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Fecha: 20080217
Título:
Original en audio: 18 min. 25 seg.
En nuestra Iglesia hay una fiesta especial para para la Transfiguración, hay un día, ese día es el seis de agosto. Y sin embargo, aunque falta mucho tiempo para agosto, acabamos de proclamar el evangelio que cuenta ese momento hermoso, impresionante.
Y la pregunta que nos podemos hacer en este momento es: ¿Qué hace la Transfiguración en Cuaresma? Estamos en el segundo domingo de Cuaresma, acabamos de empezarla prácticamente, y resulta que tenemos aquí la Transfiguración.
¿Por qué estas lecturas? No es un accidente de este año; cada año el segundo domingo de Cuaresma está dedicado a mirar este acontecimiento, a contemplarlo. Este año hemos escuchado la versión según San Mateo, porque ese es el evangelio que más se escucha en el ciclo en el que estamos, el año entrante escucharemos la Transfiguración San Marcos, y después la Transfiguración según San Lucas.
¿Qué tiene que ver la Transfiguración con la Cuaresma? De pronto nos puede ayudar recordar en qué circunstancias estaba Jesús cuando realizó este milagro, podríamos decir, este prodigio.
Jesús iba de camino hacia Jerusalén, y era su último viaje a Jerusalén, porque cuando ya Él llegó, estuvo predicando durante un tiempo, vino la fiesta de la Pascua, y en esa ocasión fue apresado, torturado, crucificado y, por supuesto, murió.
De manera que la Transfiguración es como una estación en el camino hacia la Cruz. Y yo creo que la Iglesia nos pone este pasaje aquí, porque la Cuaresma es como caminar con Jesús; nosotros vamos acompañando a Jesús camino de la Cruz.
Esos acontecimientos, los de la Semana Mayor, la Semana Santa, son el centro de nuestra fe, es lo que decimos siempre en la Misa: que Él murió para perdón de nuestros pecados y resucitó glorioso para que tuviéramos vida nueva en su Nombre.
Ese es el corazón de nuestra fe, es la gran celebración que llena el año y que llena toda la vida cristiana; nos preparamos a ese acontecimiento con estos días, que son los días de Curesma. De manera que mientras vamos en la Cuaresma, mientras vamos avanzando en la Cuaresma, la Iglesia nos permite como reproducir, hasta un cierto punto, lo que hizo Jesús.
De camino hacia Jerusalén, donde tenía que padecer, Jesús se transfigura delante de los discípulos. Fue una experiencia de una belleza sublime, es lo que en teología mística se llama un "éxtasis". Ëxtasis es una palabra griega que significa "salirse de uno mismo".
Cuando algo es increíblemente hermoso, increíblemente deleitable, llega a producir una sensación como de abandono de la propia realidad, como que no importa lo que me suceda a mí, porque toda mi atención, mi corazón como que se me ha salido, como que esta allá.
Un éxtasis fue lo que tuvo indudablemente Pedro. fíjate lo que él dice en medio de esa especie de embriaguez, de gozo, de alegría; no piensa en sí mismo: "¡Qué bien estamos, Señor! Si qureres, levantaré aquí mismo tres carpas" San Mateo 17,4.
Pero él no piensa entres carpas, otros dicen tres enramadas, en fin, él quería hacer como tres cabañas, lo que fuera, lugares para estar.
Pero no estaba esperando hacer tres porque los discípulos eran tres, o sea, Santiago, Juan y el mismo Pedro. Sino él quería hacer tres carpas para que allí se quedara para siempre Moisés, para siempre Elías y para siempre Jesús.
Pedro no quería que eso se acabara, esa visión maravillosa, llena de luz, llena de alegría, llena de hermosura, él no qería que eso se acabara nunca. Estaba completamente arrobado, estaba completamente extasiado.
Por supuesto, la Cruz, es casi lo contrario de la Tranfiguración; porque la Transfiguración es algo increíblemente hermoso, mientras que la Cruz es algo increíblemente feo, es horrendo, es escandaloso.
Mientras que la Transfiguración es un exceso de belleza, la Cruz es un exceso de oprobio; mientras que la Transfiguración es una experiencia de la que uno jamás quisiera salir, por eso Pedro dijo lo que dijo,la Cruz es una experiencia de la cual uno quisiera huir; ninguno de nosotros quisiera estar cerca de semejante tortura ni mucho menos padecerla.
O sea que hay un antagonismo, hay una oposición entre la Transfiguración y la Cruz. Pero Jesús quiso que sus discípulos primero conocieran como un, podríamos decir, como un adelanto, un adelanto de esa hermosura, un adelanto de la victoria que vendría con la resurrección, que ellos tuvieran ese adelanto como cuando a uno le dan un aperitivo.
A veces, en una comida elegante, se da un starter, ¿no? Un aperitivo, una entrada, para anunciarle a uno que lo que viene es muy bueno; y casi siempre, por la calidad del aperitivo, uno se da cuenta qué es lo que sigue.
Si el aperitivo es regular, váyase preparando, hermano, porque eso no va a ser mucho; pero, si el aperitivo es elegante y delicioso, uno dice: "Uuuy! Este baquete va a estar muy bueno!"
Jeús les dio un aperitivo, Jesús les dió una entrada, un comienzo, para despertar en ellos el apetito de eso tan grande, de eso tan bello, de eso tan santo que estaba por suceder, que es lo que viene con la resurrección.
Pero también como un modo de darles fortaleza, porque el misterio de la Cruz es un misterio horrendo, es un misterio que uno no quiere muchas veces ver, es un misterio del que uno se trata de olvidar.
Y eso sucede de muchas maneras, por ejemplo, en nuestra sociedad, icluso dentro de la misma Iglesia creo que se predica poco sobre la Cruz; a veces reducimos la religión como a una especie de convención colectiva de "portémonos bien".
Hay gente que sinceramente cree que, para mejorar el mundo, basta con que "nos pongamos todos de acuerdo y nos portemos bien".
Pero si uno mira las páginas de la Biblia, se da cuenta que ese intento, así sea buen intencionado de "hagamos las cosas bien, no seamos mala clase, seamos buenas personas, portémonos bien y verá que todo sale bien", eso no es suficiente para desterrar del corazón humano las raíces más tercas, las que están más profundas, esas no salen con el solo propósito de "voy a portarme bien".
Y en ese sentido, uno sólo llega a amar la Cruz cuando se da cuenta de qué nos ha salvado la Cruz. Y la Cruz nos ha salvado no de las maldades o problemas superficiales, la Cruz nos ha salvado de las raíces más hondas, las más profundas, las raíces más contumaces, esas que están ahí, adentro, adentro del alma, de esas raíces de maldad nos ha sacado el amor inconmensurable de la Cruz.
Hoy hay mucha gente que propone: "Seamos buenas personas, y todo estará bien". La gente que le hace propaganda al ateísmo, normalmente dice eso. Dice: "Mire, no necesitamos de la religión para portarnos bien; no necesitamos que nos anuncien un cielo bonito o un infierno terrible. Lo único que necesitamos es darnos cuenta todos que, si todos nos portamos bien y somos razonables, el mundo se vuelve un lugar mucho más vivible".
Ahí hay dos malos entendidos: primero, el gran objetivo de la religión no es la pedagogía de la zanahora y el garrote; la idea de un buen cristiano no es alguien que vive aterrorizado por el infierno y que, por virtud de ese terror, va a tratar de evitar el pecado. Un cristiano que obre así será a lo sumo un cristiano muy mediocre.
Ni tampoco la idea del Cristianismo es alguien que, para ganarse la boleta de entrada al cielo, entonces hace y se esfuerza y sufre, pero como quien está comprando esa entada.
Muy al contrario, un cristiano es alguien que se da cuenta que esa entrada no la puede comprar nadie; un cristiano es alguien que se da cuenta que la entrada al cielo, que la amistad con Dios, vivir para siempre, como quería Pedro, contemplando a Jesús, eso es algo que no se puede comprar, con que yo me porte bien o con que yo cumpla los mandamientos. El cielo siempre es un regalo.