Co24006a

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Revisión del 13:16 15 sep 2016 de Plataforma (Discusión | contribuciones) (Un corazón misericordioso frente a las personas que quieren vivir alejadas de Dios debe ser manso, prudente, orante, en actitud de acogida y alegría para cuando decidan regresar.)

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El Papa Francisco ha querido que este sea el Año de la Misericordia y seguramente el pasaje del Evangelio de hoy tomado del capítulo quince de San Lucas es bastante conocido porque en cierto sentido es la imagen misma de la misericordia divina, me estoy refiriendo por supuesto a las llamadas parábolas de la misericordia que son propias del evangelista San Lucas y que aparecen precisamente en el Evangelio de hoy; de esas parábolas, la más conocida es la que también pide de nosotros una reflexión particular, es la famosa parábola del hijo pródigo.

Primero que bueno empezar con una aclaración, la palabra “pródigo” indica aquel que da sin pensar mucho, aquel que regala o desperdicia; de manera que el hijo pródigo significa en un lenguaje más popular “el hijo desperdiciador”, el que desperdició lo mucho que recibió. Pero como estamos en el Año de la Misericordia, que bueno que fijemos nuestra atención más que en el hijo, en el padre, porque esta parábola debería llamarse “la parábola del padre misericordioso” y es nuestro deber, siguiendo la voz del Papa Francisco aprender a ser misericordiosos mirando la figura de ese padre que aparece en este pasaje del capítulo quince de San Lucas.

¿Cuáles son los pasos que da este padre? ¿qué podemos aprender de su actitud compasiva? ¿qué podemos aprender de su misericordia? Lo primero que encontramos es que el hijo menor, el que se fue de casa, toma una decisión absolutamente arbitraria, en realidad más que arbitraria, violenta, porque al pedir la parte de la herencia en realidad está tratando al papá como si ya estuviera muerto, al decirle “dame la parte de la herencia”, en realidad lo que le está diciendo es “tú has muerto para mí”. Es un mensaje de profunda violencia, es un mensaje agresivo que sin embargo el papá recibe con paciencia y mansedumbre. Estas palabras empiezan a ilustrarnos cuáles son las actitudes de un corazón misericordioso. Claramente el muchacho lo está ofendiendo, lo está matando, por lo menos espiritualmente, y sin embargo el papá procede con mansedumbre y con prudencia, parece ya entender que ese hijo tendrá que recorrer su propio camino. Es decir, el padre misericordioso no es el padre controlador, muchos de nosotros tenemos la tentación, el gusto, la tendencia de controlar a las personas que están alrededor nuestro, creo que a todos nos encanta tener las cosas bajo control, pero el mundo de la misericordia requiere que demos a los demás también la oportunidad de que vivan sus propias experiencias y sigan sus propios caminos. Indudablemente este papá le ha dado buenos ejemplos a sus hijos, les ha hablado muchas veces pero él no puede ni debe vivir la vida de ellos.

El Evangelio nos dice que cuando el hijo regresa, este papá estaba esperándolo y de aquí tenemos otras dos lecciones que aprender cuando se trata de misericordia, primero, observa que el papá no salió corriendo detrás del hijo y esto es muy importante entenderlo, a veces creemos que la misericordia es evitarle a la gente las consecuencias de sus errores y no, a veces la actitud más misericordiosa es lograr que la persona se “estrelle” como decimos popularmente, es decir que la persona viva las consecuencias de su irresponsabilidad, y sin embargo el papá, que no sale corriendo detrás del hijo, es el mismo papá que lo espera, que seguramente ora por él, que seguramente ya en su corazón lo abraza y le prepara una acogida.

El siguiente verbo nos ayuda a entender la misericordia, cuando el hijo da el paso este padre compasivo lo acoge, lo recibe, le restituye su dignidad de hijo. Lo más importante en la acogida a las personas que regresan a nuestra vida y a Dios, es eso, devolverles su dignidad. A perdido todo su dinero, ha perdido quizás su salud, ha perdido tesoros, pero hay un tesoro que no debe perder, el tesoro de su dignidad, ese padre que recibe tiene un último acto de compasión que también debemos destacar, él se alegra e invita a los demás a alegrarse; no es solamente recibir, dar una casa, dar una cama, dar una comida, es invitar a que todos experimenten la alegría de saberse recibidos y de saberse amados.