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Fecha: 20100522

Título:

Original en audio: 51 min. 49 seg.


 En transcripcion 


Amados hermanos:

Vivimos una época muy hermosa de la Iglesia, por lo menos eso puedo decir si comparo con el tiempo en el que yo era niño, cuando yo tenía la edad de Nicolás o de Edwin, la fiesta de pentecostés no tenía toda la resonancia que gracias a Dios tiene hoy.

Esto mismo que estamos celebrando, esta vigilia es algo que yo no conocí de niño, puedo decir que durante el transcurso de mi vida he visto crecer el amor al Espíritu Santo en nuestra santa Iglesia Católica y este es uno de los frutos de la oración del papa y del Concilio Vaticano II, en este caso me refiero al papa Pablo VI a quien le correspondió la clausura del Concilio en el año de 1965, por feliz coincidencia en el año en el que yo nací.

El papa Paulo VI, el papa que tuvo la misión de clausurar el Concilio Vaticano II y de dar los primeros pasos en su implementación, este papa también oró fervientemente a Dios y le pidió para la Iglesia un nuevo pentecostés, porque la Iglesia en cierto sentido tiene su partida de nacimiento en Pentecostés, es verdad que las raíces de la Iglesia se hunden en el Antiguo Testamento y que podemos reconocer en la fe de Abraham, en nuestra propia fe y por eso llamamos a Abraham “nuestro padre en la fe”.

Pero la comunidad que tenía que anunciar el reino de Dios en la persona de Jesucristo, la comunidad que tenía que servir de testigo de la resurrección, esa comunidad solo quedó consolidada, conformada cuando se cumplió aquello que Jesucristo dijo a sus Apóstoles “quedaos en Jerusalén hasta que se cumpla lo que mi Padre les prometió y así le dio uno de los muchos títulos que tiene el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es la promesa del Padre, lo que papá Dios nos tiene prometido y en esa promesa se encierran tantos regalos que el mismo Espíritu es llamado también “el regalo” “el don de Dios”.

El Espíritu mismo es el regalo, los teólogos llaman al Espíritu Santo “la gracia increada”, es decir, aquel que es regalo desde siempre y que por lo mismo se convierte en manantial, en fuente de todo regalo, en la Iglesia la palabra “regalo” en griego se dice jarisma y de ahí vienen los carismas y por eso el Espíritu Santo es el que hace que la Iglesia sea carismática, es decir que esté dotada, provista, revestida, adornada y equipada de todo don perfecto para realizar su misión y para destellar con la hermosura del resucitado.

Que bella es entonces esta fiesta de pentecostés y que bien hacemos nosotros reuniéndonos como emulando a los apóstoles y especialmente en un lugar como este, en esta Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, reuniéndonos con María para que ella con su ruego acelere la hora del Espíritu.

El papa Paulo VI sabía muy bien de la necesidad que tiene la Iglesia de ese torrente de regalo que es el Espíritu, para que se sepa todo lo que hace el Espíritu, la Iglesia nos regala el día de hoy esta secuencia, hermosa poesía en la cual se resumen tantas cosas, tanto de lo que es el Espíritu.

Nosotros reconocemos en el Espíritu Santo de Dios aquel que riega la tierra en sequia, aquel que sana el corazón enfermo, mira lo que dice: “descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas”.

Estos son los regalos que el Espíritu viene a traernos, este es el que llamamos divina luz, este es el que es llamado manantial de gracia, esta es la sanación de nuestros corazones, esta es la limpieza de nuestras almas, este es el calor cuando el alma está como un tempano de hielo, son tantos los dones del Espíritu cuando uno empieza a conocer quién es el Espíritu Santo, cuando uno conoce aunque sea un poquito de estos regalos que trae el Espíritu, inmediatamente siente la necesidad de suplicar esa presencia, que venga a nosotros el Espíritu, que venga nosotros, que nos lave, que nos limpie, que nos sane, que nos vivifique.

Y por eso lo que estamos esperando en esta vigilia de pentecostés no es poco, estamos esperando verdaderos regalos, estamos esperando verdaderos milagros, estamos esperando el poder de Dios entrando en nuestra vida y haciendo estas maravillas, el Espíritu Santo es el que rompe para siempre la distancia entre Dios y el hombre.

Hay una comparación que he hecho en otras ocasiones con el Padre el Hijo y el Espíritu; Dios Padre es Dios para nosotros, porque es nuestro Dios; Dios Hijo es Dios con nosotros, porque es el nombre que le dio el Ángel, Emmanuel “Dios con nosotros”.

El Dios con nosotros es el Dios que está cerca, es el Dios cercano, es el Dios que está a nuestro lado y ese es Jesús que compartió nuestras angustias nuestras labores, nuestras dificultades, nuestras enfermedades incluso, porque El cargó sobre si nuestros dolores, pero tener a Cristo todavía no es todo, porque Cristo está al lado nuestro y necesitamos que Cristo esté adentro de nosotros y eso es lo que hace el Espíritu, el Espíritu es Dios en nosotros, el Espíritu es la acción inmediata del Señor en nuestra vida.

El Espíritu Santo, según explica santo Tomás de Aquino, es el único que puede escurrirse hasta el fondo del alma, es el único que puede descender hasta lo profundo de nosotros, el Espíritu Santo es el único que puede transformarnos y de esa manera hacernos plenamente nosotros mismos, esa es la hermosa paradoja del Espíritu.

La repito, el Espíritu Santo viene a mí y me transforma para que yo sea verdaderamente lo que Dios quería que yo fuera, es decir, el Espíritu Santo me cambia pero al mismo tiempo me hace ser mas yo mismo, no me cambia para alienarme, para despersonalizarme, para deformarme sino que me cambia para que se realice plenamente en mi el querer divino, el propósito para el que yo mismo fui creado, eso puedes decir y debes decir también tu.