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Revisión del 15:14 8 oct 2016 de Plataforma (Discusión | contribuciones) (Dios mejora tu plan y tu idea si le das permiso, si se lo concedes; pidamos al Señor que seamos como Francisco, de aquellos que le permitimos a Dios que actúe en nosotros.)

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El 4 de octubre, nuestra Iglesia Católica recuerda a San Francisco de Asís. Creo que después de la Virgen María, San José y Nuestro Señor Jesucristo, puede ser uno de los santos más conocidos en todo el mundo. De San Francisco de Asís, se han dicho palabras que no se han dicho de ningún otro santo; por ejemplo, “el hombre más parecido a Jesucristo”; ese es un elogio inmenso.

Yo quisiera destacar hoy, el hilo de la alegría en la vida de San Francisco de Asís. La inspiración para estas palabras mías, proviene de otro santo que también tuvo una gran conversión como la tuvo Francisco; ese otro santo es San Agustín. Cuando San Agustín se pone a reflexionar sobre lo que había sido su vida, dice que dentro de su historia había alegrías falsas que en realidad hubieran merecido llanto, y había dolores que él lamentó en su momento pero que en realidad eran llamados del amor de Dios, y que con mejor sentido, convenía celebrarlos y agradecerlos. Es decir, Agustín se da cuenta de que a veces nos alegramos de lo que no vale la pena, y nos preocupamos o miramos como una amenaza, lo que en realidad es una bendición, una oportunidad, un freno que Dios pone a nuestros malos caminos.

En el caso de Francisco hay algo muy interesante, y es que fue una persona de temperamento alegre (eso lo cuentan todas las biografías); podríamos decir, uno de esos jóvenes que saben darse una buena vida, que saben disfrutarla y pasarla bien. Pero esa clase de alegrías, como la alegría de disfrutar placeres, risa, buena comida, buena bebida, la compañía de unos amigos bien escogidos para que sean los más agradables, las podemos llamar alegrías mundanas. Y lo que sucedió en la vida de Francisco, lo podemos, muy bien, describir como el paso de esas alegrías puramente mundanas, a otras alegrías. Es decir, Dios en realidad no le quitó la alegría, sino que le mejoró la alegría, y ahí hay una enseñanza, porque esta es una constante en muchos santos.

Miremos el caso del mismo Agustín: Agustín era una persona muy inteligente, con una capacidad retórica y oratoria absolutamente descollante; Dios no le quitó eso, sino que lo llevó a otro nivel. Pedro era pescador; Dios no le quitó su cualidad de pescador, pero la llevó a otro nivel. Eso es lo que Dios hace con nosotros, y eso fue lo que Dios hizo con Francisco; Francisco conocía, por ejemplo, la alegría de rodearse de amigos bien escogidos: los que son como yo, piensan como yo, se ríen de mis chistes, todo me lo celebran; y después de su conversión, lo encontramos, por ejemplo, rodeado de personas absolutamente despreciadas en aquella época, como los leprosos de esa zona de Asís. ¡Y ahí estaba Francisco, sirviendo a esos pobres!, y uno podría decir: ¿qué pasó con la alegría de aquel muchacho que escogía muy bien sus amistades para pasarla bien? Pues, que ahora en el servicio a esos pobrecitos, a esos despreciados, encuentra otras alegrías; y en medio de la naturaleza y en la contemplación de las obras de Dios, descubre otras alegrías; y en la llegada de sus hermanos, descubre otras alegrías; y en el surgimiento de las que hoy llamamos “clarisas”, por Santa Clara de Asís -que era amiga personal de Francisco-, ahí tiene otras alegrías.

Ese es Dios; Dios es el que te lleva a otro nivel, Dios es el que mejora tu plan y tu idea si le das permiso, si se lo concedes. Pues que seamos nosotros, como Francisco, de aquellos que le concedemos ese permiso a Dios.