I082003a
Fecha: 20030304
Título:
Original en audio: 30 min. 46 seg
Hermanos Míos,
Si vamos a la realidad de las cosas, descubrimos que uno siempre se acerca a Dios a través de necesidades, a través de problemas, a través de enfermedades, contradicciones, fracasos. Nos acercamos a Dios casi siempre en estos momentos de dificultad, y lo primero que le pedimos es que nos ayude, porque entendemos que si alguien nos puede ayudar es Él.
El tema de las lecturas de hoy, en este sentido es un poco extraño, porque se refiere a las ofrendas, se refiere a lo que uno le da a Dios. Casi siempre uno está pensando, por aquello de los problemas, uno está pensando en lo que Dios le da a uno, y las lecturas estas nos hablan de lo que uno le da a Dios.
El libro Eclesiástico habla de los sacrificios rituales, de los holocaustos, de las ofrendas, y el Evangelio nos habla de la pregunta que hizo el Apóstol Pedro: “Noostros lo hemos dejado todo, ¿a nosotros qué nos va a tocar?" San Marcos 10,29. Es decir, Pedro ahí habla como de un sacrificio, como de una ofrenda, como de una renuncia que ha realizado.
Y por eso, vamos a detenernos a pensar un poco en lo que significa eso: “Darle algo a Dios”. ¿Qué pasa cuando uno le da algo a Dios, y qué se le puede dar a Dios? Porque uno piensa mucho en lo que Dios le puede dar a uno: "que me dé salud, porque qué pereza estar enfermo"; "que me dé dinero, porque qué humillación ser pobre"; "y que me dé amor, porque sin amor no voy a ser feliz". Salud, dinero y amor, ahí están las tres peticiones.
Eso es lo que esperamos que Dios nos dé a nosotros, pero yo no le puedo dar salud a Dios, Dios no necesita de mi dinero, tal vez lo del amor se podría pensar. ¿Qué le puedo dar a Dios? ¿Qué le ha dado la gente a Dios? ¿Cómo recibe Dios eso, y qué le pasa a la gente que hace verdaderamente una ofrenda? xxxxxxxxxxxxxxx Ese es el tema al que nos llevan las lecturas de hoy. Ofrecerle algo a Dios. Dios no necesita nuestras cosas. En algún lugar el Señor se queja a través de un Profeta y dice: “mire yo no necesito sus sacrificios. Todo lo que hay en los campos es mío. Todas las fieras, todos los ganados son míos” No es tanto nuestras cosas lo que Dios quiere, pero Dios si quiere algo de nosotros.
El Santo cura de Ars decía lo siguiente: “Dios creó a las aves para que cantaran y cantan. Hizo los arroyos para que corrieran y corren por la montaña. Hizo el hombre para que le conociera y lo amara, y no le conoce y no le ama”
¿Qué quiere Dios de nosotros? ¿Qué es lo que Dios puede recibir de mí que ya no tenga? Hay varias cosas. Vamos hacer una lista de las cosas que Dios no tiene y que sí quiere, y luego vamos a descubrir de la mano de estas Lecturas, qué le pasa a la gente que le da eso a Dios.
Es verdad que Dios hizo los arroyos, pero el agua no puede negarse el agua está movida por una ley natural. Hizo los pájaros, pero los pájaros siguen sus instintos. Hizo los árboles, pero los árboles siguen las leyes de la biología, o de la botánica.
Ninguna de estas creaturas puede decirle que no a Dios. Sólo nosotros, sólo los seres humanos tenemos el atrevimiento de decir: “no” O tenemos la grandeza de decir: “si” Por eso, lo que busca Dios en nosotros, sobre todo, es nuestra voluntad.
El gran sacrificio nuestro es el sacrificio de nuestra voluntad que tiene un nombre. Un nombre un poco antipático, pero un nombre muy importante para todo el que quiera buscar la felicidad. Ese nombre es: “obediencia”
Por boca del Profeta Samuel, Dios le dijo al rey Saúl: “mira vale más obedecer que ofrecer sacrificios” Porque Dios le había mandado al Profeta al rey Saúl que hiciera un sacrificio con un botín de guerra y que quemara todo y que nada tenía que quedar.
Y entonces, Saúl decidió que no, que esas reces estaban muy bonitas, que la tropa tenía hambre y que se podían ofrecer sacrificios, no de aquellos en que se quemaba todo, sino sacrificios en los que se ofrece algo a Dios, pero también se reserva algo para el que está ofreciendo.
Y Saúl no cumplió con lo que Dios le había dicho, así que el Profeta Samuel le dice al rey Saúl: “mira, tú no obedeciste” Y él dijo: “no, yo si obedecí, lo que pasa es que yo reservé lo mejor del ganado para ofrecerlo después” Y le dijo Samuel: “no señor, la obediencia vale más que los sacrificios”
Hay algo que Dios no tiene de ti, y que si quiere, y es: “tu voluntad” Cuando tú le dices: “si” A Dios, ese “sí” Es precioso, porque ese “sí” No se lo puede decir la piedra, ni el arroyo, ni el ave. No se lo pueden decir los peces, ni las galaxias más grandes.
Hay en nosotros algo maravilloso. La capacidad de decir: “sí” O decir: “no” Eso está en nosotros. Dios quiere mi “sí” Dios quiere mi aceptación. Dios quiere mi obediencia. Hay otra cosa que Dios quiere y que no tiene, y que se parece y se desprende de esto que acabamos de decir. Dios quiere también mi tiempo. Dios quiere algo de mi tiempo.
Es impresionante cuando uno se hace la pregunta: ¿cuánto tiempo le dedico a Dios? Hay mucha gente que tiene salud, vida, trabajo, dinero y tiene un millón de cosas en qué pensar y puede pasar días y días, sin un solo pensamiento para Dios.
Conocí a una joven que tenía diez y nueve años en ese momento, padecía una enfermedad terminal, un problema gravísimo en los riñones, no sé qué enfermedad le dio; una cosa terrible en los riñones.
Era una persona normal, y ella contaba su conversión, y era un asunto impresionante, porque ella decía: “todo mi tiempo era para mí, y no me alcanzaba. Para sentirme: viva, bonita, amada, feliz, lograr lo que yo quería, buscar lo que yo quería. Pasaban meses sin que yo tuviera media hora para dársela a Dios, y si me decían una misa, yo buscaba la misa más corta, ¿dónde habrá un cura que diga una misa de trece minutos, de once, si hay uno de siete minutos, mejor; porque no tenía tiempo para Dios?
De pronto, pues al parecer Dios, digamos, le cambió por completo su calendario. Le cambió su agenda. Su agenda era: yo ahora voy a la universidad, porque me estoy preparando para ser una gran profesional, para ganar mucho dinero que luego invertiré en mí, mi casa, mis hijos, mi hogar. Ella giraba en torno a sí misma. Pero una enfermedad la derribó en una cama.
Entonces, ya no podía ir a la Universidad. ¡Claro! Los amigos fueron a visitarla una vez; luego volvieron a visitarla dos veces. Algunos amigos aparecieron tres veces. Todavía quedaban algunos amigos que iban cinco veces.
Pero es tan aburrido visitar a una persona enferma que no puede sostener bien una conversación, que no dice cosas emocionantes, que no sabe los temas de moda, que de lo único que habla es de hospitales, enfermeras, diálisis, aparatos, dolores.
Porque ¡claro! La conversación de esta muchacha era..., pues: -“figúrate que ahora parece que me van a cambiar la droga”-“Si. Si. Bueno… trata de recuperarte. Tenemos un paseo. Tenemos…,” Tu, sobras. Tú no cabes en nuestros planes; y esta jovencita empezó a sentir que la gente no tenía tiempo para ella.
Es un testimonio impresionante, porque ella tenía muchísimo tiempo para sus amigos, pero cuando los amigos vieron que ella se volvía aburrida, que no tenía nada que hablar, y en cambio empezaban aparecerle otra serie de preguntas.
¡Claro! Porque hubo un momento en que un médico le dijo: -“señorita, tengo que decirle algo muy serio, y usted tiene que ser la primera en saberlo: el desenlace de esta enfermedad puede ser fatal” Ella nunca había pensado que alguien pudiera morir antes de cumplir veinte años. -¿Eso qué quiere decir doctor? ¿Qué me voy a morir? -Hay una posibilidad. No sé cuántas de que usted muera.
Y ¡claro! Cuando uno piensa: estamos en marzo, y tal vez no voy a llegar a diciembre. Entonces, uno dice: “un momento ¿cómo estoy viviendo? ¿Cómo trato a mi papá, cómo trato a mi mamá? ¡Claro! Como ella la reina coronada de su mundo, de su imperio.
Ella sentía que se lo merecía todo. La mamá estaba ahí a los pies, es la que tiene que hacerme las cosas: "Mamá ¿por qué no está esta ropa? ¿Papá por qué no me diste la plata? Papá, yo te he dicho muchas veces que necesito esa plata" Ella sentía todo los derechos.
De pronto, cuando le dicen: “tu, tal vez, no terminas el año” Entonces, empieza a pensar: cómo ha tratado al papá. ¿Cómo está utilizando su tiempo? Y postrada en esa cama vive un proceso de conversión, porque el reloj le cambió. Los amigos le cambiaron completamente.
Ustedes vieran las lloradas que se pegaba esta niña diciendo: “pero, ¿por qué nadie me llama? Hasta que un día como que el Señor Jesús le hizo entender: “mira, ellos tienen todo el tiempo del mundo, pero están ocupados en otras cosas”
Y ella como que se sentía, muy dentro de su conciencia, yo también tuve todo el tiempo del mundo, y jamás levanté el teléfono para llamar a Dios. El teléfono para llamar a Dios se llama: “la oración” Y yo no tenía tres minutos para decir una oración. Nunca tuve tiempo para Jesús.
Entonces, ella vivió su conversión en esa cama. Para mí era impresionante, las veces que pude visitarla, ver a una joven que no tenía veinte años, y la manera como hablaba, porque se expresaba con una seriedad, pues con sus términos y con su sencillez. Con una profundidad de lo que significa la muerte, la vida, los amigos.
Y ella decía, pero decía con una humildad: “y si, el Señor me permite salir de ésta, yo le digo: Padre, yo voy a vivir de otra manera, yo voy a organizar mi tiempo de otra manera” Ahí entendió, lo que significaba el tiempo. Darle el tiempo a Dios.
Entonces, fíjate hemos descubierto dos cosas que podemos darle a Dios: la voluntad, es decir la obediencia. La obediencia es muy importante, porque el que no obedece a Dios un día tiene que preguntarse a quién ha obedecido.
Eso es muy fácil de responder si usted habla con un sacerdote, y le pregunta: “oiga, el que no obedece a Dios ¿a quién ha obedecido y qué le pasa?” El sacerdote, seguramente tiene montañas libros enteros de historias de lo que le pasa a la gente que no quiere tener a Dios como su Dios.
Y eso también lo sabemos seguramente nosotros, qué le pasa a una persona cuando no quiere tener a Dios como su Dios, más tarde o más temprano, se da cuenta detrás de qué le toca arrastrarse, humillarse.
Y esos otros ídolos, llámense: un hombre, una mujer, un puesto, una plata, son crueles. Mientras que el Dios vivo cuando yo me arrodillo me abraza; los dioses muertos, los ídolos satánicos cuando yo me arrodillo me aplastan, me pisa, me destruye. No más.
Hermanos, para el Apóstol San Pablo, por ejemplo, es muy claro eso. Todo el mundo se arrodillará un día frente a alguien, y el que dice: “a mi no me manda nadie” Luego lo ve uno llorando por la calle, por la casa mendigando un poquito de alegría; pidiendo un poquito de amor, reclamando un poquito de felicidad.
Como el que tiene un vicio, todo lo que le toca sufrir a una persona, todas las humillaciones que tiene que pasar por tratar de conseguir un poquito de dinero para sostener su vicio. No es eso arrastrarse delante de un ídolo.
Y cuántas infidelidades, cuántos adulterios por buscar unos momentos de pasión, ¿no es eso arrastrarse? Me acuerdo un hombre que me decía, en proceso de conversión, él había asistido a un retiro con la Renovación Carismática, él estaba roto por dentro y me decía: “padre usted no sabe lo que se siente, ni se lo deseo a nadie: el día que voy saliendo de mi casa, y mi niña menor, mi bebita hermosa, se me queda mirando, y me dice: “papi ¿no me puedes comprar los cuadernos?”
Y yo le tenía que decir: “no. No mijita. Miremos a ver para la otra semana, o el otro mes” Porque esa plata me la había bebido, y me la había rumbeado con una amante que no se la merecía. Me había tragado la plata, me había bebido la plata de los cuadernos de mi hija, y tener que mirar a mi hija y decirle: “no mijita” Usted no sabe cómo me sentí.
Me sentía como una lombriz arrastrándome, y decía: “¿cómo diablos es que no puedo salir de esto? ¿Por qué no puedo desprenderme de esa maldita vieja? ¿Por qué no puedo dejar eso? Eso es arrodillarse. Eso es arrastrarse delante de un dios muerto.
Por eso uno tiene que buscar la obediencia delante del Dios vivo, porque si yo me arrodillo delante del Dios vivo, Él me abraza y me levanta. Si no me arrodillo delante del Dios vivo, un día estoy postrado, estoy arrastrándome delante de un dios muerto, delante de un ídolo que me pisa y que me destruye.
Por eso entendemos una cosa que es lo que nos muestra Jesús en el Evangelio, cuando Dios nos pide que le obedezcamos, que le demos tiempo no es porque nos necesite, y porque sin nosotros no pueda vivir.
Dios nos pide que le ofrezcamos nuestra obediencia, y nuestro tiempo, ¿saben por qué? Porque nos ama; porque Él sabe que el que no le obedece, un día estará arrastrándose, y revolcándose delante de un ídolo muerto, y los ídolos muertos trituran la cabeza, destruyen el alma.
Él sabe que si nosotros no le damos el tiempo, un día nos van hacer lo que le hicieron los amigos a esta muchacha, y ¿por qué no me llaman, y por qué se olvidaron de mí? Porque, ya no soy plan para sus fiestas, ya no soy compañía para sus paseos, ya no puedo aportar nada, ya no es agradable abrazarme, ya no es agradable besarme.
¡Claro! La piel se le iba poniendo cetrina, una piel cercana a la muerte. Entonces, ahí viene la verdad de la vida, ¿cuál es la verdad de la vida? Si Dios nos pide ofrenda. Sobre todo la ofrenda de la obediencia, y la del tiempo, es porque nos ama, porque quiere lo mejor para nosotros.
Pero hay otra cosa que Dios quiere, y hay algunos que dicen que la quiere más que nuestra obediencia, y más que nuestro tiempo, incluso. Hay una carga que cada uno de nosotros lleva y esa carga es la carga de los pecados. Dios quiere que tú le entregues tus pecados.
Y hay otra carga que también Dios quiere que tu le entregues, según nos enseña el Apóstol San Pedro en una de sus cartas: “arrojad en Él todas vuestras preocupaciones” Dios quiere que tu le entregues tus pecados y después quiere que tu le entregues todas tus angustias, todas tus cargas, Dios quiere que tu entregues todo eso. Dios es feliz de que tú entregues eso.
Esa es la maravilla de lo que sucede en el sacramento de la confesión. Precisamente, este tiempo de Cuaresma y después de pascua, pues, son tiempos para eso. Para vivir la conversión. El gran regalo que tú le puedes dar a Dios es: tu obediencia, tu tiempo. Pero, ¿por qué no le entregas de una vez el saco de tus pecados? ¿Por qué no le entregas ese costal pesado? Él quiere eso.
Miremos cómo obró Él, en el Evangelio, y lo que Él quería era eso. ¿Qué le quitó a la Samaritana? Los pecados. ¿Qué le quitó a Saqueo? Los pecados. ¿Qué le quitó a Mateo? Los pecados. Cristo movido por una misericordia infinita se acerca a nosotros, y busca eso: “la carga de los pecados” Y eso se da en el Sacramento maravilloso de la Confesión.
Cristo nos animó tanto de entregar nuestros pecados que incluso nos dijo una vez “hay fiesta en el cielo por cada pecador que se convierta” Y dijo que había más fiesta en el cielo por un solo pecador que por noventa y nueve justos que no necesitarán conversión. Dios quiere hacer fiesta contigo, quiere hacer fiesta en el cielo, y lo único que pide es la carga de tus pecados.
Pero, también quiere que entreguemos la carga de nuestras angustias, porque nos enseñó en el Sermón de la Montaña que no debíamos andar angustiados y desesperados por el mañana. Ya vuestro Padre sabe de qué tenéis necesidad. Entregarle a Dios nuestras angustias es darle la oportunidad a Dios de mostrar su estilo.
Los casos más difíciles, los casos que parecen imposibles, haz la prueba de entregarlos a Dios. Es un experimento que todos tenemos que hacer. Haz la prueba de entregar los casos imposibles a Dios. Es una cosa fantástica. No todo funciona. No voy a decir aquí palabras almibaradas sólo para convencerlos. No todo funciona.
Hay cosas que le he pedido a Dios con muchísimo amor, a todos nos ha pasado, y no, nos las ha concedido, Él sabrá por qué. Yo no estoy diciendo que es una fórmula mágica. Ni Dios es un brujo, ni la oración es magia.
Pero cuando tú descubres que ciertas cosas te parecían imposibles llegan. Cuando tú descubres la paz que se encuentra al entregar las angustias chicas o grandes, entonces empiezas a descubrir que se puede sonreír, cantar, dar amor. Porque una de las estrategias preferidas del demonio es llenarnos de angustia.
Cuando el demonio nos llena de angustia, logra dos cosas, y con esta reflexión terminamos estas palabras: lo primero que logra, y que tal vez, es como lo más importante, es que nosotros nos volvamos mendigos de la alegría, una frase que repito en más de una predicación: “Al demonio le gustan las almas tristes, porque son su juguete”
Un alma triste, un alma amargada es un juguete para el demonio. ¿Por qué? Porque cuando una persona está triste, como el ser humano necesita siempre de Aalgún aliciente, fácilmente se le puede tentar por un lado, y por otro.
Nada más fácil que tentar a una persona triste. Una persona triste empieza a ver que la botella de aguardiente Llanero le palpita. ¡Claro! Ahí está mi respuesta. Una persona triste, una persona amargada siente que de pronto le sonríen: ¡Ay! Esa sonrisa, esa mirada, esa voz, ese cuerpo ¡Ay! Está la solución de todas mis tristezas. Le palpita. Le sale resaltador, pues. A ese señor, o a esa señora. ¡Qué atractivo resulta! Porque estoy triste. El que está triste todo lo encuentra atractivo.
El que está triste encuentra la droga, encuentra todo tipo de relaciones. He descubierto, no es un gran descubrimiento, que muchísima gente se ha metido en unas relaciones tan enfermizas, morbosas contra la naturaleza, por ejemplo, muchísimos casos de homosexualismos surgen así.
Hace unos pocos días estaba atendiendo a una persona involucrada en una relación lesbiana y era exactamente eso. En los momentos peores de mi vida en una depresión espantosa, sólo hubo alguien que me brindó un poco de cariño, y así empezó una amistad, pero yo qué iba a saber lo que quería esa mujer.
Y así empieza la relación, o sea que un alma triste es un alma con la que el demonio puede jugar a las escondidas. Las almas tristes son un juguete; por eso tenemos que pedirle a Dios que nos dé alegría. Alegría no es solamente sentirse de buen ánimo ¡Juepajé! ¡Todo en orden! ¡No hay problema! No. La alegría no es una ilusión. La alegría es la conciencia del bien que Dios nos ha dado. Nos enseña Santo Tomás de Aquino.
El que vive en la alegría es muy difícil de tentar. Piense, por ejemplo, si se encuentra un señor que es casado, pero que es feliz, inmensamente feliz con su esposa, con sus hijos; no haya la hora de llegar a su casa, quiere mirar cómo están esos niños; es muy difícil para una mujer tratar de volverse amante de ese señor.
En cambio, si hay otro que es amargado, está triste, que lo piensa cuatro veces; se rasca la cabeza… ¡ay! Ahora me toca ir donde “la patico”: “Pantera, tigresa, y cobra” ¿No? ¡Claro! Un hombre amargado y triste es plato fácil, ya está hecho el problema, ya está hecha la ocasión.
Lo mismo sucede con un sacerdote que anda triste, un religioso que anda amargado muy peligroso que le empiecen a tentar tantas cosas, y ahí vienen los problemas. Entonces, fíjate cuando no entregamos las angustias nos llenamos de tristeza, y la tristeza hace que seamos muy fáciles de tentar.
Pero lo otro que consigue el demonio cuando nos colma de tristeza, cuando nos llena de angustias, preocupaciones. Se acuerda cuando en los dibujos animados aparecen unos muñecos que tienen aquí una nube negra que los acompaña a todas partes; con esa nube negra ¿qué logra el demonio? Logra que nos reconcentremos en nosotros mismos, y eso cierra la misericordia, y la caridad para con el prójimo.
Una persona amargada es una persona que está pensando sólo en sí misma. ¿Qué hago para quitarme eso? Yo creo que ya me enfermé. Como decía una señora: “Padre, yo siempre fui hipocondriaca” Así como que se llaman las personas que siempre se sienten enfermas de una cosa, y de otra. “Y ya me enfermé, y todo me duele, y estoy enferma, y bueno….” Pero lo de ahora si es peor, padre. Encerrada ¿no? Metida en sí misma.
Por eso el ejercicio de entregarle nuestras angustias a Dios. ¡Que hay problemas! Si. Y ¿el tiempo en el que vivió Jesús era un tiempo sin problemas? Que hay problemas, muchísimos. ¡Ay! Que hay una degeneración…, pero ¡mire como están esos jóvenes! ¡Mire sos matrimonios! ¡Mire esas familias! ¡Cómo está el mundo! Y, ese fue el mundo que conoció San Pablo, ese fue el mundo que conoció Jesucristo, en el que María La Inmaculada vivió y murió. Ese es el mismo mundo.
Desde que el mundo es mundo eso cuesta Dios. ¡Punto! Jesús mismo lo dijo: “el mundo los va a odiar, porque si ustedes fueran del mundo el mundo estaría feliz con ustedes” Desde que el mundo es mundo va haber problemas. Que hoy se llama terrorismo, y ¿qué no había terrorismo en otras épocas? Pues había otro tipo de terrorismo. Que hay crueldad, que hay desaparecidos.
El otro día estaba leyendo una historia de cómo era la vida de la gente en la antigüedad, por allá en el Imperio griego, imperio macedonio, imperio romano; unos extremos de crueldad, mejor dicho, es una lectura repugnante a veces.
Cómo era el trabajo de las minas, qué le hacían a los prisioneros de guerra: es decir, los torturadores de las farc o de los paramilitares, no tienen nada que envidiarle a esos sádicos que vivían en esa época. Miren: sadismo, morbosidad, crueldad, familias fracturadas, terrorismo, todo eso. El menú, lo que cambia es que, a veces, dan tomate chonto, tomate de plaza, tomate rojo, tomate… siempre es tomate. Eso siempre es lo mismo. Siempre el mundo lo que ha dado es eso.
El cristiano sabe que siempre, y en todas partes le toca vivir en contravía, ¿cuál es el problema? Nosotros por virtud de nuestra cabeza que se llama Jesucristo, estamos adaptados para vivir en contravía.
Y si usted se va para Roma, y entra al Vaticano ¿qué encuentra? Una cantidad de problemas, allá en todo ese poco de curas, obispos, cardenales; también tienen su poco de problemas. Eso no hay lugares, y si usted se va para un Monasterio ¿qué encuentra? Otro poco de problemas.
De manera, hermanos, que nosotros no nos dejemos engañar. Hay cuatro cosas que le podemos dar a Dios. Cuatro grandes ofrendas, y ojalá empecemos a dárselas pronto: la ofrenda de nuestra voluntad que se llama: “obediencia” La ofrenda de nuestro tiempo que significa: “vivir en su Presencia” La ofrenda de nuestros pecados que significa: “conversión y arrepentimiento” Y la ofrenda de nuestras angustias que significa: “aprender a confiar en Él” Y no dejarnos engañar del cachudo. No nos vamos a dejar engañar del diablo.
¡Ah! ¡Bonita la cosa! ¿Me voy a dejar entristecer? Sí. Sí. ¡Claro! Y después que me propongan cualquier pendejada, y estar yo allá atrás de cualquier tontería, pecando. Ya conozco la estrategia, cómo me voy a dejar de eso. A que me llenen de amargura para empezar a volverme egoísta, y dejar de amar a mis hermanos. No. Eso no va conmigo.
Cuatro ofrendas importantes. Cuatro grandes sacrificios, y bueno nos quedó la mitad de la homilía sin decir, eso tocará en otra ocasión, porque nos faltó decir ahora qué le pasa a la gente que hace esas ofrendas.
Queriendo Dios en unos dos o cuatro años cuando vuelvan a aparecer esas lecturas tenemos que predicar sobre eso: ¿qué le pasa a las personas que hacen estas ofrendas a Dios? Qué maravillas hace Dios, pero que nos sirva de pista lo que dijo el Eclesiástico: “el Señor te dará siete veces más” Y Jesús mejoró la cifra, cien veces más.
Sigamos nuestra celebración. Ya sabemos qué le podemos, y qué le queremos dar a Dios, porque Él nos ha creado y es nuestro Rey.
Amén.