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Original en audio: 4 min. 26 seg.


Una idea ha rondado mi pensamiento hace ya varios años, ya la recuerdo cada vez que llega esta fiesta del veintiséis de julio. Hoy celebramos con toda la Iglesia la santidad de los papás de la Virgen María.

De acuerdo con la tradición, se llamaban Joaquín y Ana. San Joaquín y Santa Ana están hoy ante nuestros ojos, pero casi no sabemos nada de ellos, a ellos sólo los conocemos por el fruto precioso de su amor y de la familia que formaron, es decir, de ellos lo único que conocemos con certeza es que son papás de la Madre del Hijo de Dios.

Por supuesto, a partir de lo que confesamos con fe católica como propio de la santidad de María, a partir de eso sí que sabemos algo de Joaquín y Ana; sabemos por ejemplo, que siendo María esa joya preciosa de santidad, esa respuesta plena al amor de Dios, al amor gratuito de Dios, pues, suponemos en ese hogar, suponemos en esa unión, y suponemos con razón, que tenía que haber un lenguaje, tenía que haber un espíritu, tenía que haber una conjunción de afectos humanos y divinos para que esa flor pudiera crecer con tanta rectitud y con tan preciosa belleza. Hasta ahí podemos saber, humanamente hablando, sobre Joaquín y Ana.

Pero, y aquí e donde viene la idea que quería comentar, sabemos que María concibió a Nuestro Señor Jesucristo de una manera completamente milagrosa, que se describe con aquellas palabras del capítulo primero de San Lucas: "El Espíritu del Señor vendrá sobre ti, el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" Lucas 1,34.

De modo que no hay semilla de varón en los comienzos de la vida de Cristo, en la concepción de Cristo.