I235001a
Fecha: 19970912
Título: Del amor nace la palabra.
Original en audio: 12 min. 09 seg.
El apóstol San Pablo se presenta como un enviado de Jesucristo, se presenta también como alguien alcanzado por la misericordia de Cristo y esa misericordia que lo alcanzó y que le alcanzó; esa misma misericordia es la que lo convierte en apóstol.
Del amor nace la palabra.
Solo habla el que ama, predica bien el que sabe cuanto cuestan esas palabras y a que precio fueron comunicadas. La fuente de la predicación y la fuente del apostolado están en la misericordia. Nuestro carisma dominicano conoce quizá bien el sentido de estas palabras por que nuestro fundador Santo Domingo de guzmán, vivió intensamente lo que significa la misericordia y fue la misericordia la que le hizo hablar.
Cuando nuestras bocas las abre el amor,. Los corazones de quienes nos oyen, escuchan con amor, por que le mismo amor que abre mi boca para hablar. Abre tú corazón para escuchar y de esa manera el fuego que hay en el corazón del predicador o de la predicadora entiende fácilmente en el oyente.
Testigos entonces del fuego de Dios, gente por consiguiente que se está quemando.
Le preguntáramos a una de estas velas, a uno de estos cirios sobre esa luz esplendorosa que esparcen en este recinto, seguramente nos dirían que se alegran de ser testigos de la luz, pero ya ves el precio.
El cirio mismo va desapareciendo, se disuelve en luz, se convierte en claridad, no queda nada de él p, pero queda todo de el en quienes hemos recibido esa luz.
Vivir la predicación y vivir parta la predicación, como lo vivió San Pablo, como lo vivió Santo Domingo; pero sobre todo y primero que todos, como lo vivió Nuestro Señor Jesucristo, es una obra parecida. Consiste en irse quemando, consiste en irse desapareciendo, pero no es la desaparición del que se anula por acomplejado, por tímido.
El que se anula por complejo, se anula con resentimiento, se anula protestando y no es entonces un cirio hermoso y silencioso, esbelto, sino es más bien un montón de chispas y chisporroteos, las quejas y quejumbres de una vida que a pesar suyo se gasta.
Dios nuestro padre nos invita como al Apóstol San Pablo a experimentar su misericordia y luego, movidos por esa misericordia a consumirnos en ella.
De este modo podemos encontrar en el mismo cirio la imagen de la vida penitencial que es propia del apóstol, que es propia del predicador, que es propia de nuestro carisma.
Las personas, por decirlo gramáticamente necesitan ver que nos estamos muriendo por Dios, necesitan descubrir en nosotros que sin Él nada somos, nada podemos.
Cuando uno se encuentra en el plano de la vida social, cuando uno se encuentra parejas llenas de mucha ternura y de mucho amor y de mucho entendimiento, hay veces que se oye el comentario, sobre todo después de que llevan ya un tiempo de casados “Uy pero como va a hacer esta señora el día que es se vaya, ó cómo va a ser este señor el día que ella muera primero”; por que uno ya no logra entenderlos el uno sin el otro.
La vida del predicador ha de ser un matrimonio si se quiere muchísimo más estrecho. La vida del apóstol ha de ser una unión muchísimo más íntima, de manera que resulte absolutamente inconcebible nuestra existencia, un solo aliento de nuestra vida sin la presencia de nuestro salvador Jesucristo.
Unirnos así a nuestro Señor supone en buena parte que muchas cosas, muchas cosas de nosotros tiene que desaparecer. En esa oración bellísima del folleto de vísperas, tomada de los escritos de la Madre Sarita, describe ella como por una lógica que es la lógica del predicador, se llega a un punto en el que la persona comprende que tiene que morir.
Esto ameritaría toda una predicación y si digo más, todo un estudio de teología de la vida espiritual.
Se deshace en anhelos por el triunfo de Cristo, quiere que las cosas le salgan bien a Cristo y necesita entonces estar donde está Cristo.
Por ese impulso generoso de sui corazón, no quiere que nada le detenga, y por eso, aún antes de que Cristo se lo diga con palabras expresas dice: “renuncio en este momento, renuncio a todo vínculo de carne y de sangre, por que necesito ir donde tú estés”.
De esa manera la misericordia que ha hecho nacer palabras, se convierte en una fuente de penitencia que nos vuelve ágiles.
La penitencia, el desprendimiento real desde el fondo del corazón, no sólo el desprendimiento externo. El desprendimiento externo de todo lo que no sea la voluntad de Dios, eso nos vuelve ágiles. Misericordia, predicación, penitencia, itinerancia; se va viendo como tienen una unidad tan grande, tan profunda los elementos de nuestro carisma dominicano.
El apóstol San Pablo dice aquí: “La gracias de Nuestro Señor Jesucristo sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús”
El reconoce su pasado de pecador, pero no se detiene en esos pecados, más bien convierte a esos pecados, los obliga a hablar de Dios. Esto creo yo que es lo máximo que puede logra una palabra pronunciada en esta tierra.
Se cuenta que en alguna ocasión estaba orando, leía a la luz de una vela. En eso, se aparece le demonio. Qué hace Santo Domingo, vuelve al demonio un candelero, le da la vela al demonio y le manda en el nombre de Jesucristo que la sostenga mientras él sigue leyendo. Obliga a satanás, obliga al mal a servir. Claro, protestará, rezongará, renegará: así como cruje también a veces el corazón y llora el alma.
El pecado protestará, pero lo que yo quiero destacar es que la cumbre de la predicación es hacer hablar toda nuestra vida para la gloria de Dios.
Dios hace una palabra con todo lo que nosotros somos, no sólo con lo bonito. Dios escribe y dibuja con todos los colores. Él que pinto el universo con tanta policromía, Él sabe también pintar ese universo nuevo que surge de Cristo en la predicación, con todos los colores.
Hay veces que creemos que ser predicador, es algo así como esconderse, como representar un papel, esconder lo negativo y representar un papel. Quizá el papel de buenos. Dios me libre de predicar como bueno, por que no lo he sido. Yo solo puedo predicar como mejorado, como salvado.
Predicar como salvado. Pensemos lo que eso significa: predicar como un testigo de la salvación es poner todos los colores de mi vida en juego. Entonces, tengo que poner la luz de la gracia que ha sobreabundado, pero también la negrura del pecado, incluso de mi propio pecado, es una palabra que así como el demonio tuvo que servir a Santo Domingo y sostener la vela, así también yo tomo mi pecado y lo obligo a hablar de Dos, yo tomo mi fragilidad y mi nada, mi cansancio, mi enfermedad, mi torpeza, mi ignorancia, mi limitación, y movido por un amor arrasador, incontenible, también eso lo pongo a hablar de Dios.
Esto es lo que significa predicar como salvado. No intentemos predicar como buenos por que la gente, creo que en todos los tiempos, pero sobre todo en nuestro tiempo, tiene demasiado olfato para detectar a los actores y a las actrices.
Y cuando uno es actor o cuando uno es actriz, rápidamente se descubre la mentira y entonces vienen las decepciones. Sí parecen muy santos los padrecitos, pero va uno a tratarlos, sí parecen muy santas las hermanitas, pero va ver uno cómo viven… Dejemos la hipocresía, dejemos la mentira y comprendamos de una vez que también esos otros colores menos hermosos, cuando están tomados, asumidos por el amor incalculables de la cruz y de la misericordia Divina, esos colores pertenecen al cuadro, también esas tintas aprenden a hablar de Dios.
Eso es lo que quiere decir: Predicar la Gracia y es otro elemento de la predicación, es otro elemento del carisma de Santo Domingo de Guzmán. Esta lectura nos ha invitado, en un ambiente dominicano a reflexionar sobre nuestro carisma.
Penitencia y agilidad, desprendimiento, itinerancia, misericordia y una palabra que nace del amor. Predicar como salvados, gracia sobreabundante que hace que todo en mi vida se convierta en mensaje para las otras personas.
El gran objetivo de mi vida no es que yo quede bien sino que Él quede bien. Si San Pablo se hubiera puesto con demasiadas urbanidades en este sentido y hubiera dicho:”NO, pero que tal que Timoteo, que es mi discípulo amado se va a escandalizar de saber que yo fui, entonces mejor le digo por allá unas palabras que no lo vayan a escandalizar; nos hubiéramos perdido ese precioso testimonio que no tenemos con qué agradecerlo.
Con la humildad de salvados, con la alegría de redimidos continuemos esta celebración eucarística, rogando a Dios que todos los colores griten, canten la magnificencia de su amor.
Amén!