Ap02002a

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Fecha: 1990411

Título:

Original en audio: 12 min. 17 seg.


Amados Hermanos:

Con la celebración de este domingo estamos concluyendo la Octava de Pascua.

Se llama así, toma ese nombre, porque comprende ocho días, ocho días que son uno solo, ocho días de celebración del misterio de la Resurrección de Jesucristo.

Tal vez algunos de ustedes, quizás muchos, han tenido la alegría y la gracia de asistir a la Santa Misa durante esta semana o en algunos días de ella, y habrán notado cómo cada día de esta semana era como un domingo, en realidad se trata de un solo domingo.

En esta semana en todas las celebraciones de la Santa Misa hemos repetido, recitado o cantado el gloria, signo del gozo del pueblo cristiano por la victoria de su Cabeza, de su Líder, de su Modelo, de su Jefe, del Hermano Mayor, del Apóstol del Padre, del que es el Evangelio mismo, Jesucristo Nuestro Señor.

Una fiesta tan grande no cabe en veinticuatro horas; y por eso, con amplia libertad nos hemos dado toda una semana para alimentarnos en los banquetes de la Palabra de Dios y de la Eucaristía, gozarnos y alegrarnos porque es Pascua, es la Pascua del Señor.

Esta Pascua todavía se prolonga en un tiempo que se llama el tiempo pascual. El tiempo pascual comenzó con la Vigilia Pascual, en la que seguramente estuvieron todos ustedes aquí o en otra iglesia, y se prolonga hasta la fiesta de Pentecostés; desde la Resurrección del Señor hasta Pentecostés.

En Pentecostés celebraremos la efusión del Espíritu Santo, recordando aquello que les pasó a los Apóstoles. Hay que saber relacionar el comienzo de la Pascua, o el tiempo pascual mejor, con el final del tiempo pascual.Al comienzo del tiempo pascual, en la vigilia que se lama así, Vigilia Pascual, hemos celebrado la obra más grande del Espíritu de Dios, ese Espíritu que nos dice San Pablo: "Resucitó a Cristo de entre los muertos".

Y al final del tiempo pascual celebramos la efusión de ese mismo Espíritu, ahora en la Iglesia, empezando por los Apóstoles, y hasta llegar a nosotros.

De manera que es el Espíritu de Dios, es el Espíritu Santo el que da la primera campanada de gloria por la Pascua de Cristo, y es el Espíritu Santo el que pronuncia el último "amén" en la Pascua de Cristo; es el espíritu Santo el que obra la maravilla de la Resurrección del Señor, y es el Espíritu el que obrando en nosotros como en Pentecostés, hace que nuestra vida sea rescatada de las tinieblas de la muerte, de la enfermedad, de la corrupción, y que nosotros mismos experimentemos ya en esta tierra, las primicias, los comienzos de la vida del cielo.

Esto quiere decir que estamos empezando un tiempo que es como una primavera. En los países que tienen estaciones y que están arriba del trópico del norte, este tiempo es tiempo en que la naturaleza deja ver sus más hermosos colores. Pues bien, nosotros gocemos de una primavera en el espíritu,gocemos de esa belleza que Dios tiene reservada para nosotros en este tiempo.

Pero si uno entra a un jardín muy bello, y nos sabe nada ni de matas ni de flores, como por ejemplo me pasa a mí que soy muy ignorante en todo eso; para mí, la única diferencia entre una flor y otra tal vez será el color de los pétalos o cosa así. Yo no voy a apreciar mucho porque soy muy ignorante. Una persona que sepa de jardines, que sepa de flores, me podrá dar muchas explicaciones, llamará mi atención y me dirá: "Mire aquella orquídea, examine la textura de esta begonia, mire los colores de aquel pensamiento, mire las variedades de aquellas margaritas.

Y ese es el oficio de nosotros los sacerdotes y los predicadores en el tiempo pascual. Estamos en primavera, y nosotros somos como los botánicos de la gracia de Dios, que con nuestra palabras queremos que todos ustedes, amigos, y desde luego empezando por nosotros, apreciemos los distintos colores de la redención. Porque la redención de Cristo es toda gloriosa, pero también es llena de colores.

Los colores más importantes son el blanco, que nos acompañará a los sacerdotes en casi todas las Misas de este tiempo, el blanco signo de la gloria, y el rojo signo de la Sangre de Cristo.

Cuando el Señor Jesucristo se apareció se apareció a Sor Faustina Kowalska, una santa monja polaca que fue beatificada hace poco por el Papa; cuando Jesús Resucitado se aparece a ella, dos rayos de luz salen de su corazón: un rayo de luz gloriosa, blanca, dorada, llena de esplendor de gloria; y otro rayo de luz roja, señal de la Sangre.

Estos son los colores principales, pero hay muchos colores en la Pascua; y por eso, quienes se sientan atraídos por el amor de Dios, quienes sientan que el amor de Dios les cultiva el corazón, abran con abundancia la Palabra del Señor en este tiempo, porque desde luego que, si vamos a contar las Misas de domingo de aquí a Pentecostés, son como seis o siete, ¡muy poquito! Para un corazón que esté enamorado de Jesús Resucitado, ¡muy poquito!

Pero usted puede abrir la Sagrada Escritura, puede documentarse, puede conocer lo que hace la Pascua de Cristo. Tome, por favor, las lecturas que hacemos aquí en la Misa, tómelas apenas como aperitivos, así como cuando usted va a un banquete y le dan un aperitivo para que usted sepa que la cosa va a estar muy buena. Tome las lecturas de la Misa como aperitivos.

"¿Y a dónde, -preguntará usted-, a dónde puedo ir? Porque la Biblia es complicada, es larga, a veces no entiendo". Vaya a las siguinetes lecturas: váyase al evangelio de Juan, váyase a los Hechos de los Apóstoles, váyase a la Carta a los Colosenses y váyase a la Primera Carta del Apóstol San Pedro.