K026006a

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Fecha: 20110326

Título:

Original en audio: 4 min. 27 seg.


El agua, y en particular, el agua del océano, tiene un significado diferente para diferentes pueblos.

Así vemos, por ejemplo, que para los fenicios el agua era como su medio natural, ellos se sentían como peces en el agua, ¿y a dónde navegaban? Por todo lo largo y ancho del Mar Mediterráneo, llegaron hasta Cartago, e incluso, hasta España, partiendo de la costa oriental del Mar mediterráneo, es decir, más allá de Turquía.

Muy distinta la situación de los hebreos, estos no fueron nunca tan amigos el gua. Para ellos, el agua es símbolo obviamente de vida, por ejemplo cuando cae en forma de regadío sobre las plantas; pero el agua es señal de devastación. Recordemos el relato del diluvio. Recordemos también que en el relato de la creación, lo que Dios hace es separar las aguas.

Es decir que para ellos, para los hebreos, el agua era como una especie de imagen viva del caos, de la nada: lo que cae en el mar se pierde para siempre.

Y eso es lo que utiliza el profeta Miqueas en la primera lectura de hoy, es el capítulo séptimo de Miqueas. Y lo que tenemos es que dios promete tomar nuestros pecados y echarlos al fondo del mar. Es decir, Dios es el único que puede arrancar la maldad del corazón humano y genuinamente hacerla desaparecer.

Porque ese fondo de las aguas inconmensurables era la imagen misma del aniquilamiento, de la nada. Ese es el poder de Dios: el poder de separar la maldad de los malos, es decir, quitar aquello que nos envenena y que nos vuelve veneno para otros; quitarlo, hacerlo desaparecer, eso es lo que promete por medio del profeta Miqueas.

De un modo más hermoso, casi diríamos, más literario, encontramos esta misma idea en el evangelio de hoy, es un texto que todo cristiano conoce, es la parábola del padre misericordioso, más conocida como parábola del hijo pródigo.

Pródigo es el que desperdicia, y eso es lo que nosotros hemos hecho con las bondades de Dios. Hemos desperdiaciado sus bondades, hemos desperdiciado sus regalos, hemos desperdiaciado sobre todo el regalo del tiempo, porque la vida humana es sobre todo eso, tiempo, y nosotros hemos desperdiciado nuestro tiempo, muchas veces no ha sido tiempo de Dios.

El hijo pródigo es el hijo que ha desperdiciado, como nosotros hemos desperdiciado; y cuando ese hijo vuelve a la casa del padre, ese tiempo perdido, ese tiempo destruido, ese tiempo que es amargura del alma de este joven, queda cancelado en el abrazo festivo, en la sonrisa amorosa, en la mirada enternecida del Padre Dios.

Tiempo de reconciliación, tiempo para creer que Dios puede destruir lo que a nosotros nos destruye, tiempo para darle otra victoria al Señor.