I231001a
fecha: 20050905
Título:
Original en audio: 7 min. 5 seg.
Hermanos:
Pienso que hay una pregunta que muchas veces nos hacemos: ¿sirve de algo sufrir? Yo creo que una parte del sufrimiento es que uno mismo no sabe si sirve de algo. Y hace sufrir mucho preguntarse si sufrir sirve de algo.
La Primera lectura de hoy nos habla de un hombre que conoció muchos sufrimientos: sufrimientos físicos, como el hambre, la falta de sueño, los golpes en su espalda, los azotes, la cárcel; pero también y sobre todo, sufrimientos morales, y podemos decir sufrimientos espirituales, porque fueron sufrimientos nacidos de la vida en Dios, nacidos de la vida en el Espíritu.
Estoy pensando, desde luego, en el Apóstol San Pablo. Un hombre que recibió revelaciones tan grandes de parte de Dios, pero también un hombre que participó de un mundo singularísimo, en lo que podemos llamar el dolor de amor de Dios.
Sentir el amor de Dios es sentir que Dios me ama, pero sentir el amor de Dios es también sentir que yo empiezo a amar como Dios me ama. Y este segundo aspecto del amor, es el el que aparece particularmente en la Primera Lectura de hoy.
Muchas veces, cuando hablamos del amor y del amor de Dios, nuestra atención se dirige a todo lo que Dios nos da, al amor que Él nos tiene a nosotros, pero precisamente porque Él nos da ese amor, ese amor queda en nosotros y el amor de Dios en nosotros es un amor activo, es un amor que sigue amando, que sigue amándonos a nosotros, claro, y dándonos vida a nosotros, pero también un amor que, a través de nosotros, quiere darle vida a otros; y sentir ese amor de Dios, hacia otros, es particular del género de vida que llevó Jesucristo.
"Este es mi mandamiento" (véase San Juan 15, 12), dijo Jesucristo, "que os améis unos a otros como yo os he amado" (véase San Juan 12,15)