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Fecha: 19960405
Título:
Original en audio: 4 min. 14 seg.
Hermanos:
Meditemos en los acontecimientos de esas últimas horas de la vida mortal de Nuestro Señor.
Desde la Última Cena, Él lo había profetizado; ya Él había dicho: "No volveré a beber el fruto de la vid hasta que lo beba, nuevo, en el Reino de mi Padre" Mateo 26,29.
Y efectivamente, ha pasado la noche en vela. La noche terrible de la agonía en el Huerto, la noche terrible de las burlas y de los insultos, la noche que tuvo su desenlace en ese doble juicio inicuo ante Caifás y ante Pilato. Nadie se ha preocupado de darle una gota de agua, nadie se ha preocupado de la vida de ese condenado; más bien parece preocupar su pronta muerte.
Pensemos en el estado de cansancio, de absoluto agotamiento físico y psicológico en el que tenía que encontrarse Él en esa mañana, máxime, si se toma en cuenta la terrible flagelación, la pérdida de sangre, el sudor del camino y el polvo de una tierra que siempre repite lo que ahora puede decir Cristo, porque aquí hay una tierra que siempre tiene sed, es la tierra de Palestina.
Pues bien, a nombre de esa tierra que llegó a llamar bendición a la lluvia, y a utilizar la misma palabra para agua y bendición; a nombre de esa tierra, a nombre de ese pueblo que tantas veces murmuró cuando tenía sed, Cristo repite las palabras que en otro tiempo dijeran los israelitas en el desierto: "Tengo sed" Juan 19,28, "me muero de sed