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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990321

Título:

Original en audio: 16 min. 30 seg.


Ciertamente, mis hermanos, este evangelio que acabamos de escuchar no es extraño ni desconocido para nosotros; es un milagro tan grande, es un milagro tan sonoro, que estoy seguro de que todos nosotros lo hemos escuchado ya muchas veces, y seguramente nos hemos maravillado pensando cuál sería la impresión de la gente al ver que alguien ya muerto, alguien ya sepultado, alguien que ya ha tomado el olor de la muerte, puede manifestar el perfume de la vida y puede expresar la grandeza del poder de Jesucristo.

Tal vez este sea de lo milagros más grandes que Cristo Nuestro Señor haya realizado en esta tierra, y con razón nos impresiona. Pero no hay que quedarse sólo con la impresión del milagro, es preciso ir más allá. Porque este milagro tiene una finalidad que aparece sugerida en las últimas palabras que leíamos: "Muchos, muchos de los judíos que habían ido a casa de María, creyeron en Él" San Juan 11,45

Los milagros, los favores que Dios nos concede, esas ternuras o caricias de Dios que hacen más liviana, más llevadera o más consolada nuestra vida, no son sólo para que nos quedemos en la caricia, sino para que busquemos más allá de lo que Dios nos da, al Dios que nos da las cosas. No vaya a suceder que nos quedemos nosotros en los regalos de Dios y perdamos a Dios mismo que es el gran regalo, no nos vaya a suceder eso.

¿Y qué hacemos para meditar en este milagro? Pues decían los antiguos filósofos que el conocimiento tiene su origen en la admiración. Empecemos por admirar no solo el prodigio sino la manera como Dios le concedió a su Hijo realizar este prodigio.

Es un poco extraño el comportamiento de Cristo: le avisan que Lázaro está enfermo, y en vez de irse a curar un enfermo, Cristo prefiere irse a resucitar a un muerto, eso es lo que toca subrayar en este día. Cuando le dicen que está enfermo, Cristo no va; en cambio, cuando ya Él siente en su corazón que el amigo ha fallecido, entonces sí emprende camino.