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Fecha: 20100313

Título:

Original en audio: 5 min. 48 seg.


Estaba un sacerdote en una convivencia con un grupo de jóvenes adultos, y reflexionaban sobre esta parábola de Cristo, y dice el sacerdote: "Bueno, comentad un poco qué os inspira esta palabra", y dice uno de los jóvenes: "Bueno, yo ante todo le doy gracias a Dios que no somos como ese fariseo".

Yo creo que esa historia, que es real, viene a demostrar lo difícil que es liberarse de alguna forma de fariseísmo, y uno más lo tiene cuanto más se cree libre de él; porque cuando uno se cree libre de todo fariseísmo, entonces uno toma inmediatamentela actitud del fariseo, es una paradoja.

Cuando uno dice: "Ya no me queda nada de fariseísmo, todo el fariseísmo está allá", ya lo tienes. ¿Y qué puede hacer uno entonces con ese fariseísmo pegajoso, ese que parece que está siempre persiguiéndonos?

Pues el remedio está en lo del publicano; el publicano se quedó atrás y decía: "Ten compasión de este pecador" San Lucas 18,13, en lo cual hay dos cosas: la compasión y el pecado. La compasión que es de Dios, y el pecado que es de uno.

Uno nunca puede estar completamente seguro de cuántos miligramos de orgullo le quedan, cuántos miligramos de amor propio, cuántos miligramos de fariseísmo, "ya me queda mucho o me queda poco", eso no lo podemos saber.

Entonces la única solución es estar siempre en la tarea, como un agricultor diligente que siempre está en la tarea de arrancar mala hierba mucha o poca que encuentre. Así nos toca a nosotros con nuestro orgullo, con nuestro amor propio, con nuestro fariseísmo. Y centrarnos en esas dos cosas.

Nuestra amiga de Siena llama a esto "El conocimeinto de Dios en uno, y en conocimiento de uno mismo en Dios". El conocimiento de uno mismo en Dios, le lleva a admirar la misericordia; y el conocimiento de Dios en uno, ilumina la realidad de pecado que uno tiene.