere que el único resplandor en el desierto sea el resplandor de la palabra. Y en segundo lugar, este velo sobre el rostro de Moisés, hace que Moisés quede encerrado en una tienda continuamente, prolonga la experiencia de la tienda por todas partes.
Por eso, cuando él está en el templo, en ese templo móvil, en ese Mishkán, en esa tienda del encuentro, entonces ya puede quitarse el velo, porque, en realidad, toda esa tienda del encuentro es como su velo, y ese velo es como toda esa tienda del encuentro.
¿Cómo podemos aplicar esa palabra a nuestra vida? De acuerdo con esas dos conclusiones, sacamos dos enseñanzas. La primera, nosotros tenemos momentos y lugares de encuentro con Dios, pero hay que tener, como Moisés, también una pequeña tienda del encuentro. Hay que tener algún modo de prolongar estos momentos deliciosos de meditación de la Palabra, y de "gustar, y de ver cuán suave es el Señor" Exodo 33,9.
Cada uno de nosotros tendrá, lo mismo que Moisés, que velar sus ojos a muchas realidades de esta tierra, y seguir como prolongando la tierra del encuentro, el momento de la oración, como prolongándolo consigo mismo.
Ese velo que se echó Moisés por la cara, no sólo impedía que los otros vieran su piel radiante; también le impedía a Moisés ver muchas cosas.
Moisés reservó sus ojos para Dios, reservó su mirada para Dios, reservó su rostro para Dios, y prolongó la experiencia de Dios en la oración y en el encuentro, a través de toda su vida cotidiana. ¡Qué hombre tan grande!
Para nosotros, también es necesario tener como ese velo, un velo que prolongue los momentos de contemplación y los momentos de adoración, una especie de encuentro íntimo que jamás se rompa.
¡Cuánto se me parece este velo de Moisés a aquello que nos enseña la Doctora de la Iglesia, Santa Catalina, cuando habla de la celda interior. Moisés, puesto que pertenecía a este pueblo que todo lo ama en lo concreto y en lo material, se echó una tela física. A nosotros nos corresponde buscar esa celda interior, de manera que nunca termine el encuentro con Dios, de manera que todo lugar sea lugar de encuentro con Él.
Y por otra parte, sabiendo que estamos en desierto, aunque veamos señales maravillosas, aunque veamos milagros hermosos, aunque escuchemos cosas preciosas, que ningún resplandor nos distraiga del resplandor de la Palabra, la única que nos puede guiar en nuestra ruta por el desierto.
¡Bendita y bienaventurada la humildad de Moisés! ¡Bendito ese velo, imagen de la verdadera humildad! Moisés ocultó lo que pudiera ser lo importante a él, y dejó libre la Palabra que hacía importante a Dios.
Ese velo que interrumpía la vista, pero dejaba expedita la lengua, era para que se supiera que sólo Dios debe ser glorificado, y para que se entendiera que todo lo que Dios hace en nosotros, mientras vamos en este camino, de algún modo debe quedar oculto.
Sólo en la tienda del encuentro definitivo, se podrá quitar ese velo, cuando ya la gloria sea toda de Dios, y toda para Dios.