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Fecha: 20110601
Título:
Original en audio: 4 min. 27 seg.
Habíamos dejado a Pablo recién entrado a Europa. Él llegó por el norte de Grecia, la región que se llama Macedonia, y su primer punto de evangelización fue la ciudad llamada Filipos, ahí fundó una comunidad que llegó a ser muy querida por él, una comunidad que también lo quiso mucho, esos son los filipenses. Si queremos conocer del corazón de Pablo como amigo entrañable, como hermano en la fe, la Carta a los Filipenses nos ayuda grandemente.
Pero, siguiendo más hacia el sur, Pablo llega a la capital del mudo griego, a la gran Atenas. Esto es lo que encontramos en la primera lectura de hoy, el capítulo diecisiete de los Hechos de los Apóstoles.
En Atenas había una gran plaza que se llamaba el "Aerópago", y era parte de la tradición de los atenienses que en la plaza pública se ventilaban todo tipo de cosas; en primer lugar, las que tenían que ver con el bien de la ciudad, es decir, la política, la economía, las estrategias de guerra, la parte judicial, las condenas, los juicios, todo eso tenía que ver con la vida del "Areópago".
Se puede decir que el Areópago era algo así como el pulmón de la vida democrática de los griegos; y era también un poderoso centro de comunicaciones, porque siendo un sitio que convocaba a tantas personas, es natural que todo tipo de maestros, todo tipo de predicadores, buscaran ese lugar para difundir sus ideas.
Lo cual quiere decir que los atenienses estaban acostumbrados a oír toda clase de discursos, desde los más sublimes y elaborados, hasta los más vulgares, extraños, esotéricos, místicos, locos, todo tipo de palabras circulaban en Atenas.
Esto había creado una especie de vicio en ellos