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Revisión del 03:27 7 sep 2016 de Plataforma (Discusión | contribuciones) (¡Dejemos esa actitud resignada y derrotista frente al pecado!, toda la vida de la Virgen María es victoria de Dios sobre él y nos demuestra que el pecado no es requisito para ser plenamente humanos.)

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El 8 de septiembre nuestra Iglesia Católica celebra la fiesta del nacimiento, la natividad de la Santísima Virgen María. Por supuesto hay una relación entre esta fecha y la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, celebramos la concepción de la Virgen Santísima el 8 de diciembre, nueve meses después el 8 de septiembre celebramos su nacimiento.

Hay tanto que reflexionar cuando volvemos nuestros ojos a la Santísima Virgen, en esta ocasión quisiera destacar dos puntos, en primer lugar visitemos con la mirada la ternura, la pequeñez, la fragilidad de esta bebita. Cuando miramos a esta niña tan pequeña, cuando descubrimos toda su fragilidad sentimos que los desafíos, los problemas, los peligros del mundo son demasiado grandes y esa imagen es bella porque así como su cuerpo frágil y pequeño protegido por sus papás llegó a la edad adulta, llegó a plena madurez y ella pudo cumplir felizmente la misión a la que Dios la llamaba; así como eso sucedía en su cuerpo, así su alma purísima inmaculada, llena de gracia, amenazada por tantas tentaciones y peligros y sobre todo por el odio del demonio, podía ser atacada de tantas formas, pero llegó a su plena madurez.

Estoy haciendo la comparación entre el cuerpo frágil que sin embargo llega a la edad adulta y la ternura, inocencia y pureza de un alma que llega a plena madurez y santidad. Es una victoria de Dios y hay que admirar que la providencia de Dios haya podido conservar y acrecentar esa dulzura, esa inocencia, esa pureza de ella a lo largo de la vida. ¡Dios es capaz!.

Con esto quiero decir que el cuerpo y el alma de la bienaventurada Virgen son la demostración de que el pecado no es una etapa que tenga que llegar forzosamente a la vida humana, el pecado no es una etapa forzosa de la vida, no tiene que llegar el pecado, para ser plenamente humanos no tenemos que ser pecadores; por supuesto esto lo vemos sobre todo en la humanidad de Cristo, pero alguien dirá: “Cristo es persona divina” y es verdad, persona divina unida hipostáticamente a una naturaleza humana completa. En el caso de María estamos hablando de una persona humana y esta persona humana a quien hoy contemplamos en toda su fragilidad, esta persona humana fue llevada por el Señor en plena inocencia y pureza hasta su plenitud.

Enseñanza de hoy: el pecado no es un requisito para crecer, el pecado no es un etapa forzosa, el pecado no es algo que tiene que suceder en nuestros jóvenes; saquenos de nuestro lenguaje esa idea de que: “como es un niño, pues tu sabes como son los niños, egoístas, sucios, desordenados; como es un joven, tu sabes como son los jóvenes borrachos, se drogan, tienen sexo; como es un adulto, sabes como son los adultos, son infieles, se separan, se casan, se recasan”; ¡dejemos esa actitud resignada! ¡dejemos esa actitud derrotista frente al pecado! ¡tenemos a María Santísima! que desde la inocencia de su condición de bebé, hasta su plenitud de su vida adulta como mujer creyente muestra que el pecado no es un requisito.

Y por eso el segundo pensamiento es simplemente una súplica, cuánto necesitamos que esta belleza de la victoria de María impregne al pueblo cristiano y muy particularmente a las niñas, a las jóvenes. ¿A quién están mirando las jóvenes de hoy? ¿Cuáles son sus referencias? ¿Cuáles son sus modelos?Cuáles son los puntos de mira para decir “yo quiero ser como”, porque todos hemos dicho esa frase; “yo quiero ser como qué, como la gran ejecutiva, yo quiero ser como la top model, yo quiero ser como la gran cantante”.

Necesitamos que el Espíritu Santo a través de la predicación de la Iglesia cautive el corazón de muchas jóvenes para que mirando a María descubran en ella la plena liberación femenina.